Tras las huellas de Leonardo Clifford (borrador)

PRÓLOGO

La noche había caído sobre los bosques de Valdoria con una quietud inquietante, como si el propio reino contuviera la respiración. La luna, oculta tras densas nubes, apenas dejaba filtrar su luz entre las copas de los árboles, sumiendo el sendero en una penumbra casi irreal.

Leonardo Clifford trabajaba en silencio.

Sentado sobre un tronco caído, con la espalda encorvada y las manos firmes, sostenía un pequeño bloque de madera entre sus dedos. La hoja de su cuchillo danzaba con precisión, arrancando finas virutas que caían lentamente al suelo cubierto de hojas secas. Cada corte era medido, cada gesto cargado de intención.

No era la primera vez que se adentraba en el bosque a esas horas. Allí encontraba algo que el mundo le negaba: calma… o quizá respuestas.

Se detuvo por un instante.

Alzó la mirada, frunciendo el ceño.

El bosque, que siempre murmuraba con vida propia, estaba en silencio.

Demasiado en silencio.

—No debería estar aquí esta noche… —murmuró para sí mismo, aunque no se movió.

Sus ojos recorrieron la oscuridad entre los árboles. Durante un segundo, creyó ver algo… una sombra que no pertenecía a ningún tronco, un movimiento que no era del viento.

Apretó el cuchillo con más fuerza.

—Sal de dondequiera que estés —dijo con voz firme, aunque baja.

Nada respondió.

Solo el eco lejano de su propia voz, perdiéndose entre la espesura.

Leonardo exhaló lentamente y volvió a mirar la figura que estaba tallando. Era pequeña, delicada… la forma de un zorro comenzaba a definirse entre la madera. Sus dedos, expertos, se movían casi por instinto, como si aquella creación tuviera vida antes incluso de existir.

Entonces, lo sintió.

Un escalofrío recorrió su espalda.

No estaba solo.

Esta vez no fue una ilusión.

Un crujido, leve pero inconfundible, resonó a su derecha. Leonardo se levantó de inmediato, guardando la figura en el interior de su capa. Sus ojos se clavaron en la oscuridad.

—He dicho que salgáis.

Una figura emergió lentamente entre los árboles.

Alta. Inmóvil. Difusa.

No caminaba… parecía deslizarse.

Leonardo retrocedió un paso, sin apartar la mirada.

—Así que al final habéis venido…

La figura no respondió. No tenía rostro, o al menos no uno que pudiera distinguirse en la penumbra. Pero su presencia pesaba en el aire, como una tormenta a punto de estallar.

—Sabía que este momento llegaría —continuó Leonardo, con una calma que no sentía—. Pero no esta noche.

El viento comenzó a levantarse, agitando las ramas y levantando las hojas del suelo en un susurro creciente.

—Aún no estoy listo —añadió, casi en un suspiro.

La figura dio un paso al frente.

Y entonces, todo ocurrió demasiado rápido.

El sonido de la madera al caer.

El destello fugaz de la hoja.

Un golpe seco.

Y después… silencio.

La figura de madera rodó por el suelo, deteniéndose entre las raíces de un árbol. La luna, liberada por un instante de las nubes, iluminó su forma: un pequeño zorro, tallado con una precisión casi perfecta.

Los ojos del animal parecían observar en la oscuridad.

Como si guardaran un secreto.

Como si recordaran.

Y en algún lugar, más allá del bosque… algo acababa de comenzar.




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