Trastorno

CAPÍTULO 18: BÚSQUEDA

Solía dormir boca arriba, dejando que el canto de los pájaros me arrullara hasta perderme en el sueño, como si aquel sonido me ofreciera un respiro de calma. Al amanecer, admiré por la ventana de mi habitación cómo una franja pálida comenzaba a cortar el horizonte. Entonces lo sentí: algo se quebró en el aire. La quietud se volvió pesada, casi irreal, y una punzada de angustia me recorrió el cuerpo, subiendo desde el pecho hasta apretarme la garganta.

Al mirar hacia el lado derecho, donde debía estar mi esposa, solo hallé las sábanas frías, arrugadas, vacías de su calor. Aquella ausencia tenía un peso que me aplastó el pecho. Me quedé unos segundos inmóvil, con la respiración contenida, esperando escuchar su voz, un movimiento, cualquier cosa. Pero el silencio fue absoluto.

Entonces me incorporé de golpe. Sentí cómo el corazón me golpeaba el pecho con una fuerza salvaje, como si quisiera escapar antes que mi mente comprendiera lo que estaba ocurriendo.

—¿Hailey? —llamé en voz alta mientras recorría el baño y la sala, pero no obtuve respuesta. Solo el silencio me contestó, denso, inquietante.

Un manto de terror y melancolía me envolvió.

Me puse de pie y avancé por la casa con el miedo creciendo dentro de mí, hasta el punto de temerle incluso a mi propia sombra. Pasé por el cuarto de los niños, esperando encontrarlos dormidos… pero sus camas estaban intactas.

Las cobijas permanecían dobladas con la misma precisión de la noche anterior.

Fui entonces a la habitación de mi hermano, Averett. Sus sábanas, al igual que las de mis hijos, estaban impecables, sin una sola arruga. Todo lucía demasiado perfecto… como si hubieran tenido tiempo de tender la cama antes de desaparecer.

La tele estaba prendida; mi hermano había utilizado sin permiso un artefacto mío de colección. Se trataba de un reproductor de DVD donde había puesto uno de los discos para reproducir una película, que era una de sus favoritas: Pearl Harbor. No recuerdo nada de esa película; he perdido la mayor parte de los recuerdos existentes en mi vida.

No parecía que habían entrado a secuestrar a mi familia sin que yo haya sentido la devastación. Todo me resultaba tan extraño y carecía de lógica alguna.

Corrí hacia la puerta principal y estaba cerrada. La camioneta seguía en su sitio, estacionada afuera de mi residencia. Todo estaba en orden, todo menos la ausencia de mi familia.

Marqué al número de emergencias para denunciar la desaparición. La línea tardó unos segundos en conectar, hasta que escuché la voz firme de una mujer al otro lado de la línea.

—Señor Joseph —dijo la operadora con un tono seco—, ya le hemos respondido sobre su familia. Y déjeme decirle algo: no quiero que vuelva a llamar para preguntar lo mismo. Ya hemos tenido varias conversaciones sobre ese tema.

Me quedé en silencio, confundido. No entendía a qué se refería. No recordaba haber hecho llamadas anteriores ni haber hablado con nadie del 911. Su voz, cargada de molestia, me resultó desagradable, como si mi angustia le fuese indiferente. En vez de preguntarme por la información de mis desaparecidos, la operaria actuó de forma antinatural y me pareció poco profesional.

Mi desesperación alcanzó un límite insoportable. Fui al cuarto de María y la encontré dormida. Le toqué el hombro y, con la voz quebrada y temblorosa, casi gritando, le pregunté:

—¡Dime! ¿A dónde está mi familia?
María abrió los ojos con lentitud, como si mi desesperación no la perturbara en absoluto. Se incorporó con calma y, con voz serena, me respondió:

—No están en casa desde ayer.
Su tono, tan tranquilo frente a mi urgencia, me hizo estremecer. Me explicó que yo había hablado con la operadora del 911 dentro de la casa el día anterior. Todo se me mezclaba en la mente; la operadora me había dicho hace un rato que ya habíamos tenido varias conversaciones, y cada palabra giraba en mi cabeza como un remolino que no podía controlar. La sensación de impotencia me oprimía el pecho, y sentí que el aire me faltaba.

Desesperado, acudí a la única persona en quien confiaba: mi padre. Un hombre de pocas palabras y demasiados secretos. Lo encontré en su estudio y, entre sollozos que me hacían temblar como un bebé recién nacido, le conté todo: cada instante, cada miedo, cada segundo en que no sabía nada de ellos.

Me miró con esos ojos cansados, los de alguien que ha visto demasiado en la vida. Posó su mano sobre mi hombro y, con voz grave y firme, me dijo:

—Déjamelo a mí. Yo me encargaré de buscarlos. No te angusties, no tienen por qué haber ido lejos.

Acarició su mentón un instante, como ponderando cada palabra, y añadió:

—Imagino a dónde podrían haber ido.
Lo miré, aferrándome a un hilo de esperanza, y le pregunté con un hilo de voz tembloroso y urgente:

—¿A dónde?

—No te lo voy a decir —respondió, con un tono que no admitía discusión—. Pero estoy casi seguro de que pueden estar donde imagino.

Mi padre salió de la casa en su Ferrari y me pidió que no lo persiguiera. Me aseguró que, en cuanto supiera algo, me llamaría.

Regresé a la casa con el corazón oprimido. Me senté en el sillón mecedora bajo el porche, sintiendo cómo su lento vaivén apenas calmaba mi ansiedad. Cada minuto se estiraba, interminable, y el silencio me golpeaba con un peso insoportable.

Pasaron tres horas. Marqué su teléfono con insistencia, esperando que la línea sonara y me diera algún indicio de lo que ocurría, pero no hubo respuesta. Le envié un mensaje de texto, con la esperanza de que al menos confirmara que todo estaba bajo control, pero tampoco obtuve respuesta. La incertidumbre se volvió un nudo en mi garganta y un fuego que consumía cada pensamiento.

Mi respiración era rápida y superficial. Cada segundo sin noticias me hacía sentir que mi mundo se desmoronaba, que cada paso de mi familia fuera un misterio que se alejaba cada vez más de mí. La impotencia me aplastaba; no podía moverme, no podía pensar con claridad, solo podía esperar, atrapado en un vacío de miedo y desesperación que parecía no tener fin.




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