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CAP. 43: Ángeles

La noche abrazaba la ciudad; el eco de los gritos y el bullicio de los curiosos ya eran parte del pasado. La jornada había sido vertiginosa, un torbellino de emociones que ahora decantaba en un silencio pesado.
Solo unos pocos alumnos quedaban por ahí, terminando de ordenar y embalar lo que quedaba de sus puestos. En el stand de la Facultad de Economía y Negocios solo resistían Matías, Sofía, Juan y David.

—Lo logramos —decía Matías con satisfacción—. Ganamos el primer premio; fue un día increíble.
—Parcero, las chicas de B6 nos están esperando para celebrar —lo apuró Juan—. El concierto se hizo viral y la está rompiendo en redes sociales.
—Pero todavía quedan detalles por terminar —advirtió Matías.
—¡Mati! Una juerga con las B6 no se da todos los días, déjanos ir, porfa —rogaba Sofía.

Muy a la distancia, oculta en la oscuridad tras un árbol, una figura femenina observaba la conversación sin ser vista.

—Está bien, vayan. Yo termino de ordenar —cedió Matías.
—Eres tan bueno, ¡necesito darte un abrazo! —dijo Juan, llevándose las manos a la cabeza dramáticamente.
—Idiota —rio Matías—. Ya lárguense antes de que los ponga a barrer toda la noche.
—¿Sabes algo de Jin Ah? —preguntó Sofía—. Juan lleva una hora llamándola.
—Pensé que se había ido hace rato —contestó Matías encogiéndose de hombros.
—Si se comunica contigo, dile que me llame —pidió Juan—. La estaremos esperando.
—Lo haré. Ahora márchense de una vez.

Al rato, Matías terminaba de guardar unos vasos plásticos en una caja de cartón cuando el sonido rítmico de unos tacones resonó tras él. Se acercaban sin prisa.

—¿Te ayudo con algo?
Matías volteó y vio a Jin Ah sonriéndole desde el otro lado del mostrador.
—¿Y tú? —preguntó sorprendido—. Pensamos que te habías ido.
—Ah, es que fui a cambiarme de ropa y recordé que debía hacer el informe de ventas de hoy; así que me pasé por la biblioteca a terminarlo.
—Qué aplicada. Juan te estuvo llamando; se fueron a cenar con las B6, te están esperando.
—Mi teléfono se quedó sin batería —respondió ella con total tranquilidad—. De todas maneras, no hubiese ido; estoy agotada, solo quiero irme a casa.
—Con lo guapa que estás, pensé que ibas a una cita.
—¿De verdad crees que soy guapa? —preguntó ella, fingiendo un leve rubor.
—¡Por supuesto! —sonrió Matías—. Ya terminé aquí. ¿Te llevo a casa?
—Sí, claro.

Caminaron hacia los estacionamientos.

—¿De verdad no quieres ir donde las B6? —insistió él.
—De verdad. No me encandilan las luces y, para serte honesta, no me gustó su música. Es muy básica, como para niños.

Minutos después, el automóvil de Matías llegaba al estacionamiento de un bloque de edificios que se perdía en el cielo, rebosante de elegancia.

—Ese día debiste haberle avisado a Juan que conocería a las B6 para que se preparara; él es fan.
—¿Y haberme perdido su reacción? —rio Matías—. Ni loco.

Tras maniobrar, estacionó cerca de la puerta del ascensor.

—Sana y salva. Es muy lujoso este edificio —comentó mirando alrededor.
—Mis padres son ricos. Ahora están de viaje de negocios en Malasia —le soltó ella como si fuera un detalle sin importancia. Luego, con la misma calma, preguntó:
—¿Quieres subir a comer ramyeon?

Matías no conocía el doble sentido que tiene esa frase en Corea. En su mente no había conflicto malicioso; solo estaban ese ángel bueno y el ángel malo que aparecen a veces, debatiendo los pros y contras de aceptar la invitación al departamento de una chica que no es tu novia. Nunca pensó en el otro sentido.

—¿Subimos? —insistió Jin Ah—. Necesito hablar algo importante contigo.
—Está bien —accedió él, pensando que una amiga necesitaba que la escucharan.

Casi a medianoche, Ye In regresaba a su departamento. Había tenido un día agotador de lectura de guion y reuniones para su nuevo proyecto.

—¡Estoy muerta! —exclamó tirando su abrigo al suelo y dejándose caer pesadamente sobre el sofá.

De pronto, el sonido de un mensaje hizo vibrar su teléfono. Era del número de Matías.

—Mi novio... tan oportuno. Tiene el teléfono apagado por horas y justo ahora me escribe.

Se incorporó de golpe al abrir el chat. Su corazón y su respiración se detuvieron en seco; sus ojos se abrieron de par en par, fijos en la pantalla.
La imagen de Matías, maniatado y amordazado, ocupaba todo el visor. Sobre la foto, un mensaje en coreano sentenciaba:

"Tengo a tu novio. Si le avisas a la policía o a alguien, él muere. Espera instrucciones".




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