Trastorno

CAPÍTULO 22: REALIDADES ALTERNAS

Fuertes mareos y palpitaciones sacuden mi cabeza, como si mi cráneo fuera a estallar en cualquier momento. Hoy he recibido una inquietante y brutal dosis de anormalidad: ¿qué me está pasando?, al ver al gato, hace apenas un instante, precipitarse en un remolino de sombras gatunas y desvanecerse frente a mí sin dejar rastro alguno. Todo esto me hace pensar que ya no encuentro sentido alguno en lo que veo.

La fantasía se apoderó de mi visión, invadió mis sentidos y tomó el control de mis capacidades cognitivas.

Todo lo que me rodea me resulta ajeno. Hay un desaire constante en cada cosa que alcanzan a ver mis ojos. Las personas me rehúyen, me miran con desprecio, sin razón aparente. El mundo ha perdido su lógica para mí.

Cuando estaba a punto de marcharme, metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta negra y sentí un vacío inquietante. En ese espacio profundo solían estar las fotos de mis familiares asesinados. Ya no estaban. Y aunque debería alegrarme de no tener que ver otra vez esas imágenes atroces -capaces de desgarrarme el alma y cortarme por dentro como una navaja-, lo único que sentí fue una pérdida aún mayor.

Las necesitaba. No por nostalgia, sino por fuerza. Por el valor que me otorgaban para tomar una decisión que ya había resuelto dentro de mi mente: terminar con esta vida repulsiva y nauseabunda.

Así que regresé por el mismo camino que conducía a la casa de mi padre, donde habitaban esos extraños que aún no conocía. Con la linterna del teléfono, inspeccioné la calzada con minuciosidad, observando cada vereda, cada rincón, esperando encontrar las fotos regadas por el viento. Caminé despacio y, en medio del silencio, escuché pasos detrás de mí.

Al girar, vi un maldito gato negro. El animal me erizó la piel. Tomé una piedra de la vereda, dispuesto a lanzársela, pero el gato pareció leer mis intenciones. Huyó de inmediato, corriendo con agilidad en dirección a la casa de mi padre -justo a donde me dirigía yo también.

Lo ignoré, este no desapareció como el de mi reciente fantasía. Este debía ser un simple animal como cualquier otro, aunque mi mente -confusa, cansada, trastornada- insistía en inventar horrores donde no los había. Sin embargo, algo en ese felino me inquietaba. Su pelaje brillaba demasiado, como si lo bañaran con frecuencia, y su cuerpo mostraba la calma de un gato bien alimentado. No parecía un vagabundo. Quizá, en este mismo instante, haya alguien que esté llorando su desaparición.

Por un momento, mi mente me jugó otra mala pasada. Pensé que podía tratarse de un gato usado en brujería. Después recordé las supersticiones populares: que los gatos negros traen mala suerte, que si cruzan bajo tus pies auguran tragedias... puras invenciones de gente que necesita creer en tonterías para explicarse la desgracia.

Seguí buscando con la linterna del teléfono. Finalmente, como había sospechado, vi que las fotos estaban esparcidas por el viento. Me apresuré a recogerlas. Al hacerlo, noté que eran Polaroids instantáneas. Sentí una punzada extraña en el pecho.

Entonces levanté la mirada y quedé desconcertado. La casa de mi padre -que antes tenía un tono gris antracita- ahora estaba pintada de color taupe. Conocía bien ambos tonos: los había usado en mi propia casa. Pero no entendía cómo era posible. Había dormido solo dos horas en la camioneta, no lo suficiente para que nadie pintara una casa entera.

¿Será que lo del gris antracita lo imaginé?

Me quedé allí, frente a la vivienda, intentando comprender. Fue entonces cuando una mujer abrió la puerta. Su sola presencia detonó un recuerdo en mi mente: la había visto antes, junto a mis hijos, Matthew y Rowen. Esa misma mujer me había dicho alguna vez que mi padre tomó veneno. Pero eso no podía ser real... hacía apenas unos momentos, aquel extraño hombre me había asegurado que se había ahorcado.

Mi mente se quebró.

-Joseph... -dijo ella, con una voz cansada, como si me conociera demasiado-. Tú otra vez. Y sigues sin entender.

Quedé inmóvil. Entonces, como un salto abrupto en el tiempo, llegó el amanecer. No podía ser. Cuando me quedé dormido en la camioneta eran las diez de la noche. ¿Cómo era posible que, tras caminar poco más de dos cuadras, el cielo ya estuviera clareando?

Era como si hubieran pasado ocho horas en un instante. Como si el mundo, en silencio, me hubiera cambiado los colores y las memorias.
De pronto, las fotos desaparecieron. No estaban en mis manos ni en el suelo.

-Disculpa -le dije a la mujer-, no quiero molestarte. Tenía unas fotos conmigo y ya no están; deben de haberse caído por ahí. Las recogeré y me iré de inmediato.

-¿Unas fotos? -replicó ella, arqueando una ceja-. No he visto ninguna por aquí.

Su voz me devolvió otro recuerdo: esta mujer se llamaba Juliette.

-¿Eres Juliette, cierto? -pregunté.

-Sí, soy yo.

-Vivías antes, al salir a la principal, en una casa color naranja. Tu madre se llamaba Emery.

Ella me miró sorprendida.

-¡Lo recordaste! -dijo, casi con alivio-. Nunca volviste para hablar de ese tema.

-Tengo un problema en la cabeza... olvido las cosas fácilmente. Si alguna vez te ofendí, te pido disculpas.

-¿Pero qué haces aquí? -me preguntó, confusa-. No entiendo nada.

-Recuerdo que me dijiste que tenías esposo y vivías allá, en la casa naranja... ahora está pintada de celeste, cerca de la principal. ¿Qué está pasando, Juliette?

Ella suspiró.

-Ya te lo he dicho antes, Joseph. Y hoy... hoy te veo más cuerdo que otras veces. Conozco tu problema mental. Pero esta vez pareces entender. No estás agresivo. Si quieres, pasa. Podemos conversar.

Tal vez así tu mente despierte otros recuerdos... y logren quedarse contigo.

-¿Quieres pasar y te explico? -insistió.

-Está bien -le respondí con voz baja-. Voy a entrar.

Al mirar el interior de la casa, noté que tenía un tono dorado que se reflejaba suavemente en las paredes. Juliette me pidió que me sentara en un cómodo mueble color burdeos y luego caminó hacia la cocina.




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