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CAP. 45: Azotea

Ye In bajó rauda del taxi y el corazón le dio un vuelco al notar que, entre los autos estacionados frente al edificio, estaba el de Matías. Corrió hacia las escaleras sin esperar el ascensor.

—Aguanta, amor. Voy por ti —susurraba mientras subía a toda prisa los cinco pisos hasta la azotea.

Al llegar, pateó la puerta de metal con todas sus fuerzas. El estruendo resonó en el aire frío de la noche. Allí estaba: Matías, de rodillas, amordazado y amarrado; y junto a él, una figura femenina oculta bajo una capucha.

—¡Deja ir a mi novio! —gritó Ye In, con la voz cargada de autoridad.

—Ye In, Ye In... —dijo la chica con una calma gélida—. Tú no das las órdenes aquí. ¿Qué pasa? ¿Olvidaste tus modales? Una señorita saluda cuando llega. Dile "hola" a las cámaras; le avisé a los medios justo antes de que llegaras. En este momento, estamos en vivo para todo el mundo.

En la azotea había tres cámaras sobre unos trípodes transmitiendo en directo a una red social. Los medios locales ya hacían eco de la noticia; la escena se reproducía en las pantallas gigantes de los edificios, en los teléfonos y en cada canal de televisión que había interrumpido su programación para dar el "extra" de último minuto.

Al otro lado del mundo, en Chile, la hermana de Matías gritó: —¡¡Mamá!!

La señora Müller dejó caer su taza de café, que se hizo trizas en el suelo, al ver en la pantalla del computador a su hijo maniatado en una azotea al otro lado del planeta.

—No me interesan las cámaras, solo me interesa Matías. ¡¿Quién eres?! —preguntó Ye In con furia.

—¿No me reconoces después de todo el daño que me hiciste? —La chica se quitó la capucha, revelando por fin su rostro—. ¿Ahora me recuerdas?

—¡Mina! —exclamó Ye In, impactada.

Matías intentó hablar. —¡Ye In, vete de aquí! —balbuceó, pero la mordaza le impedía modular con claridad.

—Querido, no interrumpas —le soltó Mina con frialdad—. Las señoritas están hablando.

—¡Tú eras la cómplice del sasaeng que me raptó! —acusó Ye In.

—¿Yo? ¿Cómplice de ese imbécil? Ese bueno para nada trabajaba para mí —rio Mina con una mezcla de desprecio y locura—. Lo único que quería era un poco de fama, ¿es eso malo? Incluso traté de conquistar a tu patético novio, pero tú me expusiste ante todos.

—No inventé nada. Solo expuse lo penosa que eres.

—Haré como que no escuché eso, por respeto a nuestra audiencia —dijo Mina, colocándose delicadamente un mechón de cabello tras la oreja—. Lo perdí todo por tu culpa. Me rechazaban en todos lados, hasta mi propia familia me dio la espalda. Por eso decidí usar a ese idiota que fotografiaba y espiaba a Matías en la universidad. Lo convencí para que te raptara; así yo te rescataría, limpiaría mi nombre y lograría la fama que merezco. Pero tu novio subdesarrollado lo arruinó todo. Me arrebató mi oportunidad.

—Tu obsesión con la fama es una enfermedad —dijo Ye In mirándola con asco—. Si la querías, solo debiste trabajar duro y desarrollar tus talentos, no usar tretas.

—Qué naíf eres, Ye In. Pero ya es tarde para consejos. Tengo una mejor idea: mataré dos pájaros de un tiro. Me vengaré y lograré el reconocimiento que merezco. Acabaré con ustedes y, al igual que con Mark Chapman, se escribirán libros y se harán películas sobre mí. Pero basta de charla —dijo sacando una daga que llevaba oculta en el cinturón—. Pronto llegará la policía. Démosle a la audiencia un gran espectáculo.

Ye In sentía el miedo y la ira luchando en su pecho. De pronto, un recuerdo de Ahn Myong acudió a su mente: "El atacante siempre cree tener el control; si haces algo que escape de este, lo confundes, lo haces dudar y pierde unos valiosos segundos que puedes aprovechar".

Matías volvió a balbucear: —¡Ye In, huye!

Mina le lanzó una fuerte patada en las costillas que lo hizo tumbarse en el piso, gimiendo de dolor.

—¡Te dije que te callaras! —gritó Mina. Volviendo la vista a Ye In, añadió—: ¿En qué estábamos?

—No debiste hacer eso —dijo Ye In con fuego en los ojos. Comenzó a caminar hacia ella.

—¡Detente ahí! —gritó Mina, empuñando la daga.

Ye In seguía avanzando, segura, sin mostrar ni una gota de debilidad. Su mirada quemaba las pupilas de su oponente.

—¡Dije que te detuvieras!

Ye In no se detuvo. Siguió su camino recto y decidido. Mina ladeó la cabeza, confundida por la falta de miedo de la actriz. Cuando estuvo a la distancia justa, Ye In, como un rayo, lanzó una patada circular directo a la mandíbula de Mina, haciéndola caer bruscamente al suelo.

Sin darle tiempo a reaccionar, Ye In se abalanzó sobre ella. Sus puños se hundían en la cara de Mina mientras gritaba al ritmo de los golpes:

—¡Nadie! ¡Le levanta! ¡La mano! ¡A mi novio!

Ye In se incorporó, respirando agitada. Al ver a Mina inconsciente y sangrando en el piso, le soltó con desprecio: —¡Michinnyeon!

Corrió a desatar a Matías, le quitó la mordaza y lo ayudó a incorporarse, fundiéndose en un abrazo desesperado.

—¿Amor, estás bien?
—¡Ye In! ¿Por qué viniste? Era peligroso —le dijo Matías, aunque luego añadió con una sonrisa débil—: Bueno... eso te habría dicho antes de saber que mi novia era Bruce Lee.
—Qué quieres que te diga... Ahn Myong me enseñó bien.
—Ya veo.
—Estabas equivocado, Matías —dijo ella sin soltarlo
—¿Sobre qué?
—Sobre eso de que tú tienes tu vida, yo la mía y ambos la nuestra… Nuestras vidas ya son una sola, no se pueden separar. Si tu vida falta en la mía, no solo no existirá la nuestra... yo también perderé la mía. Sin ti, no podría vivir.
—Una vez más tienes razón. Sin tu vida en la mía, yo tampoco podría.
—Hablando de poder... —dijo Ye In arrugando el entrecejo—. ¿Cómo una tipa tan flaca como ella pudo subirte hasta la azotea?
—¿Quieres que te cuente los escabrosos detalles o prefieres que te bese?
—Mmm... — dijo ella con un dedo en la barbilla y mirando hacia arriba— cuéntamelo después. Bésame.




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