Para activar el modo manual, en el aparato Ena, primero debía activarse un relé eléctrico; era como una compuerta interna que daba paso al circuito de alto voltaje. Una vez activado ese relé, se podía hacer girar el círculo que controlaba la energía manual, a diferencia de la energía automática, que atravesaba el cuerpo de forma segura y regulada.
La energía manual era mucho más intensa. Su rango iba desde quince hasta quinientos miliamperios y solo podía ser utilizada con prescripción médica, con un doctor presente para calibrar los miliamperios, los intervalos y el tiempo en el cronómetro adherido al aparato. Por el casco recibía una angiografía cerebral. Su tecnología era moderna: el diagnóstico se mostraba en la parte externa del casco, donde había una pequeña pantalla táctil. No conocía de diagnósticos, pero sí tenía conocimiento sobre la muerte.
La intención real era morir, no conocer cómo funcionaban los objetos.
La advertencia de los miliamperios de electricidad con manipulación manual, en una pegatina adherida al aparato, decía: "Peligro".
Puse de tiempo diez segundos con cincuenta miliamperios de carga. Me coloqué el casco dorado y los guantes negros; al traspasar la corriente en mi cuerpo, me dejó temblando. Sentí como si se me partieran varios ligamentos y fue doloroso. Sin embargo, tenía que seguir subiendo el número con más segundos de tiempo. En consecuencia, tomé un descanso que me hizo dar sed.
Estaba pronto a cumplir los treinta y tres años. Si hubiese estado mi familia conmigo, sería el hombre más feliz de la Tierra. No obstante, el destino me preparó un nuevo camino. A continuación, coloqué sesenta miliamperios por quince segundos. El dolor me estremeció fuertemente; creí que mi corazón no podría soportarlo, pero lo hizo.
Mis manos comenzaban a moverse de forma involuntaria, con temblores similares a los del Parkinson. El patrón de estos movimientos era inusual: no se debía aplicar electricidad continua por tanto tiempo.
Al llegar a colocar cien miliamperios en mi cuerpo, estaba consciente de que, si sobrevivía a esa corriente, a la de doscientos miliamperios de seguro no sobreviviría... o quién sabe.
Mi mente me decía que de una vez acabara con mi sufrimiento y pusiera los quinientos miliamperios de una buena vez para que todo terminara.
No obstante, sabía que mi muerte tenía que ser sufrida. Merezco sufrir por haber dañado a animalitos inocentes, y por eso el karma me devolvió la muerte con mis familiares. Le iría subiendo a la electricidad hasta que mi corazón no resistiera y se paralizara de una buena vez.
Puse treinta segundos con cien miliamperios.
El contacto con la corriente fue casi imperceptible al principio. Sentí un temblor recorrer mis dedos y avanzar por el brazo con lentitud. Después llegó el frío. Se extendió por mi cuerpo hasta instalarse en los huesos, dejándome rígido sobre la silla. Pero aquello duró apenas unos segundos. El hormigueo se transformó en una descarga brutal que me atravesó de lado a lado.
Mi espalda se arqueó de golpe.
Los músculos se contrajeron con tanta fuerza que sentí que iban a romperse. Un gemido áspero escapó de mi garganta mientras la mandíbula me temblaba por la presión de los dientes. Quizá un médico habría recomendado cincuenta miliamperios durante diez segundos, con intervalos entre cada descarga. Pero yo había aumentado demasiado el tiempo porque quería llevar el cuerpo al límite, sentir cómo el aire se consumía dentro de mí.
El remezón me sacudió por completo.
Cuando la corriente se detuvo, los espasmos continuaron. Mi cuerpo seguía temblando sobre la silla y las manos dejaron de responderme. Intenté mover los dedos, pero permanecieron inmóviles. La respiración se volvió irregular.
Después la vista desapareció.
Todo quedó negro.
No sé cuánto tiempo pasó antes de que la visión regresara. Al principio solo distinguí manchas confusas. Las formas aparecieron poco a poco, como si la habitación emergiera desde una profundidad oscura. Entonces mis ojos encontraron el espejo colgado en la pared.
Y el corazón se me hundió.
El reflejo no era el mío.
Un anciano me observaba desde el otro lado del cristal.
Me quedé inmóvil, incapaz de apartar la mirada.
La piel de mi rostro había perdido firmeza y caía en arrugas marcadas alrededor de la boca y los ojos. Mi cabello, antes oscuro, ahora tenía un tono gris apagado que me daba una apariencia consumida por el tiempo. Algunos mechones descansaban sobre mi frente y otros se habían adherido a los lados de mi rostro por el sudor. Mis ojos parecían más hundidos, rodeados por sombras que endurecían mi expresión hasta volverla irreconocible. Mis labios estaban secos; habían perdido el color natural de siempre.
Sentí un vacío abrirse dentro de mí.
Alcé una mano frente a mi rostro y el aire pareció escaparse de mis pulmones al reconocerla. Las venas sobresalían bajo la piel delgada, los nudillos se habían deformado y las uñas tenían un tono amarillento que jamás había visto en mí.
Toqué mi rostro con desesperación. Mis dedos recorrieron las arrugas lentamente, perdiéndose entre los pliegues de la piel igual que alguien intentando encontrar una salida en uno de esos laberintos impresos en el periódico. Cada roce hacía más difícil negar lo que veía. La flacidez de la piel y los huesos más notorios bajo la carne terminaban de destruir cualquier intento de convencerme de que aquello no era real.
Caí de rodillas.
Quise convencerme de que seguía aturdido por la descarga, de que aquello era una ilusión provocada por el dolor. Pero el anciano del espejo continuaba allí, observándome con la misma expresión vacía.
Me puse de pie con dificultad y avancé por la sala arrastrando los pies. Las rodillas apenas podían sostenerme. Cada paso hacía crujir mis articulaciones.
Entonces lo vi.
Aquella horrenda criatura que antes había estremecido mis sueños permanecía de pie en mitad de la sala, completamente inmóvil, observándome de frente.
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Editado: 31.05.2026