Trastorno

CAPÍTULO 15: ENFERMEDAD AATRA

Hoy el día permanece sereno y majestuoso.

A medida que el sol asoma en el horizonte, los primeros rayos dorados se filtran entre las copas de los robles y los nogales dispersos, proyectando sombras alargadas sobre los caminos rurales y las cercas de madera que delimitan los ranchos. Las nubes, antes grises y dormidas, se tiñen de tonos rosados y anaranjados, reflejando la calidez del nuevo día.

Una brisa ligera acaricia los vastos terrenos que se extienden más allá de lo que la vista alcanza a ver.

En la distancia, el silbido lejano de un tren atraviesa la quietud matutina, un sonido melancólico mezclado con las dulces melodías de los sinsontes norteños que despiertan en los árboles. Las vacas en los pastizales dejan escapar sus primeros mugidos, y el aleteo de una bandada de gorriones corta el aire con un leve susurro.

Las casas de madera y de concreto despiertan poco a poco, con humo saliendo de algunas chimeneas, anunciando que la vida en McGregor ha comenzado un nuevo día.

Amanecí con renovadas energías y con muchas ganas de querer conquistar el mundo. María ya estaba haciendo bulla en la cocina; suenan las ollas, platos, cucharas, y el cuchillo hace ras, ras. Estaba raspando la madera con el filo en una tabla de picar, lo cual asumo que estaba troceando cebolla, pimiento o algo más que no tenía ni la menor idea. Mi esposa extendió su brazo para acariciar mis pechos; pude sentir esa fina palma deslizarse sobre mis pelos parvos y distantes entre sí.

—¿Qué hora son? —dijo somnolienta, sin abrir sus ojos.

—Son las 7:00 de la mañana —respondí, alzando un poco el brazo para mirar el reloj Omega en mi muñeca izquierda. La esfera verde oscuro brilló suavemente bajo la luz tenue de la mañana, y el brazalete metálico dejó escapar un destello discreto. Lo contemplé apenas un instante; en ese brillo sereno pensé en mi esposa, en la calidez y la generosidad con que siempre ha iluminado mi vida. Luego bajé la mano.

Aún es muy temprano, y ya María anda alborotando la cocina. Me hace pensar en mamá; tenía la misma costumbre de levantarse antes que todos para trajinar entre ollas y cucharas. Cuando yo era una niña, apenas amanecía y ya la escuchaba moverse de un lado a otro, llenando la casa con ese bullicio rutinario de cada día, y lo era aún más cuando prendía la licuadora.

Me levanté descalzo. Mi pijama blanca con corazones negros que mi esposa me compró, hace no sé qué tanto tiempo, tenía una abertura de entre 10 a 15 centímetros en los costados de mi muslo derecho. Traté de taparlo con vergüenza, ya habiendo llegado a la mesa que queda cerca de la cocina. María observó mi desgarre y mencionó:

—No existe nada mejor que un buen hilo y una pincha afilada no puedan coser y solucionar, patrón. Las máquinas se ponen a maquinar solamente; a mano siempre es más confiable. Las manos tienen mejores funciones que las máquinas, si tan solo usté supiera donde hacen mejor su trabajo…

—¿A qué se debe la bulla tan temprano, María? Mi esposa está molesta porque la despertaste con tu alboroto.

Primero a lo primero, buenos días, eminencia de eminencias; no ha oído usté que el que madruga come pechuga. Pos, la pechuga a usté hoy le toca bien jugosa, patrón, ya que fue usté el primero en la fila. Café de olla de la que tanto le gusta y barra de chocolate con leche para los más pequeños de la casa. Ya no va a tener dos huevos solamente, si no que tres. Huevos divorciados, huevos a la Mexicana y huevos motuleños. Además de cinco variantes de las más variadas: molletes, tamales, gorditas, enchiladas y quesadillas. Puede usté elegir la elección.

—¿Y lo que sobra?

Pues, mire usté. Lo que sobra se lo lleva pa’ el camino; pa’ cuando le dé hambre, o se lo puede comer pa' más tarde, ya lo digo yo. El hambre nunca falta. Mi tío Gervasio siempre me lo repetía. De tristeza no te puedes morir nunca en la vida, ya que eso se te quita más pronto de lo que canta el gallo; pero el hambre, esa sí que jamás desaparece. Lo más seguro es que aún hasta en la tumba te pueda dar hambre, lo decía mi tío con toda la seguridad del mundo mundial. Pedía limosnas en la iglesia de las Mercedes. Y siempre tenía pa’ la suyo, no le digo que no, hasta que tiempo después, personas de mal corazón no le dieron ni pa’ el zumo. Su estómago quedó bien secadillo como hojarasca seca. Razón tenía él cuando dijo que el hambre no desaparecía. Y la verdad es que en realidad nunca desapareció; el que desapareció fue él mesmo. Ya no se dejó ver nunca más el desgraciado, dos metros bajo tierra, y hay quién lo ve, nadie creo, ni el hombre invisible así supiera que existe, solo él mesmo si quisiera hacerlo, pero para eso tendría que hallar un espejo bajo tierra y dudo mucho que hay lo encuentre. Yo nunca le vi una gota de confianza a ese tipo de trabajo de extender la mano, pero hay va, cada quién con lo suyo. A muchos les gusta talonear en lo que más les mueve o más les ambiciona.

Mi esposa se lavó el rostro en el lavamanos de la cocina y dijo que no iba a despertar a los chicos.

Calentaría las sobras para cuando se levantaran. De inmediato, le dio órdenes a María para que los obligue a comer si era necesario, pues ella no tenía tiempo para cocinar, y cada vez más nuestros hijos se pusieron más exigentes y querían que mi esposa les preparara las comidas de sus conveniencias. Por ello, mi esposa decidió no seguir consintiéndolos nunca más: nuestra situación económica tampoco no era la más conveniente, y los niños debían comer lo que hubiera para comer.

—Nos íbamos a visitar al neurólogo en poco tiempo.

Blancas como la nieve eran las paredes de un níveo nostálgico. Allí me encontraba sentado en un sillón de cuero gris oscuro.

Encima de un escritorio negro se hallaba una laptop, y aquel hombre frente a mí empezó a teclear con sus dedos. Su cabello rizado parecía estar hecho de resortes, y su piel negra relucía brillante cuando la luz del sol entraba por la ventana. El doctor, de piel morena, quien dijo ser mi neurólogo, vestía un jean azul, camiseta negra y una bata blanca y oblonga puesta encima.




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