Trastorno

CAPÍTULO 21: GATO NEGRO

Estacioné la camioneta frente al Starbucks.

El aparcamiento estaba vacío, y en ese vacío había algo extraño, una quietud irregular, casi lúgubre, que no terminaba de sentirse natural. Me quedé dentro unos segundos, sin prisa, con las manos apoyadas sobre el volante, dejando que ese silencio se asentara mientras intentaba hacer algo tan simple como ordenar la respiración.

Pero no era tan simple.

El aire entraba a medias, como si algo en el pecho se resistiera, y al soltarlo quedaba una sensación incómoda, insuficiente, que me obligaba a intentarlo nuevamente, con más cuidado, más despacio, como si respirar hubiera dejado de ser automático sin que me diera cuenta.

Inhalé con normalidad, o eso intenté.

El aire entró, pero al querer profundizar un poco más, apareció un pinchazo breve entre las costillas. No fue intenso, pero sí lo bastante claro como para obligarme a detener la inhalación antes de completarla. Solté el aire despacio y esperé a que la sensación se deshiciera por sí sola.

Volví a intentarlo.

Esta vez fui más despacio, midiendo cada bocanada. Intentar llenar los pulmones era un error: en cuanto lo hacía, la punzada irrumpía en el mismo punto, cortándome el aire a la mitad, obligándome a detenerme por dentro. Por eso me aferraba a una respiración superficial, mínima, casi temerosa... el único lugar donde el dolor no terminaba de estallar.

Me incliné hacia adelante, apoyando los brazos sobre las piernas. El cuerpo pedía aire, pero no podía dárselo. Respiré corto, contenido, durante varios segundos que se alargaron más de lo normal. Así dolía menos... aunque nunca lo suficiente.

Abrí la puerta y bajé de la camioneta.
El golpe al cerrarla sonó seco.

Empecé a caminar despacio, midiendo cada paso como si también pesara. Cuidaba el ritmo, cuidaba el aire, moviéndome en ese límite frágil. Dejé salir el aire lentamente, con una cautela casi desesperada, como si cualquier exceso pudiera hacer regresar la punzada con más fuerza... hasta que, de pronto, sin aviso, como una tregua inmerecida, la molestia desapareció.

Continué con mi destino, dejando que mis pasos se movieran solos.

En algún punto dejé de prestar atención. Mis pensamientos se cerraron sobre sí mismos y, en ese breve trayecto, mi familia empezó a ocuparlo todo. Sus rostros aparecieron sin aviso, distorsionados por esas imágenes que no me sueltan, repitiéndose con una insistencia casi insoportable.

Lo demás -el camino, el ritmo, incluso mi propia presencia- se fue desdibujando poco a poco, como si avanzar ya no dependiera de mí, sino de algo que simplemente seguía en marcha mientras yo me hundía en aquello.

Y luego... nada. Un corte breve, casi imperceptible.

Cuando abandoné mis cavilaciones, ya estaba ahí. Frente a la casa de mi padre.

El frontispicio, gris antracita, tenía un tono apagado, poco acogedor, como si la luz no terminara de asentarse sobre la superficie.

Me detuve frente a la puerta. Extendí la mano y presioné el timbre.
El sonido fue breve.

Nadie respondió.

Volví a presionar, esta vez con más firmeza.

La puerta se abrió lentamente, crujiendo como si le pesara la historia que ocultaba. Pero quien apareció no fue mi padre.

Un joven de mirada dura y ojos cafés se plantó en el umbral. Detrás de él, unos rostros desconocidos me observaban con una mezcla densa de recelo y hartazgo: una anciana de cabello tan blanco como la cal, un anciano de pelo grisáceo y una adolescente de semblante serio, piel nívea y melena castaña clara.

Ninguno pestañeaba. Sus miradas eran cuchillas clavadas en mis ojos.

-¿Quién demonios es usted? -le pregunté al joven, con la voz más rota que firme.

El tipo frunció el ceño, endureciendo aún más su rostro.

-Te dije que no volvieras por aquí -escupió con desprecio, dejando caer la saliva frente a mis pies.

Me quedé helado. El aire a mi alrededor se volvió espeso, irreal. No entendía nada. No existía en mi memoria un solo fragmento que explicara quiénes eran ni por qué estaban allí.

-¿Dónde está mi padre? -logré murmurar, sintiendo cómo el mundo se me desmoronaba bajo los pies.

El joven no respondió de inmediato.

Solo me sostuvo la mirada. Luego, como si decirlo no le costara nada, soltó:

-¿Otra vez vienes a preguntar la misma sarta de estupideces?

La frase me atravesó. Sentí el estómago contraerse, como si algo dentro de mí se quebrara.

-¿De qué hablas? Esta es la casa de mi padre -dije, aunque sonó más como un ruego que como una afirmación.

El joven entrecerró los ojos; su voz se volvió espesa:

-Tu padre se ahorcó. Y ahora nosotros somos los dueños -dijo sin el más mínimo tacto-. Esta casa nos la dejó como herencia, a mí y a mi familia.

El silencio fue absoluto. Un vacío insondable se abrió en mi pecho. Me faltó el aire. No pude ni pestañear.

-¡No...! -exclamé con un hilo de voz-. No lo puedo creer... eso no es posible... estás mintiendo.

-Pues créelo -replicó él, tan frío como una tumba-. Y ahora lárgate. No quiero volver a verte nunca más.

La puerta se cerró de golpe, dejándome solo en la acera, con la mente girando en espiral. Mi padre... muerto. Su casa... entregada a desconocidos. Mi mundo... quebrado.

Quedé plantado allí, como una hiedra venenosa. Inmóvil, con el eco de aquellas palabras clavándose en el pecho como cuchillas: Tu padre se ahorcó... Esta casa nos la dejó como herencia... No quiero volver a verte nunca más.

Esas frases se repitieron en mi mente, golpeando como tambores.

El viento sopló con fuerza, levantando polvo que giró en remolinos breves y se desvaneció enseguida, como si el mundo quisiera borrar toda evidencia de mi presencia. Mi cuerpo se sentía pesado, como si lo hubieran enterrado vivo. No podía moverme.

Se me cortó el aliento.
Entonces, la ira me sacudió.

Golpeé la puerta con ambas manos, con furia, como queriendo derribarla.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.