Tras la sombra de los Klat’ka V: Redención

Amor roto

Rose yacía frente a una nueva puerta dorada, una que la llevaría a su nueva prueba. Con su mano en el picaporte, solo estaba ahí inmóvil.

—¿Qué sucede? —preguntó Miguelito con voz tranquila.

—No entiendo el sentido de todo esto —susurró Rose con su voz entrecortada.

—Quieres sanar y el hacerlo requiere que enfrentes a tu sombra, a tus miedos y a todo lo que ocultaste en la realidad consciente o inconsciente —susurró el niño con calma.

—¿Y qué sucede si no quiero? —preguntó ella con temor.

—Nada. Te quedarás atrapada aquí hasta trascender. Pero debes recordar el motivo por el que querías sanar. No solo era por ti, querías ser una mejor versión para ellos, tus hijos —murmuró Miguelito desapareciendo.

—¿Qué? ¿A dónde vas? —gritó Rose con desesperación.

Miró a su alrededor; el lugar estaba oscuro, frío, y sentía que muchas cosas horrendas estaban acechándola aunque no las pudiera ver.

Giró el picaporte rápidamente y cruzó sin mirar. La luz la cegó.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz, estaba en el vivero nuevamente. Alex la esperaba junto a su pequeña Ashley. Quedó en shock.

—¡Mami! —exclamó la niña corriendo a su encuentro.

La abrazó y por un instante todas las preocupaciones en la cabeza de Rose desaparecieron.

—¡Mi amor, bienvenida! —susurró Alex acercándose y besando sus labios—. Ven, siéntate. Preparamos la cena.

Rose, completamente petrificada, asintió y caminó hacia la mesa. Miró a su alrededor. Se veía igual al hogar que construyó con Alex años atrás. Todos y cada uno de los detalles, utensilios, colores. Pero era imposible.

Su pulso comenzó a acelerarse hasta el punto en que podía escuchar los latidos de su corazón en su mente. Sabía que estaba ahí para sanar, pero este era su sueño ideal.

Nada había pasado. Alex seguía vivo, su hija creció rodeada de amor y de sus dos padres presentes. No entendía qué era lo que debía hacer; eso para ella era el paraíso.

«Pero ellos no existirían», sonó en su mente.

Su hijo John no hubiera nacido, no hubiera sentido el amor que sintió por Michael y lo mucho que aprendió con él.

—Pero tampoco hubiera sentido el dolor de su traición —susurró Rose como suspiro.

Tanto Alex como Ashley la observaron hablando con ella, animándola a comer.

—Mami, prueba la ensalada de rashestar. Está deliciosa —murmuró la niña viéndola fijamente.

Rose accedió. La comida estaba deliciosa. A su mente solo vino el momento en que plantó por primera vez una rashestar. Plantas deliciosas pero muy delicadas.

Sonrió apenas recordando a James y su comida.

—Jack, mi bebé —susurró con tristeza.

Ashley inmediatamente se levantó de su silla corriendo a abrazar a su madre.

—Te quedarás conmigo, ¿verdad? ¿No me abandonarás? —preguntó con sus ojos llenos de lágrimas.

Alex, del otro lado de la mesa, solo la veía con tristeza.

Una sensación de culpa invadió a Rose. Los perdió una vez y ahora tenía la oportunidad de vivir de alguna forma u otra todo lo que le fue arrebatado.

—No, mi cielo —susurró con resignación—. No voy a dejarte.

—¿Lo prometes? —preguntó la niña.

—Lo prometo —soltó Rose, tragándose la angustia que esas palabras le generaban.

El día transcurrió sin incidentes y la noche llegó. Rose se perdió en las sensaciones que el estar con Alex le producía. Lo amaba y no sabía si en algún momento podría dejar de hacerlo. Oler su cuerpo, tocar su piel. Esas sensaciones eran únicas y las atesoraba como oro. Pero su corazón ahora le pertenecía a James.

No pudo dormir esa noche, solo se quedó observando el techo, pensando en su vida y en cómo durante mucho tiempo deseó ese futuro. Pero ya no pertenecía ahí. Observó a su costado; Alex dormía abrazándola. Lo sentía respirar con tranquilidad a su lado, lo que provocaba angustia y tristeza. Soltó sus lágrimas con mesura, intentando no despertarlo.

Por un instante miró al rincón del dormitorio y vio a Miguelito, de pie, sin hacer o decir nada. Recordatorio silencioso de por qué estaba en el lugar.

Limpió sus lágrimas y trató de dormir.

En la Tierra, Ashley esperaba afuera del hospital la llegada de Eric. Era raro; él no tendía a demorar, pero últimamente se tardaba demasiado. A lo lejos lo vio llegar, bañado y con una sonrisa.

—Hola, preciosa —susurró abriendo la puerta de la aeronave para que ella subiera.

Ashley no dijo nada, solo lo observó. Había algo diferente en él, sentía algo diferente en él. Algo ajeno en su energía.

—¿Qué pasa, mi amor? —preguntó besándola, pero al tocar sus labios sintió ligero asco.

—¿En dónde estabas? —preguntó seria mientras veía a su compañera Lara caminar hacia el lugar.

Ella llegaba a cubrir su turno, el cual comenzaba tiempo después del suyo.

—Ashley, hola —gritó con una sonrisa.

Ambas se saludaron, pero era un saludo tenso. De un tiempo para acá, ella actuaba rara. Y Ashley lo sentía. Siempre tuvo la sensación de que a Lara ella no le agradaba, que solo la trataba por obligación. Se sentía mal por pensarlo, por lo que decidió darle una oportunidad. Al fin y al cabo, ella jamás le hizo o dijo algo como para desconfiar.

—Hola —susurró Ashley, notando que ella veía de forma insistente a Eric.

Y aunque él esquivaba la mirada como hacía con todo el mundo al cual ella conocía, lo ignoró. Eric era guapísimo y llamaba mucho la atención. Aunque algo en su pecho se estrujó, algo que parecía susurrar algo.

—Debemos irnos —dijo Eric de forma seria.

Ashley volvió a saludarla, notando que la blusa de ella olía con un aroma familiar. No dijo nada, solo subió a la aeronave atando cabos.

Sobrevolando Épsilon, Ashley, al fin, enfrentó a Eric.

—Me debes una respuesta —soltó ella, sujetándose del asiento y tocando algo extraño debajo de él. Lo sacó sin que Eric la viera. Era un broche de cabello y no era suyo. Lo guardó; tenía la sensación de que lo había visto en algún lado, pero aún no sabía en dónde.




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