Trastorno

CAPÍTULO 1: LA VISITA

ÍNDICE

CAPÍTULO 1: LA VISITA

CAPÍTULO 2: ADISSON

CAPÍTULO 3: MASCOTAS

CAPÍTULO 4: TOS INFERNAL

CAPÍTULO 5: DESAYUNO DE
CAMPEONES

CAPÍTULO 6: CÓMODA MALDITA

CAPÍTULO 7: CUMPLEAÑOS

CAPÍTULO 8: PÉRDIDA DE CONTROL

CAPÍTULO 9: CÁRCEL

CAPÍTULO 10: MODELO

CAPÍTULO 11: PAPÁ ME ODIA

CAPÍTULO 12: ENEMISTAD ILÓGICA E INCOMPRENSIBLE

CAPÍTULO 13: ACTOS VIOLENTOS

CAPÍTULO 14: ALTERACIÓN DE LA REALIDAD

CAPÍTULO 15: ENFERMEDAD AATRA

CAPÍTULO 16: CRIMINAL

CAPÍTULO 17: APARATO ENA

CAPÍTULO 18: LA BÚSQUEDA

CAPÍTULO 19: LLAMADA MORTAL

CAPÍTULO 20: El SOBRE SIN REMITENTE

CAPÍTULO 21: GATO NEGRO

CAPÍTULO 22: REALIDADES ALTERNAS

CAPÍTULO 23: RECUERDOS QUE HIEREN EL ALMA

CAPÍTULO 24: VERDAD
(PRIMERA PARTE)

CAPÍTULO 25: VERDAD
(SEGUNDA PARTE)

CAPÍTULO 26: VIDA FELIZ
(PRIMERA PARTE)

CAPÍTULO 27: VIDA FELIZ

(SEGUNDA PARTE)

CAPÍTULO 28: VALIOSO

CAPÍTULO 1: LA VISITA

Cuatro años después, donde nada tiene sentido...

Eran las siete de la mañana y el calor todavía no había comenzado su ataque. Reinaba una calma extraña, casi irreal, como si el mundo se contuviera a propósito, sabiendo que pronto iba a romperse. El cielo, pálido y quieto, parecía esperar el momento exacto para volverse insoportable.

Abrí la puerta con cuidado, procurando no hacer ruido al salir. Siempre suena demasiado al cerrarse. La empujé detrás de mí con un gesto lento, casi resignado, hasta que solo se oyó un clic breve. Bajé los tres escalones del porche y sentí el aire fresco golpearme el rostro, antes de que el día comenzara a arder.

La camioneta me esperaba en su lugar de siempre, frente a la casa, inmóvil, como un animal dormido. Una Ford Ranger Raptor negra, con la carrocería recién pulida, reflejando la luz tenue del cielo. El metal estaba frío al tacto. Abrí la puerta del conductor y me senté. El asiento me recibió con su firmeza conocida. Pulsé el botón de encendido y el motor respondió con un rugido grave, profundo, como si despertara de un sueño pesado.

La carretera se abría frente a mí, recta, pareciendo infinita, extendiéndose sin prisa hasta perderse en el horizonte. A los costados, los campos mostraban señales de desgaste y resistencia: tierra seca, pasto quemado y algunas manchas verdes que todavía se negaban a desaparecer. Conducía a ciento diez kilómetros por hora, pero la sensación era distinta. El paisaje no parecía moverse. El horizonte seguía ahí, distante, mudo.

Voy rumbo a Killeen, donde mi padre espera mi visita. O al menos, eso es lo que quiero creer. En este momento, sin embargo, solo me concentro en el camino. En esa línea que no termina y que parece cargar todas las preguntas que no sé formular.

Hay algo hipnótico en esta ruta. Las sombras de los árboles dispersos y de los postes al borde del camino se proyectan sobre el asfalto y avanzan hacia mí, cruzando el capó una tras otra, marcando un ritmo constante que se repite sin variaciones. El sol, todavía bajo, ya anuncia su violencia con una luz blanca y dura, sin compasión. Es hermoso, sí, pero también cruel.

Aquí, cuando el calor llega, ataca. Cuando cae el mediodía, no se siente como una hora más del día, sino como un castigo. El aire se espesa, se vuelve plomo en los pulmones. El cielo parece descender, opresivo, sin nubes que lo suavicen. Respirar cuesta. Caminar es un acto suicida. No es valentía, es estupidez.
Aquí nadie resiste mucho. Un paso más, una distracción, y el cuerpo se quiebra. El sudor se evapora antes de enfriarse. Los labios se abren como heridas. La vista se nubla. La piel se parte como tierra seca.

Alguien que camine bajo ese sol puede caer de rodillas en medio de la calle. Vencido. Roto. El sol lo envolvería y luego lo consumiría. Tras ello no quedaría ni rastro de una persona, sino solo una silueta borrosa, temblando entre las ondas del aire ardiente. Como si fuera un muñeco de paja al que le hubieran prendido fuego.

Tal vez exagero demasiado. Pero a veces la realidad coquetea con lo absurdo, y uno ya no sabe ni dónde empieza una cosa y termina la otra.
Por ahora, la mañana sigue siendo un regalo. El aire entra limpio en los pulmones. Todo permanece contenido, sereno. Por un instante, el mundo parece en calma. Y yo avanzo. Sin prisa. Sin pausa. Como si el camino marcara el ritmo de mi respiración.

Detuve la camioneta en un libre espacio plano de tierra amarilla, y luego se produjo en mí un silencio repentino. De inmediato pude sentir el frío que me calaba hondo; este era producido por el aire acondicionado de mi vehículo. En medio de mi ánimo sofocado por el llanto, se ciñó a mi alrededor un aura densa, de aliento sepulcral y melancólico, como si la misma atmósfera se hubiera vestido de duelo para acompañar mi desconsuelo.

Estando en aquel lugar, observé la hacienda en donde viven unos amigos. Bueno, resulta que antes sí eran mis amigos. Después de que cometí un error impulsivo e innatural, ellos dejaron de serlo. Las líneas rectas de mi comportamiento se transformaron en curvas y quebradas. Ahora lo único que puedo hacer es mirar la hacienda desde afuera, que queda a tan solo unos cuantos metros de la carretera.

Allí, las vacas dentro del corral hacen muuu y las gallinas vagabundean por el patio inmenso. Cacarean y remecen sus alas, picotean el piso de tierra negra con hierba desaliñada para tratar de hallar a unas cuantas lombrices. A pesar de que reciben maíz en sus estómagos, las gallinas siempre se las arreglan para buscar sus postres en movimiento. Los cuatro perros huskies siberianos ladran y aúllan siempre al verme, similar como hacen los lobos cuando estos tienen hambre. Desde el establo llegan relinchos agitados, cargados de una tensión que no se entiende, como si los caballos presintieran culebras deslizándose entre la paja, rozándoles las pezuñas sin dejarse ver.




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