Trastorno

CAPÍTULO 23: RECUERDOS QUE HIEREN EL ALMA

Llegó la hora. Llegó el día de mi tan anhelada partida. Hay verdades que solo se revelan al borde del abismo, cuando la vida, como una vieja máscara agrietada, deja entrever su auténtica fragilidad. Comprendo ahora que nunca se nos concede la plenitud; apenas somos custodios de instantes luminosos que se evaporan antes de que podamos comprenderlos. Yo fallé en honrarlos, y hoy esos fragmentos perdidos se me clavan como espinas de hielo en la memoria.

Mi naturaleza -tan oscura como un pensamiento no confesado- ha sido mi compañera más fiel y mi condena más íntima. Me marcho como un errante del espíritu, semejante a esos cuerpos anónimos que se apagan en una calle desierta, no por la falta de abrigo, sino por el desgaste de existir sin un propósito que los sostenga. Yo poseo un techo, sí, pero desde que mi familia desapareció de mi mundo, el frío dejó de ser climático y se volvió un habitante permanente en mi interior. Y aunque el hambre no rasgue mis vísceras, hay en mi epigastrio un pozo silencioso, un vacío heredado de todos los vacíos que he acumulado, uno que la vida jamás supo o quiso llenar.

Tuve riqueza, y, sin embargo, nunca fui menos que un mendigo. El dinero solo maquilló la miseria que llevaba dentro; fue un brillo fugaz sobre la herrumbre de mi alma. Ahora, aunque mi cuerpo persista, es mi espíritu el que grita con la furia callada de quien ha esperado demasiado. Anhela liberarse, deslizarse fuera de esta forma humana que lo oprime y perderse en la inmensidad del fuego o de la nada, allí donde los límites se diluyen y solo queda la esencia desnuda del ser.

Porque hay almas que no pertenecen a la luz. Hay almas -como la mía- que fueron forjadas en la penumbra, que buscan no la salvación, sino la verdad que se oculta en el corazón mismo de las sombras. Y es hacia allí donde me dirijo: hacia un último vuelo silencioso, sin testigos y sin retorno, donde por fin podré escuchar el eco auténtico de mi propia existencia.

Compré un Old Forester y desenrosqué la pequeña tapa con una lentitud imposible de replicar.
El día de ayer tuve que liquidar a María. Le di veinte mil dólares que saqué de la caja fuerte para que regresara a México, el cual es su país de origen.

Ni siquiera puedo recordar en qué ciudad o en qué pueblo la conocí y contraté, pero ese detalle, por ahora, me resulta tan insignificante como cortarme las uñas. Existen otros recuerdos que me parecen más importantes: los momentos más bellos que pasé junto a mi familia. Es lo único que, por ahora, tiene un verdadero valor para mí. Dichos recuerdos me darán la paz que necesito para poder fenecer de forma muy pacífica. A partir de ahora estaría solo con mi decisión, una que debía cumplirse a rajatabla.

No tengo más que alegar en mi sentencia de muerte. Ya no tengo amigos, no tengo familia, no tengo mascotas, no tengo alegría. Solo lo único que he preservado es la locura que llevo en mi cabeza, el cual tiene tanta potencia que me hace alucinar, como si consumiera una droga de alta pureza. Ya ni siquiera sé en qué creer. No obstante, y hablando con plena franqueza, ya no me importa. Los sucesos que hasta hace poco trastornaban mi vida han dejado de arrastrarme hacia las puertas del manicomio; ahora me conducen, inexorablemente, hasta el mismo dintel del Inframundo.

Sin embargo, para estar en un manicomio, prefiero la defunción. No hay nada más bello, nada más digno que morir en tu propio hogar. Ya no veo color en las paredes o quizá mi cerebro ya no los percibe, pues he perdido la voluntad de todas mis admiraciones.

Nada podría impresionarme en este preciso momento. Aún si llegara a ver pasar un unicornio a través de mi ventana o a un dragón, aun así, mi determinación por cortar el oxígeno en mi cuerpo no se vería interrumpida.

Por aquello, agarré con mi mano el vaso de la muerte. Quién diría que la muerte puede lucir tan marrón transparente; mi mano sostiene el líquido que envenenará mi cuerpo con alcohol. Aquello luego me hará perder la voluntad de vivir.

Aquel líquido marrón estaba a la mitad de mi vaso. De inmediato, empecé a extraer los recuerdos de mi amada Hailey, de cuando la conocí en el hotel Madison.

Mientras las reminiscencias llegaban, el fluido se deslizaba con celeridad por mi garganta. En nuestra primera cita nos dirigimos a un comedor de prestigio francés denominado Le Roi de la Bonne Saveur. Conversamos de todo un poco: sobre sus padres, que vivían en Rockport y luego se mudaron a McGregor, donde una crisis los mantuvo en vilo por mucho tiempo.

Después de terminar la carrera de chef, Hailey al fin tuvo la oportunidad de trabajar en el hotel Madison. Primero la pusieron a picar vegetales, pero trabajó con tanto ahínco que logró salir adelante y ascender. Daba todo de sí, con el anhelo de convertirse en una gran profesional.

Se quedaba hasta tarde para practicar los platillos más pedidos y los cocineros valoraban su fiel entusiasmo. Con el pasar de los días y meses, su sazón se volvió inigualable; y, con los años, su vida floreció en lo económico.

Sus padres se beneficiaron de sus ingresos. Su papá, Theodore -que tenía conocimientos de pastelería-, abrió una pastelería cerca del Parque Amsler. Hailey cumplió su promesa: sacar a sus padres adelante y devolverles la esperanza y la felicidad.

Sin embargo, otro recuerdo se apoderó de mí: aquel en que mi esposa me contó que, cuando trabajaba en el hotel y ya ocupaba un cargo superior, su corazón le dictaminaba conocer a un ser al que pudiera amar.

Pero el destino le impuso en su camino a personas desagradables, hombres que solo pensaban en la perversidad de sus deseos antes que mirar con ojos de amor y admiración a aquella bella mujer.

Por eso, cuando le pedí su número de teléfono de manera imprudente, ella quedó conmocionada y sintió tanta vergüenza que se apartó para apoyarse en la pared que quedaba cerca de la cocina. En aquel instante, su corazón empezó a latir con una fuerza extraña.




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