Trastorno

CAPÍTULO 24: REVELACIONES (PRIMERA PARTE)

Para activar el modo manual, en el aparato Ena, primero debía activarse un relé eléctrico; era como una compuerta interna que daba paso al circuito de alto voltaje. Una vez activado ese relé, se podía hacer girar el círculo que controlaba la energía manual, a diferencia de la energía automática, que atravesaba el cuerpo de forma segura y regulada.

La energía manual era mucho más intensa. Su rango iba desde quince hasta quinientos miliamperios y solo podía ser utilizada con prescripción médica, con un doctor presente para calibrar los miliamperios, los intervalos y el tiempo en el cronómetro adherido al aparato. Por el casco recibía una angiografía cerebral. Su tecnología era moderna: el diagnóstico se mostraba en la parte externa del casco, donde había una pequeña pantalla táctil. No conocía de diagnósticos, pero sí tenía conocimiento sobre la muerte.

La intención real era morir, no conocer cómo funcionaban los objetos.

La advertencia de los miliamperios de electricidad con manipulación manual, en una pegatina adherida al aparato, decía: “Peligro”.

Puse de tiempo diez segundos con cincuenta miliamperios de carga. Me coloqué el casco dorado y los guantes negros; al traspasar la corriente en mi cuerpo, me dejó temblando. Sentí como si se me partieran varios ligamentos y fue doloroso. Sin embargo, tenía que seguir subiendo el número con más segundos de tiempo. En consecuencia, tomé un descanso que me hizo dar sed.

Estaba pronto a cumplir los treinta y tres años. Si hubiese estado mi familia conmigo, sería el hombre más feliz de la Tierra. No obstante, el destino me preparó un nuevo camino. A continuación, coloqué sesenta miliamperios por quince segundos. El dolor me estremeció fuertemente; creí que mi corazón no podría soportarlo, pero lo hizo.

Mis manos comenzaban a moverse de forma involuntaria, con temblores similares a los del Parkinson. El patrón de estos movimientos era inusual: no se debía aplicar electricidad continua por tanto tiempo.

Al llegar a colocar cien miliamperios en mi cuerpo, estaba consciente de que, si sobrevivía a esa corriente, a la de doscientos miliamperios de seguro no sobreviviría… o quién sabe.

Mi mente me decía que de una vez acabara con mi sufrimiento y pusiera los quinientos miliamperios de una buena vez para que todo terminara.
No obstante, sabía que mi muerte tenía que ser sufrida. Merezco sufrir por haber dañado a animalitos inocentes, y por eso el karma me devolvió la muerte con mis familiares. Le iría subiendo a la electricidad hasta que mi corazón no resistiera y se paralizara de una buena vez.

Puse treinta segundos con cien miliamperios. El contacto con la corriente fue casi imperceptible al principio. Un leve temblor recorrió mis dedos; luego, el brazo entero. Después sentí un escalofrío helado que trepaba hasta mis huesos. Pero, en un parpadeo, el hormigueo se convirtió en una descarga ardiente.

Mi cuerpo se arqueó, los músculos se tensaron hasta casi reventar y un sonido gutural brotó de mi garganta. Quizá el médico me hubiera recetado cincuenta miliamperios con diez segundos continuos e intervalos de descanso en cada sesión, no lo sé. No obstante, le subí demasiado al tiempo. Pero lo hice con la finalidad de agotar mi oxígeno de forma sufrida.

Pude sentir fuertemente el remezón y, luego de que se desconectó la carga eléctrica, sentí que estaba convulsionando. Ni siquiera podía moverme. Perdí la movilidad de mis manos. Quedé tan desorientado que perdí la capacidad de mi visión. Me quedé paralizado en el asiento y, de pronto, cuando la vista recobró la naturalidad, vi una anormalidad que me espantó.

Al mirarme en el espejo de la pared de mi habitación, el reflejo no era el mío. Era el de un anciano devastado por el tiempo que se le había escapado en un instante.

Mi piel, antes caucásica pero firme, se arrugó de golpe, como si los años hubieran caído sobre mí en un alud invisible. Mi cabello se volvió gris en segundos; mechones enteros se quebraban y caían al suelo. Mis ojos, aún abiertos de par en par por el dolor, perdieron su brillo, hundiéndose en cuencas más profundas de lo que debían ser. Mis labios se secaron, la piel de mis manos se aflojó y mis uñas adquirieron un tono amarillento.

Caí de rodillas al piso, respirando entrecortado, sintiendo el peso de décadas que no había vivido. Levanté una mano temblorosa y apenas la reconocí: venas prominentes, piel frágil, nudillos huesudos. Me llevé los dedos al rostro y experimenté la aspereza de las arrugas, la flacidez de mi piel.

Quedé devastado, sin entender si lo que veían mis ojos era real. Al recorrer mi sala mediante pasos angustiantes y temblorosos, otra vez mis ojos se escandalizaron al recibir un impacto visual que antes causó conmoción en mis sueños.

Ante mis ojos incrédulos, su silueta era mediana y esbelta, cubierta por una túnica gris que se deslizaba como un río de ceniza en la penumbra. La tela, de apariencia áspera como el algodón sin refinar, caía en pliegues pesados y su capucha ocultaba cualquier rastro de un rostro humano. Pero donde debería haber una cara, solo había un torbellino de sombras en perpetuo movimiento, una espiral oscura que recordaba al ojo de un huracán girando.

Sus manos, esqueléticas y de un blanco impoluto, contrastaban con la negrura que lo envolvía. Dedos largos y afilados emergían de las mangas de la túnica, como si fueran los restos de un cadáver conservado en el tiempo. En su mano derecha sostenía una lanza de metal plateado, cuya punta, en forma de ancla, parecía capaz de perforar no solo la carne, sino también el alma misma.

Sus pies, apenas visibles bajo la túnica, calzaban zapatillas de cuero negro envejecido, sin costuras aparentes, diseñadas para moverse en absoluto silencio. La suela parecía ser de un material tan ligero como si flotara con cada paso. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. No era miedo lo que me paralizaba; estaba consciente de que aquel ser no pertenecía a este mundo. Y allí estaba, frente a mí, como si siempre hubiera estado esperando el momento adecuado para revelarse.




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