Cuando abrió los ojos, Rose notó que estaba en un lugar extraño. Rodeada de abundante vegetación. Se veía hermoso. Era un lugar soñado. Caminó buscando a alguien o algo, pero a lo lejos vió una edificación que reconoció muy bien.
Estaba en la isla helada en donde los hombres de hielo mandaban.
Miró al bosque y los vió, observaban a los humanos con recelo. En ese momento todo comenzó a moverse rápidamente. El tiempo parecía retroceder hasta un momento en el que los humanos no existían en el lugar.
Vió a los famosos Yeti vivir en paz y armonía hasta que una nave cayó. Eran los Thek’ar. Fueron usados, abiertos como experimento y sometidos. Los visitantes buscaban algo que revirtiera su biología moribunda.
Pero alguien más llegó. No era su objetivo. Él buscaba su camino, su lugar en el Todo. Y recién iniciado en su camino los vio. Sufriendo, muriendo, siendo usados por alguien más fuerte. Por lo que intervino.
Tzayoc. No solo dirigió a los Yeti en su liberación sino que luchó junto a ellos.
Rumm. Ese nombre era gritado por los yetis. Significaba rojo.
—¿Qué? Pensé que significaba ascendido —susurró Rose observando la escena.
Tzayoc era enorme, con un cuerpo fornido, su piel de color rojizo y un cabello color castaño oscuro largo. Llevaba una especie de taparrabo antiguo y, aunque por momentos se veía nevar a su alrededor, él no cubría su cuerpo. Su piel parecía ser una braza caliente, desprendiendo calor constante. Sus ojos eran oscuros y fríos. Se veía a leguas que era un guerrero hecho y derecho.
Luego de la guerra, él recorrió la Tierra. Conoció a muchos humanos primitivos, negoció con unos, peleó con otros, pero lo que más le llamó la atención a Rose fue la sangre fría que tenía.
Le habían contado que los primeros Klat’ka eran guerreros feroces, pero él mataba indiscriminadamente. No importaba si era niño, anciano o animal. Era extraño. Parecía tener misericordia con unos y fiereza con otros.
—¿Qué es este lugar? ¿Por qué veo esto? —preguntó Rose aturdida.
—Es una prueba, solo que tú deberás encontrar su significado —susurró Miguelito, quien de pie a su lado solo observaba los acontecimientos.
—Él es tan ambiguo —balbuceó Rose, intrigada.
—Así es —susurró Miguelito con una media sonrisa.
Rose notó cómo todo a su alrededor comenzó a moverse cada vez más lento y, cuando tomó conciencia plena, se encontraba al lado de un precipicio natural.
Una pared de roca de más de 1 kilómetro de alto en vertical. En ella, varias cavidades daban cobijo a innumerables huevos. La mayoría, ya eclosionados. Solo dos se mantenían intactos.
Abajo, entre las rocas, un ave yacía muerta. Parecía ser la madre de los huevos. Todas las demás se habían ido y ella murió protegiendo su nido de quién sabe qué peligros.
Vio a Tzayoc escalar con muchísima facilidad, llegando hacia donde estaban los huevos. Los observó con atención y esperó por largo rato. Hasta que, tiempo después, presenció con fascinación su nacimiento.
Cortó su mano y a ambos polluelos les dio de beber su sangre. Luego dejó gran parte de su comida y se fue dejándolos solos.
—Si el Todo quiere que crezcan, así será —murmuró retirándose del lugar.
Tiempo después, el camino de Tzayoc volvió a cruzarse con el de uno de esos polluelos. Ya adulto, parecía que lo había buscado durante mucho tiempo. La observó: era hembra. Mucho más grande que su especie original, parecía haber mutado. Con un pico más fuerte, garras más grandes, alas más fuertes que no necesitaban planear y sus plumas doradas. Brillaban como oro al contacto con la luz del sol.
Caminaron juntos durante mucho tiempo, pelearon a la par innumerables batallas y cuando él cumplió su misión en la Tierra, se fue. El ave entró en reposo durante milenios. Siendo despertada de vez en cuando por algún ser humano o catástrofe. Avistada en vuelo muy escasas veces.
En otro tiempo y espacio, Jack solo observaba a los niños en Nivaria. Creía odiar el lugar, pero lo que en realidad sucedía es que los niños ahí le recordaban a su madre. Todos olían a ella. Gianfranco, Esteban, Margarita, hasta ese niño que a veces los acompañaba. Matías. Había algo en él que lo inquietaba y a la vez le fascinaba. Como si estuviera presente y a la vez en otro lugar de forma simultánea.
—Sé que no te gustan los demás niños, pero dales una oportunidad —susurró James con una sonrisa tocando su hombro.
Su corazón se ablandó. Amaba demasiado a su papá como para hacerlo sentir triste. Sentía que su misión —mientras regresaba su mami— era cuidar de todos y protegerlos del mal. Aunque había días en que esa responsabilidad le pesaba.
Todos los niños se reunieron junto a Sofía en la sala de su casa. Dibujaban felices, hasta que Margarita rompió el silencio.
—Mi mamá dice que eres un marcado porque fuiste creado en un acto horrible.
Los demás niños se quedaron callados, expectantes.
Jack no dijo nada, solo sujetó su lápiz con furia y continuó en lo suyo.
—También dijo que tal vez mi tía Rose jamás salga de la máquina de Tzayoc, ya que nadie la entiende —murmuró la niña volviendo a su dibujo.
Jack apretó su lápiz tan fuerte que lo rompió en dos, perdiendo la paciencia.
—Tu mamá es muy linda. Te dijo que el motivo por el cual vives es porque era una zorra. Se le metió por los ojos a Chris, lo engatusó hasta acostarse con él —susurró el niño viéndola a los ojos de forma aterradora.
—No le hables así —dijo Sofía molesta.
El niño se giró haciendo brillar sus ojos de un rojo aún más intenso.
—¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que tu bastarda se entere de quién eres en realidad? —exclamó girándose hacia Margarita de forma tenebrosa—. Porque sí, eres una bastarda igual que yo, así que bienvenida al club.
Gianfranco muy inocentemente preguntó.
—¿Qué es bastarda?
La escena fue interrumpida por Ashley, quien al escuchar todo comentó seria.
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Editado: 13.04.2026