Tras la sombra de los Klat’ka V: Redención

Las puertas del Todo

Rose escuchaba a dos Klat'ka hablar telepáticamente entre ellos. Su padre había prohibido ese tipo de comunicación y obligado a todos a aprender español. Todo con el fin de que pudieran comunicarse con ella una vez saliera de la máquina de Tzayoc. Parte del pueblo Klat’ka estaba enojado, pero lo mantenían en secreto.

—Se me hace una humillación tener que volver a ser un ser primitivo solo por esa abominación —decía Vaklar a su hijo Vasteler, guardián de regentes.

—Padre, ¿por qué la odias? Es evidente que ella no quiere estar aquí. Posiblemente decida irse ni bien el trono se le haga pesado —exclamó su hijo con su voz tensa.

—¿Preguntas por qué? Estamos liderados por un monstruo resultado de los bajos impulsos que Kaeth’Ruum no pudo controlar en la Tierra y encima su consorte ni siquiera tiene nuestra sangre —gritó perdiendo la paciencia.

Suspiró tratando de calmarse.

—No has pensado en que tal vez ella es el guerrero que Tzayoc predijo —agregó su hijo intrigado.

—Tú eres el guerrero prometido que Tzayoc predijo, hijo. Y ocuparás el trono, tarde o temprano.

—Yo no soy un regente. Yo soy un guardián, papá —dijo el Klat’ka con molestia.

—Si no lo ocupas tú, lo ocupará Valekstar. Pero la regencia cambiará de mando pronto —susurró retirándose.

Vasteler suspiró; odiaba seguir las órdenes de su padre, pero decepcionarlo era peor. Al mirar al fondo, vio a Rose observando atenta.

—¿Necesita algo? —preguntó nervioso. Él era su guardián, al fin y al cabo.

Rose negó con la cabeza, siguiendo su camino a la sala de entrenamiento. Todo lo que había escuchado le generaba pensamientos encontrados. Ella no quería el trono, por lo que, si Vaklar lo reclamaba, ella y su familia serían libres. Aunque en el fondo sentía que eso no era lo mejor.

—Bienvenida —dijo uno de los soldados encargado de entrenar a los reclutas.

Luego, dirigiéndose a todos los presentes, continuó.

—Hoy tendremos una batalla simulada con piedras oscuras. Ellas tomarán el temor colectivo de todos, creando un enemigo al cual deberán eliminar. El daño será real, pero controlado, por lo que intervendremos si es necesario —exclamó saliendo del lugar.

Todos estaban nerviosos menos Rose. Sentía que sea lo que tuviera que enfrentar, no sería nada a lo que recordaba de la máquina de Tzayoc.

Desplegó el escudo N’varon junto con Aurea, sorprendiendo a todos. Cuando poco a poco comenzó a formarse una masa espesa, la cual tomaba la forma de un Thek’ar.

—¿En serio? —exclamó Rose completamente desmoralizada.

Pero en ese momento el Thek'ar, hecho de pura oscuridad, comenzó a materializar innumerables brazos mientras sus ojos se tornaban rojos. El corazón de Rose se detuvo. Sabía que era esa cosa de la fosa Karonte.

La manifestación comenzó a atacar a todos con sus brazos, logrando por poco ocultarse.

—¿Qué carajos es esa cosa? —se preguntaban desconcertados los reclutas.

Rose los interrumpió, analizando todo con detenimiento.

—Hay que idear un plan —susurró ella, notando que cuando atacaba tenía un flaco trasero descubierto en el cual no tenía defensa ni visión ni brazos.

Pero ellos no la escucharon. Comenzaron a atacar, defendiéndose y repeliendo las ofensivas. Rose, en cambio, se mantuvo segura, observando sus movimientos.

Afuera, los soldados analizaban y medían el rendimiento de todos los reclutas, sorprendiéndose de la actitud de Rose.

En ese momento, uno de los reclutas temerarios se adelantó, quedando a merced de la bestia, quien lo agarró con uno de sus brazos, comprimiendo su cuerpo. Los gritos inundaron el lugar, hasta que Rose intercedió. De un movimiento rápido cortó el brazo de la criatura. Esta, más lista, lo regeneró inmediatamente y, furiosa, intentó atacar. Rose desplegó su esfera de energía. El impacto estrelló a la criatura contra la pared, quedando aturdida.

—¿Estás bien? —preguntó Rose extendiendo su mano para ayudarlo a levantarse. Pero el Klat’ka soltó una frase que la descolocó.

—¡Déjame, maldita abominación!.

Rose tomó aire para regularse mientras despegaba a Aurea nuevamente.

—Vuelve a llamarme abominación y saldrás de aquí sin verga —susurró yendo a la carga contra el monstruo.

Se deslizó por debajo de sus piernas hasta quedar en la zona vulnerable y luego de un salto hundió a Aurea en su espalda. La bestia cayó muerta para luego diluirse en una bruma negra y volver dentro de las 4 piedras que estaban en la entrada.

Rose no dijo nada, guardó a Aurea, su armadura y salió del lugar ante la mirada de fascinación, odio e inquietud que generaba en los reclutas.

Se encerró en su cuarto a meditar. Odiaba estar ahí. La situación solo le recordaba a la Organización. Pero si quería ir con sus hijos, debía pasar las pruebas.

—John —suspiró con tristeza. Estuvo tantos años creyendo que estaba muerto y ahora toda la burocracia Klat’ka le impedía ir por él, abrazarlo, besarlo.

—Salvaste a un recluta —murmuró su papá entrando en la habitación.

Rose giró sus ojos de fastidio.

—Soy una abominación para ellos.

—Eres su próxima regente, mi pequeña —murmuró él besando su frente.

Por un instante vio a su padre y pensó en decirle lo que había escuchado, pero prefería que nadie supiera que ella podía comunicarse telepáticamente. Al menos no por el momento.

Bajó su mirada. Él podía leerla a la perfección, así que no quería levantar sospechas.

—¿Por qué los Klat'ka ya no tienen dones como los míos? —preguntó Rose cambiando de tema.

Su papá sonrió de felicidad. Ella al parecer comenzaba a tener interés en su gente.

—Los tuvieron hace mucho tiempo. Pero esos dones, con las generaciones que siguieron, sumado a que ya no éramos guerreros, se fueron diluyendo. Eso dicen los eruditos —dijo Kaeth’Ruum con su rostro serio—. Aunque si me permites decirte algo, creo que los Klat'ka llegaron a una meseta en donde ya no quisieron evolucionar.




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