Bastaron unas palabras de odio del joven recluta para que Rose perdiera el control. Golpe tras golpe, lo sometía y en su mente solo estaba él: Alexander.
—¡Maldito hijo de perra! —gritaba sin control.
Su padre, como siempre, intercedió.
—Basta —dijo, mientras los guardias Klat'ka retiraban el cuerpo maltrecho.
Rose miró a los demás reclutas, los cuales la observaban con una mezcla de terror y desprecio.
—¿Creen estar preparados para la guerra? Ilusos. Los Thek’ar se los van a comer vivos a todos —gritó mientras Kaeth’Ruum la sacaba a la fuerza.
En la soledad de su habitación, su padre se mantuvo callado, observando a su hija, que histérica, caminaba sin control.
—María, cálmate —ordenó su padre y Rose se detuvo en seco, petrificada por las palabras.
Lo observó en shock. Como si las palabras fueran ajenas a quien realmente era. Como un acto gatillo, la sacó de su enojo.
—Yo no soy María —balbuceó desorientada sentándose en su cama.
—Entonces deja de comportarte como ella —soltó Kaeth’Ruum sentándose a su lado—. ¿Qué sucedió? —preguntó con su voz calmada.
—No son serios, creen estar listos para luchar contra los Thek’ar sin darse cuenta de que son unos niños —dijo Rose llevándose las manos a la cabeza.
—¿Te recuerda a Alexander? —preguntó su padre en tono serio.
Rose volvió a petrificarse. Su padre podía leerla a la perfección. Y es que ese era el problema. Ese recluta en especial era igual a él.
—Katmas —soltó Kaeth’Ruum con tristeza.
—¿Qué? —preguntó Rose desconcertada.
—Su abuelo era Katmas. Guardián de mi papá, tu abuelo. Cayó en los años negros y su cuerpo fue uno de los usados para experimentación por la humanidad.
Hizo un pequeño silencio y luego continuó.
—Parte de él está en ambos. Parece que su esencia se mantiene a través del tiempo, al igual que la de tu abuelo, Vael.
Ambos se quedaron en silencio por un momento.
—¿Aún tienen los cuerpos? —preguntó Rose, tornando su cabello y ojos de un rojo intenso.
—Eso es algo que deberás controlar, mi luz de luna —murmuró tomando su mano y devolviéndola al presente.
—Si dejas que las emociones te dominen, les das tu poder. Si dejas que las palabras y acciones de otros lo hagan, serás su esclavo. Los Klat'ka controlamos eso. Si nadie sabe qué te enoja, entristece o hace feliz, no puede arruinarlo —murmuró besando su frente con dulzura—. Hace tiempo no me cuentas sobre la máquina de Tzayoc y lo que recuerdas.
Ella sonrió feliz. Amaba hablar con su padre.
—Sabes, papá, hay algo que no te he dicho —murmuró, perdiéndose en su mente mientras contaba sus recuerdos.
Recuerdo al Seraphien. Llegó en mi rescate cuando pedí ayuda en ese lugar. El ser tocada por él era como si millones de pequeños pétalos de rosa acariciaran mi piel con una ternura y cariño inexplicables. La energía de amor puro que sintió estaba a la par del amor que siente por sus hijos.
Al abrir sus ojos, estaba en un oasis. Cerca, se escuchaba el hermoso sonido de una cascada. El aire era agradable y cálido, con un toque de aroma a lavanda que Rose no sabía de dónde venía.
Miró al cielo y notó que este tenía un hermoso color blanco. Sonrió feliz. No sentía dolor, ni hambre ni preocupación. Solo paz.
—Arrorró mi niño, arrorró mi sol —escuchó a lo lejos en una voz que reconoció muy bien.
—Mamá —dijo Rose levantándose rápidamente, siguiendo el melodioso canto.
En la cascada estaba ella: su madre.
Rose se detuvo en seco. Era demasiado bueno para ser verdad.
—Es otra prueba —susurró para sí y en el instante que lo hizo, ella la vio.
Al sonreír, todas las dudas se disiparon y cientos de micro flashes de ambas juntas pasaron por su mente en un instante.
Era ella. Podía sentirla.
Corrió a su encuentro y al tocarla fue como si alcanzara al Todo con sus manos.
—Mi amor, ¿qué haces aquí? —preguntó ella preocupada.
Se tomó un tiempo para admirar a la mujer en que su pequeña se había transformado. Recorrió su rostro, tocó con dulzura su cabello y la abrazó con fuerza.
En cambio, Rose estaba estupefacta. Todas las sensaciones recorrían su cuerpo con tanta rapidez que le costaba hasta respirar. Sin saber cómo es que siquiera había aire ahí.
—Te… Te amo —balbuceó Rose con una sonrisa.
María soltó una carcajada de alegría. Era su pequeña. Tal cual la recordaba.
—Yo también te amo —susurró besando la punta de su nariz.
En el instante que lo hizo, los ojos de Rose brillaron, llenos de amor.
—¿Cómo están mis nietos? ¿Cómo está Kaeth’Ruum? —preguntó con una sonrisa.
—Mamá —sollozó Rose con tristeza—. No puedo recordarte cuando despierto. Solo abrázame y bésame. Te extraño.
Los ojos de Rose se llenaron de lágrimas de absoluto dolor.
—No importa si tu mente recuerda o no, yo siempre estoy contigo aquí —susurró tocando su pecho, en el área del corazón.
En ese momento, Rose y ella cruzaron miradas y por un instante todo a su alrededor se congeló. En ese segundo, para ellas no existía nada más.
—Arrorró mi niño, arrorró mi sol —se escuchó tras ellas y María se giró llena de felicidad.
—¿Qué? —dijo Rose sorprendida y, al girarse, un ser de absoluta luz estaba parado en la lejanía.
Al verlas, la entidad corrió lejos y Rose miró a su madre con preocupación. María le devolvió un rostro lleno de amor.
—Ve, mi pequeña —susurró besando su mano y Rose corrió hacia esa misteriosa presencia.
No sabía por qué lo hacía, pero sentía dentro que debía alcanzarla.
Llegó hacia una puerta en medio del lugar. Ajena, extraña. Se detuvo en seco.
Sabía a dónde la llevaría.
—Arrorró, mi niño —se escuchó tras ella y el corazón de Rose se llenó de alegría. Giró el picaporte y entró, siendo cegada por una luz blanca.
Al abrir sus ojos, estaba en otro lugar. Era extraño. No se sentía como en donde estaba su madre. Era más bien como si en ese lugar no estuviera viva.
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Editado: 13.04.2026