En diferentes partes de la Tierra, Ashley, Jack, John y Chris sintieron su energía. Rose había despertado. Horus soltó un aullido angustioso mientras abría un portal, perdiéndose de la vista de James. El cual, por un segundo, sintió un cosquilleo en su pecho.
Dejó el hacha con la cual cortaba leña a un lado y se sentó en la entrada de la cabaña.
—Papá, mamá despertó, lo sé —gritó Jack con desesperación desde dentro de la cabaña.
—Así es —susurró Siranel apareciendo de la nada.
—Quiero ir a verla —murmuró Jack buscando sus cosas.
James, con una sonrisa, también se preparó.
—No puedes —susurró Siranel con voz fría.
—¿Por qué? —gritó el niño furioso.
James por un instante se detuvo, bajando la mirada.
—¿Ella está bien? —preguntó aterrado de oír la respuesta.
—Ella está bien y en buen estado de salud. Los eruditos no se explican cómo sobrevivió a la herida en su corazón —murmuró con frialdad—. Pero ella se mantendrá en cuarentena. Son reglas específicas para los regentes en ascenso.
—¿Qué? —preguntó el niño completamente fuera de sí.
—Tranquilo, Jack, déjala terminar —murmuró James tocando su hombro y calmando sus ánimos—. ¿Son las pruebas verdad?
—Así es. Ella debe pasar las pruebas y demostrar que puede ser una regente antes de salir del planeta siete —exclamó Siranel bajando la cabeza.
—¿Qué sucede si no las pasa? —preguntó Jack con preocupación.
—Jamás ha sucedido que un regente pierda una prueba. No te preocupes, pronto volverás a ver a tu mamá —susurró retirándose del lugar.
Ahora solos, ambos se miraron tristes. Por lo que James, para tratar de animar al pequeño, susurró abrazándolo.
—Tranquilo, pequeño. Si yo pude pasar las pruebas, ella también podrá.
Sola en su habitación, Rose admiraba la inmensidad del planeta 7 a través de una amplia pared cristalina. Lo dominaban la arena y el calor abrasador. Parecía que ese era el clima perfecto para ella. Recordó por un instante la aldea Vakarima. Sonrió apenas.
Extrañaba la Tierra, su oxígeno y su gravedad. El sistema solar de los Klat'ka estaba compuesto por siete planetas rodeando dos soles. Uno más grande y lejano y otro más pequeño y cercano.
Había más gravedad que en la Tierra, lo cual le era extenuante para su cuerpo, además de haber oxígeno limitado.
Vio un portal abrirse y Horus cruzó, encendiendo las alarmas en todo el palacio Klat’ka.
—Horus, no puedes estar aquí —susurró Rose abrazándolo fuerte; lo extrañaba.
Kaeth’Ruum entró con seriedad, soltando una risa alegre al verlo. Horus movió su vestigio de cola animado al verlo.
—Amigo, no voy a echarte, pero no puedes estar aquí —susurró viéndolo animado. Sabía que él esperaba con ansias a que Rose despertara.
—Papá, ¿crees que haya problemas con que él esté aquí? —preguntó Rose besándolo y acariciándolo con mucho cariño.
—No es que pueda hacer mucho —susurró guiñando su ojo en complicidad.
Afuera, cientos de Klat'ka se preparaban para ingresar, pero al ver a Horus, se detuvieron en seco. Era el Hound más grande, además del Fantasma de hielo que habían visto.
Horus los ignoró, acostándose en la amplia cama del dormitorio y echándose una siesta.
—Está en cuarentena —murmuró uno de los guardias.
—Lo sé —dijo Kaeth’Ruum luego de un largo suspiro—. ¿Pero quién de ustedes tiene el valor de decirle que salga?
Todos lo observaron con temor, mirándose entre sí.
—Debe ir con los maestros —murmuró un misterioso sujeto tras los soldados.
Al verlo, Rose supo que él sería un dolor de huevos durante su estancia.
—Bienvenido, Vaklar, ella es mi hija, Rose —dijo Kaeth’Ruum intentando descomprimir el ambiente.
Rose se acercó; era el primer Klat’ka además de Siranel y su papá con el que interactuaba. Extendió su mano, pero Vaklar la miró con desprecio y asintió retirándose.
Luego de que él salió, todos los soldados se fueron.
—Él es el jefe de tropas. Es lo único que se opone entre tú y el trono —susurró Kaeth’Ruum serio.
—No quiero el trono —preparándose para ir a donde se le pidió.
Quería salir de ahí cuanto antes y volver con su familia.
—No entiendes, ¿verdad? Si tú no asciendes, James deberá subir al trono y unirse a una Klat’ka. Si se niega, morirá y John subirá —murmuró girando su cabeza hacia ella—. Pero no te preocupes, ningún descendiente de regente ha perdido la prueba nunca —susurró besando su frente con cariño para luego salir.
Ahora sola, Rose suspiró; estaba sobrepasada.
—Es para lo que naciste —susurró Liraeth haciéndose presente.
—Siempre pensé que los Klat’ka eran una civilización avanzada, pero al final son unos bárbaros igual que Tzayoc —exclamó Rose desconcertada.
—Estás aquí por algo. El Todo no trabaja con casualidades, sino con certezas —susurró desapareciendo y dejando a Rose sumida en sus pensamientos.
Tiempo después, salió al pasillo, notando que dos guardias la escoltaban. Eso le fastidiaba. Parecía como si hubiera vuelto a la Organización y su control. Se mordió la lengua, bajó la cabeza y siguió su camino.
Al llegar, doce maestros la esperaban. Todos con su rostro serio e inexpresivo. Su presencia les molestaba, pero no entendía por qué.
—Bienvenida, para poder ascender al trono de regente debes conocer la historia Klat’ka —murmuró uno tocando un cilindro de cristal delante de él y abriendo lo que parecía ser un holograma.
Rose miró las imágenes y supo. Todo comenzó con Tzayoc. Los siete planetas Klat’ka estaban en guerra entre sí. Había hambre, muerte y anarquía. Él los unió, eliminó todos y cada uno de sus rivales e instauró una espiritualidad con conexión con el Todo. Logrando que ellos poco a poco progresaran.
Creó a los regentes y su sistema para que solo los mejores líderes subieran al poder y no cayeran en malas guías como en tiempos antiguos. Personas que por su ambición, egoísmo o maldad llevarán a su pueblo por el camino de la oscuridad.
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Editado: 13.04.2026