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CAP. 37: La nueva

Los pasos de Ye In resonaban en el silencio, un ritmo constante que la impulsaba hacia adelante. Cada paso era un pequeño acto de desafío contra la creciente sensación de pavor que la envolvía. Detrás de ella, una figura se acercaba. No podía verla claramente, solo la silueta imponente que se cernía en la distancia; sus pasos resonaban con un ritmo más deliberado. Un escalofrío le recorrió la espalda, pero la idea de quedarse quieta era peor. Continuó caminando, acelerando el paso, su corazón latiendo con fuerza.

De repente, el sonido de sus zapatillas pareció ahogarse, reemplazado por un eco más profundo, como si sus propios pasos se estuvieran amplificando. Levantó la vista, su mirada fija en la pared delantera. El aire se volvió denso, cargado de una energía extraña.

Como un fantasma, con la velocidad de un animal de presa, un hombre fornido atrapó a Ye In por la espalda. Ella quería gritar, pedir auxilio, pero no podía; la mano del sujeto en su boca como mordaza se lo impedía. Quería correr, pero la fuerza del atacante era tal que la suya parecía la de un enclenque.

—¡Te atrapé, Ye In! Nadie te ayudará —le dijo el hombre, susurrándole al oído con voz grave y gutural—. ¿Qué harás?

Ye lo miró por el rabillo del ojo; la mirada del hombre era fija, decidida. Y de un movimiento audaz, levanta su brazo izquierdo y lanza un golpe de codo certero en las costillas del atacante. Este suelta un poco la presión que ejercía con sus brazos y Ye In, zafándose, gira y, aprovechando la elasticidad que años de baile le dio, le lanza un certero golpe de pie en la mandíbula, derribándolo al piso.

—¡¿Quieres más?! —gritó Ye In en posición de ataque.
—¡Bien hecho, Ye In! —decía Ahn Myong desde el piso, sobándose la mandíbula.
—Estoy agotada, Ahn Myong —decía sudando—. ¿Es necesario que entrenemos tanto?
—Le prometí a Matías que te enseñaría defensa personal y ¿sabes qué? No es solo por él —decía levantándose—. Han pasado tres meses desde que te raptó ese imbécil y aún no me perdono no haber estado ahí para ayudarte; además, no solo te servirá para defenderte, también para tus futuros papeles de acción, ¿no?
—Okey, está bien —decía Ye In sin mucho entusiasmo.
—Recuerda —aconsejaba Ahn Myong pasándole una botella de agua—: El atacante siempre cree tener el control; si haces algo que escape de este, lo confundes, lo haces dudar y pierde unos valiosos segundos que puedes aprovechar.

La puerta de la sala de ensayos de B6, que ellos usaban como dojang, se abrió de pronto.

—¡Matías! —gritó Ye In, llena de felicidad—. Viniste a verme.
—Estás toda despeinada. ¿Ahn Myong te está tratando muy mal?
—Al contrario, me dio una buena paliza, aprende rápido.— dijo el chofer.
—Así es la talentosa Ye In, todo lo hace bien.
—Lo sé —dijo Matías sonriendo—. Eso me deja tranquilo.
—Los dejo solos, un gusto verte, Matías —se despidió Ahn Myong.

Era la segunda vez que Matías veía la cara del chofer desde que supo de su existencia.

—Pensé que no te vería hoy—. Le dijo Ye In.
—Como sabes, hoy comienza mi último semestre y debo ponerme al día con los ramos que no terminé mientras me recuperaba —le decía Matías, ordenándole el pelo—, así que debo aprovechar a verte cuanto pueda; los estudios me consumirán mucho tiempo.
—¿Por qué eres tan lindo? —decía ella tomando su cara.
—Holas, niños, ¿todo bien? —interrumpió Kim Seung.
—Hola.— dijo ella.
—Hola, señor Kim —saludó Matías—, ¿alguna novedad sobre el cómplice del sasaeng?
—Aún no, la policía trabaja en ello, pero tranquilo; con todo lo que pasó, seguro que ella está muerta de miedo en Alaska.
—¿Ella? —preguntó Matías, sorprendido.
—¿No te lo dije? Lo único que se sabe es que es mujer.
—¿Y lo del antifan? —preguntó Ye In.
—¿Antifan? ¿Qué es eso? —preguntaba Matías al escuchar por primera vez esa palabra que su traductor no detectó.
—Son quienes se centran en criticar y hablar mal de las celebridades, nada de qué preocuparse, solo son haters sin vida. Hace unos días apareció alguien así, pero recibe más críticas de las críticas que me hace a mí.
“¿Tendrá algo que ver con la cómplice?”, se preguntaba Matías.
—Matías —decía el señor Kim metiendo sus manos en los bolsillos—. El medio más importante de Corea quiere hacerte una entrevista, es una buena oportunidad.
—Olvídelo —contestaba sin pestañear—. Ye In es la famosa, yo solo soy su pareja y un simple estudiante. Ustedes tienen permiso para hablar lo que quieran de mí, pero déjenme fuera de su mundo.
—Te advertí que perderías tu tiempo, Kim Seung —dijo Ye In riéndose.

A esa misma hora, a unos kilómetros de distancia, la luz del sol se filtraba a través de una ventana ancha. En el borde del marco, había un par de zapatillas de caña alta, impecables. Dentro de la habitación, tras un vidrio esmerilado, se vislumbraba una figura femenina absorta en una tableta.
«Ella es una falsa, no merece la fama que tiene y su novio es un extranjero tercermundista. ¡Eso es una vergüenza!», escribía en un blog bajo una foto de Ye In.
—Ahora, revisemos las redes sociales de Matías —decía con inquietante tranquilidad—. Ha actualizado pocas fotos en su Instagram y en su Twitter solo hay comentarios basura, como él. Mmm, así que es muy aplicado, le gusta la playa, la cerveza, bebe vino solo cuando come carne, le gusta el rock clásico, los gatos y odia la mentira... te crees perfecto, ¿no?
Dejó la tableta sobre la cama y agregó, con la misma turbadora calma: —Ella me quitó lo que más quería, le quitaré lo que más quiere: a su Matías.
Horas después, Matías caminaba por el pasillo de la facultad sintiéndose analizado. Ya todos sabían que era el novio de Ye In y que él la salvó del sasaeng, y aunque ser el punto de atención de cientos de ojos le molestaba, debía aguantar estoico.

—¡Matías! ¡Qué alegría volver a verte! —decía Sofía besando su mejilla—. Nos tenías preocupados, ¡joder!
—También me alegra verlos, leí todos sus mensajes.
—Yo no estaba asustado, parcero, sabía que estarías bien —dijo Juan dándole un abrazo.
—I knew you'd bounce back, too, man—. decía David estrechando su mano.
—Lo sé, gringo —respondió Matías.




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