Tras la Tormenta

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La casa apareció al final del camino y la reconocí antes de verla por completo: la curva exacta del sendero, los árboles cerrándose alrededor del terreno, cargados de nieve, como si el bosque intentara mantenerla al margen de todo.

Aparqué el auto y apagué el motor, pero no bajé de inmediato. Me quedé con las manos apoyadas en el volante, observando cómo los copos seguían cayendo con una paciencia infinita. No había luces encendidas, tampoco ningún rastro de movimiento. La casa estaba ahí, inmóvil, blanca en los bordes, como si no hubiera visto un alma en los últimos meses.

Tragué saliva.

Había venido hasta Vermont repitiéndome que solo era una visita rápida. Entrar, comprobar que Adam estaba bien y salir. Nada más. Sin conversaciones incómodas ni revisitar las heridas que había empezado a sanar. Sin embargo, incluso antes de abrir la puerta del coche, supe que aquello era una mentira piadosa.

Bajé y cerré la puerta con más fuerza de la necesaria. El frío me golpeó de inmediato, metiéndose por el cuello del abrigo y recordándome que febrero aquí no tenía piedad. El aire olía a madera húmeda, a nieve recién caída y a algo antiguo y quieto. Caminé hasta el porche dejando huellas claras sobre la capa blanca, consciente de cada paso, como si el sonido pudiera delatarme y toqué la puerta.

—Adam —llamé, elevando un poco la voz.

Nada.

Esperé unos segundos, escuchando. El crujido lejano de las ramas bajo el peso de la nieve, el golpeteo suave de los copos contra la baranda, mi respiración visible en pequeñas nubes blancas… Toqué de nuevo, esta vez con los nudillos más firmes.

—Adam, soy yo.

El silencio no se rompió.

Miré alrededor, incómoda. No había rastro de ningún auto, ni huellas recientes que no fueran las mías. Desde fuera, la casa no daba señales claras de estar habitada: ninguna ventana iluminada, ningún sonido que confirmara que alguien estaba despierto. Incluso la chimenea, visible desde un costado, no expulsaba humo alguno. Todo parecía detenido en el tiempo.

Una parte de mí me dijo que eso era suficiente. Que ya había cumplido. Que podía llamar a Heather, decirle que no había nadie y marcharme antes de que el frío me calara hasta los huesos.

Di un paso atrás. Y entonces vi la piedra, justo donde la había dejado en mi anterior visita, un poco cubierta por la nieve, pero incluso así era evidente. Sentí una punzada de irritación mezclada con algo peligrosamente cercano a la ternura.

—¡Dios! Es tan malo escondiendo esa maldita llave —murmuré, para nadie.

Me agaché, aparté la nieve con la mano enguantada y levanté la piedra falsa. La pequeña llave metálica seguía ahí, fría incluso a través del guante. La sostuve unos segundos entre los dedos, debatiéndome. Aquello ya no era comprobar si estaba bien, estaba peligrosamente cerca del allanamiento de morada y yo no estaba segura de querer pasar mis días en prisión.

Pero el recuerdo de Heather, con la voz quebrada al otro lado del teléfono, vino a mi mente y entonces me rendí e introduje la llave en la cerradura. La puerta se abrió con un gemido mientras yo me deslizaba en el interior de la casa y la dejaba entreabierta, como si eso pudiera servir de excusa si decidía huir o si llegaba la policía.

—Adam —llamé otra vez, ya dentro.

La casa estaba tibia y el contraste inmediato frente al frío exterior me descolocó. La lampara de la esquina del salón proyectaba una sombra cálida sobre la pared de madera y la chimenea del salón ardía con un fuego tan bajo que explicaba por qué no había visto humo desde afuera.

Me quedé quieta unos segundos, asimilándolo el lugar y el hecho de que, obviamente había alguien aquí.

El interior no había cambiado demasiado desde la última vez y, al mismo tiempo, se sentía distinto. Avancé despacio, como si temiera romper algo con el sonido de mis pasos.

Dejé el abrigo sobre el respaldo de una silla y recorrí el salón con la mirada. Había más señales de vida reciente: una taza vacía sobre la mesa baja, un libro abierto boca abajo, marcando una página. Era evidente que estaba allí, o al menos lo había estado recientemente, pero por alguna razón no respondía.

El nudo en mi pecho se tensó.

Subí las escaleras y la madera crujió bajo mis botas, haciendo ese sonido familiar que me recordó las otras noches que había pasado aquí apenas unos meses atrás, era irónico lo poco que había pasado desde entonces y lo mucho que parecía. Llegué al pasillo del piso superior y me detuve frente a la puerta del dormitorio, que estaba entreabierta.

Eché un vistazo al interior. La cama se encontraba hecha a medias. y la claridad del día nevado se filtraba entre las cortinas. Pero no había rastro de Adam por ningún lado.

—Genial —susurré.

Me giré con la intención de salir de allí, llamar a Heather y decirle que, aunque Adam evidentemente había pasado por la casa en algún momento, no se encontraba en ella. ¿Debería esperarlo para confirmar que no había salido por ahí? ¿O debería llamar a la policía y reportarlo como desaparecido? De todos modos, estaba segura de que ese sería el próximo movimiento de Heather.

Pero entonces pensé en el sótano. Y bajé.

Allá abajo, el aire era más denso y frío que el resto de la casa, como si la calefacción no tuviera alcance hasta aquí. El olor a madera vieja, polvo y humedad seguía allí, persistente, devolviéndome una familiaridad incómoda que no sabía si extrañaba o temía.




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