Tras la Tormenta

Epílogo

Llegué a casa con las manos llenas y la cabeza todavía en el último proyecto del día

Llegué a casa con las manos llenas y la cabeza todavía en el último proyecto del día. Empujé la puerta con el hombro, dejé las bolsas sobre la mesa y me quité los zapatos sin pensar demasiado en ello.

—Te juro que si vuelvo a ver un cojín beige esta semana, voy a empezar a cobrar multas —dije, soltando por fin un suspiro cansado.

Desde la cocina se escuchó el sonido de algo chocando contra una sartén.

—Eso suena a una amenaza seria —la voz de Adam llegó hasta mí—. ¿Qué quieres primero, la crisis o la cena?

Sonreí mientras dejaba las llaves en su lugar y caminaba hacia él.

—La cena. Podemos lidiar con mi crisis más tarde, cuando estemos solos —replique, entrando por fin en la cocina.

La habitación olía a ajo y romero y Adam estaba frente a la estufa, con las mangas de la camisa arremangadas y con esa concentración tranquila que yo ya asociaba con estar en casa. Sobre la mesa estaban los platos listos y dos botellas de vino abiertas.

Me acerqué hasta él y lo rodeé con los brazos, recostando la cabeza entre sus omoplatos.

—¿Cómo estuvo la tienda? —preguntó, sin girarse.

—Bien. Algo así —dije—. Una mujer fue buscando unas cortinas que no transmitieran "tristeza alpina".

Adam me lanzó una sonrisa burlona sobre su hombro.

—¿Qué le respondiste a eso?

—¿Tú qué crees? Le dije que esa mierda no existía y que lo único que podía ofrecerle eran cortinas color melocotón.

Me aparté para permitir que siguiera cocinando y pasé a apoyarme en la encimera al tiempo que robaba un pedazo de zanahoria.

—Ey —protestó—. Eso todavía no está.

—Trabajo duro, merezco una compensación inmediata.

Duquesa apareció desde el pasillo con su caminar digno, observándonos como si aún no hubiera decidido si aprobaba el menú. Marqués no tardó en seguirla, saltando directo a la silla más cercana desde donde lo tomé para acariciarlo.

—¿Estás listo para la inauguración? —pregunté.

—Todo lo listo que puedo estar, que no es mucho.

—¡Qué pena! Pero le preguntaba al gato —me burlé, ganándome pellizco en la mejilla.

—Pues que bien, porque mentí, no estoy listo y honestamente estoy pensando en fingir que salgo al porche y escaparme —se burló, guiñandome un ojo.

—No puedes hacer eso. Después de todo el trabajo que he hecho para ti, has sido un jefe terrible... ¿y ahora piensas fugarte?

—Marqués está convencido de que el hotel es suyo, pueden llevar la inauguración entre ustedes — sonrió y apagó el fuego antes de girarse hacia mí.

—Heather me escribió. Dijo que llegaría en media hora —murmuré—. Pero eso fue hace una hora, más o menos

Adam enarcó una ceja.

—Es tierno que todavía confíes en la noción temporal de Heather.

Reí y apoyé la frente en su hombro apenas un segundo.

—En realidad confiaba en la de Liv — bromeé— Ahora, en serio ¿Nervioso?

Él lo pensó un momento.

—Solo un poco, pero tú estarás ahí así que...

Lo entendí sin que tuviera que decir más. Abrí la boca para confirmarle que estaría ahí siempre que me necesitara, pero entonces desde afuera llegó el sonido de un auto avanzando por el camino de grava.

Me enderecé.

—Ya llegaron.

Adam asintió, se limpió las manos con un paño y sonrió de lado.

—Y tú, ¿estás lista para el desastre que van a armar esas tres?

Lo miré un segundo más de lo necesario.

—Es una suerte que los desastres sean nuestra especialidad.

Salimos al porche justo cuando Liv bajaba del coche, estirándose como si el viaje no hubiera sido nada. Heather fue detrás, con el abrigo mal cerrado y el cabello revuelto por el viento, y Elizabeth cerró la puerta con cuidado, mirando alrededor con esa atención tranquila que siempre había tenido.

—Wow —dijo Liv, sin disimular su sorpresa—. Esto no es nada como lo recordaba.

—¿En el buen o mal sentido? —respondí, abrazándola.

Heather no le permitió responder, se abalanzó sobre nosotras rodeandonos con ambos brazos y formando un apretado abrazo grupal.

—Dios, te extrañé.

—Oigan ¿nadie me extrañó a mi? —se quejó Adam desde la entrada.

—No —replicó Liv, como pudo—. Cállate.

—Tal vez en un rato —señaló Heather, sin apartarse.

—Yo sí te extrañé, cielo —la voz de Elizabet llegó hasta mí y vi con la visión periférica como tomaba a Adam por los cachetes y le besó ambas mejillas.

La maratón de abrazos y saludos nos tomó un par de minutos antes de que entráramos a la casa con algarabía. Liv fue la primera en dejar el abrigo sobre el respaldo de una silla, como si hubiera estado allí toda la vida, y Elizabeth se detuvo apenas al cruzar la puerta, observando el espacio con una sonrisa suave.

Heather pasó a mi lado y rozó la pared con la yema de los dedos, siguiendo el recorrido hacia la sala.

—Parece un tablero de Pinterest con temática Farm—añadió.

Lancé una mirada al salón intentando percibir la casa como lo hacían ellas, que no había estado aquí desde que yo había iniciado mi lento pero seguro proceso de remodelación, el año pasado. Algunas veces habíamos hablado de ello, pero casi no les había mostrado fotos, así que las paredes blancas, las plantas que estaban por todos lados pintando la casa de verde y los vitrales con los que había sustituido las ventanas eran totalmente nuevas para ellas. Y no era por presumir, pero sí había hecho un gran trabajo.

Adam apareció desde la cocina con una botella de vino en la mano. Yo ni siquiera había notado que se había ido en esa dirección, pero acepté la copa que me ofreció antes de servir vino a Elizabeth, Heather y Liv.




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