Tras la sombra de los Klat’ka V: Redención

Salto al vacío

Al abrir sus ojos tras cruzar la puerta, Rose vio un desierto. Uno muy vasto. Era de noche, lo sabía aunque no hubiera ni una estrella en el cielo. Corría una brisa serena y cálida, haciendo del lugar acogedor. Pero algo en Rose desconfiaba. Se veía demasiado bien para ser verdad. Se mantuvo estática al lado de la puerta, que con la tenue luz que irradiaba daba un poquito de calidad a la inmensidad de negrura que lo cubría todo.

—¿Qué es este lugar? —preguntó Rose inquieta. Sintiendo en lo más recóndito de su ser que esta era la prueba de fuego. La que definía si salía o se quedaba en ese lugar.

Miguelito la observó con una mezcla de felicidad y orgullo.

—Has llegado al final del viaje. Pero para salir, debes atrapar esa luz —murmuró señalando al horizonte.

En el momento en que dijo esas palabras, muy a lo lejos una pequeña zona se iluminó, dejando a Rose perpleja.

—¿Atrapar? ¿Se mueve? —preguntó ella desconcertada.

—No —respondió Miguelito con tranquilidad—. Estará en el mismo lugar siempre; dependerá de tu ingenio llegar hasta ella —susurró desapareciendo.

—¿Qué? ¿A dónde vas? —gritó Rose aterrada. Comenzó a caminar en círculos.

El solo pensar en que sonaba demasiado fácil para ser la última prueba la aterraba. Había una trampa, lo sabía, pero aún no podía ver cuál. Se dirigió hacia la luz, temerosa del lugar.

En otro tiempo y espacio, Jack se mantenía recostado en su cama. Veía el techo y no podía sacar de su mente las palabras de su hermano. Cuando estaban a punto de irse de la visita que él, Kaeth’Ruum y James hicieron a John, el pequeño se acercó a su oído.

—Debes buscar a mamá; necesita ayuda —susurró con tristeza.

Al tocar su hombro, algunas imágenes llegaron a su mente. No eran muy nítidas, pero llegó a ver a su madre, algo que lo descolocó.

Volvió al presente viendo que Horus llegaba. Por lo que hizo que el Devorador, el cual estaba dormido al lado de su cama, se retirara. Ellos no se llevaban bien.

El Hound lo observó, olfateó y luego se frotó efusivamente en él, intentando dejarle su olor.

—Extraño a mamá, Horus —sollozó abrazándolo fuerte mientras lágrimas caían por su rostro.

El can comenzó a lamerlas con cuidado, para luego seguirlo hacia la cama. El pequeño se recostó, suspirando, lleno de tristeza.

—Puedes llegar a ella si así lo deseas —susurró Liraeth haciéndose presente.

—¿Cómo? Puedo llegar al inframundo, pero jamás llegaría a donde está mi mamá —murmuró el niño cubriéndose los ojos.

—Puedes llegar a donde tú quieras, si así te lo propones. Aunque si te sirve de consuelo, tu mamá está enfrentando sus propias sombras —dijo Liraeth sentándose a su lado en la cama.

—¿Qué? —exclamó el niño levantándose rápidamente—. Pude sentir a una entidad cuando hablé con John. ¿Quién es? —preguntó observando con atención al misterioso guía.

—Es un alma no nacida, una chispa divina esperando encarnar —susurró Liraeth de forma calmada.

—¿Puedo llamarla si me lo propongo? —preguntó el niño preparándose para actuar.

—En teoría, sí. Jack, tú tienes un poder inmenso que espera ser visto. Pero debes saber: esa pequeña alma no nacida hizo algo que no es permitido según las reglas del Todo —murmuró Liraeth con voz seria.

—Si puede llevarme con mi mamá, quiero llegar a ella —dijo el niño con molestia. Liraeth asintió, levantándose de la cama.

—Está bien, te ayudaré. Voy a pedirte que te acuestes en tu cama. Debes llegar a un estado de conciencia determinado para llegar a ella.

El niño lo hizo sin dudar; estaba dispuesto a todo.

—Ahora necesito que cierres tus ojos y te relajes. Vas a concentrarte en tu respiración. Mientras, yo iré haciendo una cuenta regresiva y, cuando llegue a cero, tu cuerpo caerá dormido profundamente. Tu mente seguirá despierta, pero enfocada.

—Estoy listo —exclamó Jack decidido.

—Diez —susurró Liraeth, y Jack sintió cómo su respiración se hacía más lenta.

—Nueve.Los pies de Jack se relajaron ligeramente.

—Ocho.Dejó de sentir las piernas y los brazos.

—Siete.Su pecho comenzó a subir y bajar muy lento.

—Seis.El latido de su corazón empezó a acompañar a su respiración.

—Cinco.Su espalda se relajó.

—Cuatro.El rostro y la cabeza le dejaron de pesar, volviéndose livianos.

—Tres.Comenzó a escuchar sus latidos en el pecho.

—Dos.Cada vez más lento.

—Uno.

Al abrir los ojos, vio a Liraeth como realmente es: un ser de pura luz. A su lado, un portal se abría y ese ser que sintió al tocar a John apareció.

El niño se sorprendió. Al ver sus ojos o lo que parecían serlo, se reflejó la misma galaxia.

—Llévame con mi mamá —susurró el niño con cierto temor. Jamás había visto algo tan inmenso, puro, divino.

La entidad asintió; tomándolo de la mano, cruzó el portal junto con Jack.

Rose, en cambio, seguía en el desierto. No importaba cuánto caminara; la luz se mantenía en su lugar. Descansó sentándose en el suelo. Sus pies dolían, estaba sedienta y perdida. Agarró sus piernas y, viendo la luz en el horizonte brillando hermosa, se entristeció.

—¿Qué hago aquí? —se preguntó Rose.

—Viniste a encontrar a quien realmente eres —susurró una voz a lo lejos.

Pero en el momento que lo hizo, ruidos y gruñidos se empezaron a sentir en la lejanía. Rose se puso en guardia; parecía que una legión se despertaba de un sueño profundo.

Comenzó a correr cuando a su alrededor bultos negros empezaban a rodearla. Lo más aterrador era que los conocía. A todos y cada uno de ellos. Eran todas sus víctimas, incluso los Thek’ar que había matado en la prueba anterior.

—María —gritó uno con una voz tétrica.

Era Kim Daehyun. Se veía horrendo. Como si por alguna razón que ella no entendía, su cuerpo estuviera pudriéndose mientras él aún se mantenía vivo. Levantó su mano huesuda que, ante el movimiento, parecía perder trozos de carne. Una centena de hombres se alzaron de las arenas calmas de ese desierto.




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