Tras la sombra de los Klat’ka V: Redención

Abandono

La carretera se extendía como una lengua de ceniza bajo un cielo sin estrellas. Rose caminaba por ese camino desolado, olvidado por el Todo. El silencio del lugar solo era acompañado por sus pasos, que sonaban como ecos de una historia lejana. A sus costados, el bosque espeso le generaba una sensación de bienestar y cercanía; le recordaba a su hogar, la cabaña.

​Sonrió feliz mirando al cielo y, notando que no había luna ni estrellas, continuó su marcha con calma. Llevaba tiempo caminando sin llegar a ningún lado, pero no le importaba. Sentía su cuerpo más ligero, como si la prueba anterior le hubiera quitado un peso de encima. Uno que ni siquiera sabía que cargaba.

​A su lado izquierdo, notó a su cola. Caminaba junto a ella como una versión de carne y hueso. Se veía feliz también. Tomaba su mano con cariño, nunca apartándose de ella.
«Mi fiel compañera todos estos años», pensó.

A su derecha, Miguelito: ese pequeño niño guía que parecía conocer el camino hacia donde quiera que se dirigieran.

​—Mierda, tengo sed —dijo Rose deteniendo su marcha.

​Su cola, atenta, le dio una botella con agua sin decir una palabra.
​—Gracias —susurró Rose con cariño.

​Ambas se miraron y sonrieron. Bebió. Esa agua parecía sacada de un manantial sagrado; era deliciosa. Le ofreció a su cola, quien la tomó animada.

​—Gracias —murmuró Rose nuevamente viéndola.

​—¿Por qué? —preguntó ella mientras seguía bebiendo.

​—Por estar conmigo siempre —susurró Rose con una sonrisa.

​Pero, en ese momento, algo llamó su atención. Un auto en la lejanía, estacionado al costado de la carretera. Eran posiblemente las primeras personas que veía en ese lugar, por lo que se alegró y corrió hacia ellos. El camino, hasta ese momento ligero, comenzó a hacerse pesado y, poco después, el cansancio la invadió. Al estar cerca y poder ver con más detalle el vehículo, notó similitudes con el que sus padres tuvieron hace muchos años. Sonrió pensando que eran ellos pero, al estar cerca, pudo ver a Ashley y a Alex subir a él.

​—¡Alex! ¡Ashley! —gritó Rose, con los ojos llenos de lágrimas.

​Corrió, pero ellos parecían no escucharla. Encendieron el vehículo y se fueron. Rose los siguió, corriendo con todas sus fuerzas.

​—¡No! ¡Mamá, no me dejes sola! —sollozó destrozada, pero fue inútil.

​Los vio alejarse, dejando tras de sí una polvareda. Cayó de rodillas al suelo. Estaba exhausta y decepcionada de sí misma. Sentía que si hubiera dado más de sí al correr, los hubiera alcanzado. Dejó escapar sus lágrimas mientras golpeaba el suelo con furia. Su cola tocó su hombro con cariño. No dijo nada, solo la acompañó en silencio. Rose se recostó en el suelo sujetando sus rodillas con fuerza. Por un momento, el sonido de su llanto y su respiración entrecortada inundaron el bosque como un triste lamento. Miró ese cielo negro por un instante. Se obligó a respirar para calmarse, limpió sus lágrimas y se levantó. Así como siempre lo había hecho a lo largo de su vida.

​Retomó su marcha mirando a los costados; nada cambiaba, todo tenía ese extraño tono azul índigo. Y a pesar de que no había luz, se podía ver con una increíble claridad. Al poco tiempo volvió a tener confianza. No la misma que antes, pero al menos continuaba su camino.

​A lo lejos, volvió a ver el mismo auto, pero esta vez lo conducían John y Claire. Dudó al comienzo; no quería que volviera a pasar. Su corazón aún se recuperaba de la desilusión anterior pero, aun así, corrió a su encuentro.

​—¡Mamá, vuelve conmigo! ¡No me dejes sola! —gritó con desesperación.

​Pero volvió a suceder. El auto arrancó y ella lo persiguió. Esta vez se esforzó al máximo, dando lo mejor de sí; no obstante, una piedra en el camino la hizo tropezar y caer al suelo. Rodó varios metros lastimándose en la caída. En el suelo, indefensa y agotada, solo los vio alejarse sin poder hacer nada.

​«Eres una inútil», sonó en su cabeza como un juicio cruel.

«Debiste correr más rápido, debiste resistir», retrucó nuevamente su mente.

Esta vez no lloró ni se quejó; solo apretó sus puños con fuerza y guardó todo lo que sentía.

​En la Tierra, James veía a Jack y Horus jugar. Sus mini luchas eran rudas y le preocupaba que Horus pudiera lastimarlo o viceversa.

«Rose me matará al regresar si alguno de los dos sale herido», pensó, y luego su mente comenzó a bombardearlo con pensamientos negativos.

​Sentía que lo había dejado solo. Podría haberle dicho que moriría y no lo hizo. Ahora cargaba con el cuidado de los niños solo. Y cómo no hacerlo; él los amaba tanto como la amaba a ella.

«Pero debió decirme la verdad», pensó, y a su mente volvió el pasado.

​Todo se movía tan rápido. Rose ya no estaba, Patrick decidió irse a vivir con Leo a Épsilon y Ashley comenzó a estudiar enfermería. A no ser por las visitas diarias de Chris, él y Jack estaban solos. Los Thirvians, fieles amigos de Rose, llevaban cestas con alimentos. Los ayudaban, así como alguna vez ellos también lo habían hecho. Pero James se sentía mal, se sentía inútil.

​—¿Cómo voy a hacer para criarlos si no puedo ni mantenerlos? Antes vivíamos con el dinero que Rose traía pero ahora, ¿qué voy a hacer? —se preguntó con tristeza, viendo al pequeño Jack dormir.

​—Tienes el vivero —sonó tras él; era Kaeth’Ruum—. Y puedo enseñarte a cazar, si quieres —agregó con una sonrisa cansada.

​—¿Cómo está ella? —preguntó James bajando la mirada.

​—Estable. Ya no pelea con lo que sea que vea en la burbuja. Aurea ya no se manifiesta, lo cual me deja tranquilo —dijo sentándose a su lado y viendo a su nieto dormir.

Kaeth’Ruum sonrió al verlo. Ese pequeño pedacito de vida lo hacía sentir bien.

—Debes prepararte para protegerla una vez regrese —murmuró con la mirada en la lejanía.

​—¿Y si no despierta? —preguntó James con los ojos llorosos.

​El ambiente se tensó. Nadie lo quería admitir, pero que Rose nunca pudiera escapar de la máquina de Tzayoc era una opción plausible.




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