Trastorno

CAPÍTULO 12: CONFUSIÓN

La ansiedad reprime mi entusiasmo. Todo me resulta demasiado confuso.

Siento que necesito de respuestas inmediatas.

¿Qué significa aquello que dijo mi papá sobre que he visitado un neurólogo?

-¡No conozco a ningún neurólogo, no recuerdo nada de eso!- Siento una desorientación permanente en mi vida. Mientras camino yendo rumbo a mi camioneta, habiendo apresurado mis pasos. El silencio que me tiene invadido es tan agónico como sepulcral. De tanto pensar, puedo escuchar sonidos extraños en mis oídos que puede tratarse de tinnitus.

También he obtenido una migraña tan aguda que me hizo marear como si tuviera el colesterol alto. O peor aún, a lo que más le temo es a que me pueda dar un derrame cerebral. Aquello último sería ya como la cerecita del pastel de mi caótica y despreciada vida. En este preciso momento considero que el haber matado a las mascotas nunca fue una buena opción.

Las malas energías me han doblegado hasta permanecer en un entorno desfavorecedor como execrable.

Las reminiscencias de las desgracias que causé me llegan como flechas, y las imágenes me pasan por la mente como una película repetida. Los filmes mentales también proyectan mis tierras malditas. Cultivé uvas para poder producir vino y pensé que aquello iba a ser revolucionario. Las remembranzas me muestran a Gael cuando invirtió dinero en sus tierras; le estaba yendo muy bien al principio en la vendimia; me dijo que copiara lo mismo. El negocio requería de una buena inversión; por aquello fue que le dije a papá que me dé un préstamo. Gael parecía muy feliz y no era para menos, ya que su negocio era muy próspero; tiene buenos contactos para poder importar vino.

Él me explicó que, si me metía al negocio, primero iba a poder exportar un vino sencillo. No obstante, también dijo que era muy válida la cosecha, ya que el precio que se le podía poner devolvía el capital cuadriplicado. No obstante, existen cosechas en que el vino puede tener un estimulante dulzor afrodisíaco. El costo de aquella cosecha multiplicaría hasta por 7 veces su precio. Gael fue afortunado y ahora goza de una vida maravillosa y es en extremo muy feliz. Cuando copié la misma idea, mis empleados hicieron un modelo de una plantación perfecta. Gael me dio unos planos de siembra para que tome las medidas correctas de espacios entre las plantaciones.

Luego que el cultivo se llenó de una fervorosa fotosíntesis, todo parecía marchar en perfectas condiciones. No obstante, tiempo después llegó a mis sembrados una horda de horrorosos insectos que destruyeron toda mi inversión: chanchitos blancos, trips y moscas de las frutas. Estos se comieron mis sueños consigo. Lo he intentado también con maíz, trigo, cereales y algodón.

Todo tipo de hortalizas, y nada funciona. Nada me produce con normalidad. Mi crisis me ha hecho vender parte de mi ganado, gallinas, gallos, polluelos y demás animales. Muchas de mis fortalezas conocieron mis extremas debilidades. Mi economía se está yendo en picada hacia un agujero negro que ejecuta su desfogue por el universo. Puse en venta el Porsche de papá y ya tengo dos interesados. El precio de venta del vehículo lo tuve que disminuir a menos de la mitad de su costo. Estoy muy desesperado; mis impulsos nerviosos están consumiendo mis aspiraciones. Ya no sé qué pensar de mis desgracias; empiezo a fenecer en vida. Me cuesta creer que esto sea pura mala suerte. O se trata de algo más. Mi desesperación me hizo creer que los murmullos serían la solución a mis problemas. Sin embargo, el despedir a mis mascotas de este mundo no han dado ninguna solución a mi vida. Me arrepiento de haber actuado con extrema violencia. Pobre de el triste final de las mascotas que privé de duración; quisiera retroceder el tiempo para poder replantear mis decisiones. Tras salir de la casa de mi progenitor, no tengo ánimos para manejar. Mi desánimo es tan profundo que apenas podría pasar de los treinta kilómetros por hora.

Pienso que, después de tantas frustraciones y hondas tristezas, podría cometer un accidente. No quiero que nadie salga herido, y aún menos si mis hijos están presentes conmigo.

Eso último es lo que más me aterra. Por ello, para calmar mis emociones negativas, he decidido no conducir todavía. Necesito desviar la atención, intentar acallar los pensamientos que me gobiernan. Decidí entrar con mis hijos al local de Starbucks para comprar un café bien cargado, con la intención de conservar las energías necesarias para el camino. Les dije a mis retoños que, si querían alguna bebida refrescante, la tomaran con confianza. En las vitrinas refrigeradas se exhibía toda clase de productos: gaseosas, Red Bull y muchas otras opciones. La variedad de productos en aquel local parecía infinita. Pedí a la cajera morena mi café con tres donas adicionales. Ella me guiñó un ojo y, aunque aquello me hizo sonreír, respeto profundamente a mi esposa; no quisiera corresponder la atención de esa dulce morena. Por muy bella que fuera, nadie es más hermosa que mi amada Hailey.

Rowen tenía en su mano una bebida que sacó de la vitrina: un refresco de envase y etiqueta de un intenso amarillo brillante llamado Arucol. Dicho producto contenía ingredientes saludables como Stevia y Splenda. Le dije que ese producto era una muy buena opción para su cuerpo.

Mi hija no quiso comer dona, me dijo que le haría mucho daño a su salud, ya que mucha azúcar le iba a ocasionar adicción y cambios de humor constantes. Matthew, en cambio, tenía en su mano una Pepsi en botella plástica y pidió dos donas de chocolate, al igual que yo. Nos sentamos en una de las mesas dentro del local para degustar nuestros refrigerios. El café que pedí estaba bien concentrado, y me pareció riquísimo. Necesitaba acallar mis pensamientos con el dulce de la dona de chocolate y el amargo del café; estaba seguro de que esa combinación iba a estimular mi mente y, al menos por un rato, asesinar mis preocupaciones. En aquel preciso momento vi entrar a Adisson.




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