Tras la sombra de los Klat’ka V: Redención

Obediencia

​Cruzó la puerta y, por un segundo, pudo jurar haberse sentido más aliviada, pero la sensación no duró mucho. De un momento a otro, Rose se vio sentada, rodeada de su equipo Alpha en la sala de operaciones.

​—¿Qué? —preguntó incrédula, pero nadie respondió.

​Todos se veían igual que siempre, pero algo en el ambiente, en ellos, se sentía extraño. Les faltaba esa chispa que los hacía únicos. Se acercó a su hermano. Dios, lo extrañaba muchísimo.

​—Hola, Chris —murmuró con una sonrisa. Pero él la observó, sonrió y respondió con una frase tan vacía como parecía estar el propio lugar:
—Hola, Rose.

​Ella lo observó intrigada mientras la sonrisa se desvanecía de su rostro. Ese no era su hermano; parecía más bien una marioneta.

Se levantó rápidamente de su silla.
​—¿Qué carajos sucede aquí? —gritó, siendo observada por todos los presentes.

Vio sus ojos: se veían vacíos, sin vida.

​—La misión es sencilla. Deben ir y eliminar a todos los niños del orfanato. Son altamente peligrosos para la Organización —murmuró Maskedman, volviendo a lo suyo.

​—¿Qué? —gritó Rose, sobrepasada por las palabras que oía—. Yo no voy a hacer eso.

​—Es una orden —exclamó Maskedman levantándose de su silla, al mismo tiempo que los demás también lo hacían.

​—No —dijo Rose.

En ese instante, su cuerpo comenzó a sentirse como si alguien la electrocutara. Sus gritos hicieron eco en la sala, mientras los demás observaban inmutables.

​—¡Basta, deténganse! —sollozó aterrada, y la sensación cesó.

​—Es una orden —volvió a repetir Maskedman de forma fría.

​—No voy a matar niños —murmuró Rose con tristeza, volviendo a sentir su castigo.

​Luego de varias horas de extenuante tortura, Rose se rindió. Ya no lo soportaba, pero pensó que, tal vez, si decía que sí, podría detener lo que planeaban hacer desde dentro. Accedió a regañadientes y se preparó para cumplir su misión. Sin embargo, al llegar al lugar, se apartó de Alpha y comenzó a ayudar a los niños a huir. Hasta que vio a Miguelito.

​—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, tratando de ayudarlo a ocultarse.

​—No debes seguir sus órdenes, te condenarás. En la vida solo debes obedecer a tu instinto —murmuró el niño con voz calmada.

​—Duele cuando no digo que sí —murmuró Rose, aterrada.

​—Puedes decir que sí si quieres, pero con cada "sí" te traicionas a ti misma —respondió el niño, viendo acercarse a Alpha, quienes abrían fuego a diestra y siniestra, matando todo a su paso.

​Rose se interpuso, disparando en su contra mientras hacía salir a los pequeños al exterior. Intentaba correr con ellos, pero fue alcanzada por proyectiles en su espalda. Cayó, y un dolor agudo la dejó sin aire por un largo rato. Sus ojos comenzaron a cansarse. Quería dormir, descansar, pero sentía que no podía. Vio a Miguelito acercarse a ella y ser derribado por Alpha sin que pudiera hacer nada.

Comenzó a llorar; otra vez lo perdía.

Cerró sus ojos tratando de no ver. Tal vez, si se convencía de que era un sueño, podría despertar. Al abrirlos, estaba nuevamente sentada en la sala de operaciones.

​—La misión será traer al Graugoth y a su cría para experimentación —soltó Maskedman, frío como el hielo.

​—¿Qué? ¡Basta de esta mierda! No voy a permitir que hagan esto —murmuró Rose decidida.

​Y todo volvió a suceder. El dolor, el sometimiento. Volvieron a quebrar su voluntad y no tuvo más opción que asentir, bajar la mirada y acceder a cumplir con su trabajo. Pero esta vez, antes de que el equipo se desplegara, robó el arma de uno de los guardias y los eliminó a todos. Luego de la matanza, todo quedó en silencio. Solo sentía su respiración entrecortada y el olor metálico de la sangre. Observó su arma, aún caliente al tacto, y de un segundo a otro, nuevamente estaba sentada en la mesa. Todos la veían como si sintieran resistencia en ella.

​—¿Qué? —preguntó aterrada.

​Soltó un suspiro agónico mientras su garganta se trababa. La ansiedad y la angustia comenzaron a jugar con ella; su mente, bloqueada, estaba en blanco. Actuó en automático siguiendo las órdenes. No asesinó, pero observó a los demás disfrutar cada caída. Al llegar a Miguelito, se interpuso recibiendo cada proyectil con su cuerpo. Cayó, observando el techo mientras el sonido de su respiración marcaba sus últimos momentos.

​Y, de un segundo a otro, estaba nuevamente sentada en la mesa.

​Decenas de intentos, uno tras otro, solo lograron que Rose perdiera poco a poco su voluntad. Se volvió sumisa. Lo había intentado todo y su mente ya no tenía fuerzas. Se sentía como aquel día en que aceptó las condiciones de la Organización por primera vez. Aquel día en que vendió su alma por miedo a criar a su pequeña sola.

Volvía a suceder y no veía mejor opción que bajar la cabeza. Se levantó, cargó su arma y se dirigió a cumplir la misión.

​En la Tierra, su pequeño pasaba por una situación similar. Sentado frente al Devorador, solo lo veía comer. No entendía cómo un ser tan poderoso permitía que él, un simple niño, le ordenara. James, a lo lejos, lo vio cerca del monstruo y entró en guardia. Lanzó su hacha a la bestia y esta, furiosa, gruñó lista para atacar.

Pero Jack lo detuvo.

​—Ni se te ocurra atacar a mi papá —murmuró mientras sus ojos se tornaban de un rojo carmesí.

​El ser, viéndolo furioso, se sometió, inclinándose en el suelo.

James, desconcertado, apartó al niño.

​—Apártate, hijo, esa cosa es peligrosa.

​—Papá —dijo Jack tomando su mano con cariño—, él no va a lastimarme.

​Jack se acercó al Devorador tocando su lomo; la bestia, en respuesta, se dejó acariciar como si fuera un premio.

James se quedó petrificado.

​—¿Para esto quieres los órganos? —preguntó, sin soltar la mano del niño. Quería tenerlo cerca ante cualquier cambio de la bestia.

Pero el pequeño solo palmeó el lomo del ser y le ordenó:
—Vamos, vete.




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