Trato Wayland: Sin derecho a control

Prólogo

Para alcanzar el éxito en los negocios y encontrar una esquiva forma de felicidad, Agostina Evans siempre había seguido cuatro reglas fundamentales: primero, forjar un carácter inquebrantable; segundo, jamás permitir ser manipulada; tercero, aprender en quién depositar la confianza y, por último, estar dispuesta a cualquier sacrificio para salvar a quienes amaba. Sin embargo, aquella noche de octubre en Manhattan, mientras la lluvia golpeaba con furia los cristales reforzados de su oficina en el piso cincuenta, Agostina sintió que los pilares de su mundo empezaban a resquebrajarse.

Se puso de pie con una elegancia que parecía coreografiada, un rasgo distintivo de su autocontrol casi enfermizo. Caminó hacia el ventanal, moviendo los dedos contra su vestido, observando las luces de la ciudad que nunca duerme reflejarse en el cristal. Su imagen le devolvió un reflejo impecable, el de una mujer que consideraba la belleza como una manifestación de disciplina y poder. Llevaba el cabello castaño oscuro recogido en un moño bajo perfectamente pulido, resaltando sus facciones aristocráticas y esa mirada color chocolate que analizaba el mundo como si fuera un tablero de ajedrez. Vestía un traje de sastre de alta costura que se ajustaba a su figura con una precisión matemática; Agostina no vestía ropa, vestía una armadura diseñada para recordar a todos quién tenía el mando.

Sobre su escritorio de caoba descansaba una carpeta con el logotipo de TBF Corts, el imperio que había construido con una frialdad implacable y la cuidaba como si fuera su bebé. Los informes internos no mentían: alguien estaba saboteando la empresa desde las entrañas, alguien estaba jugando sucio y tratando de sabotear su control. Los proveedores cancelaban contratos sin explicación y las acciones caían en un goteo constante. Para Agostina, los errores eran un lujo inasequible, y lo que estaba ocurriendo era una declaración de guerra.

—La perfección es una fachada frágil, Agostina. Solo hace falta una grieta para que todo se derrumbe —dijo una voz profunda y serena desde la puerta.

Ella no se sobresaltó; su serenidad era siempre mucho más peligrosa que cualquier grito.

Se giró lentamente para encontrarse con el hombre que personificaba todo lo que ella despreciaba y, paradójicamente, lo único que podría necesitar en ese momento.

Leonard Wayland estaba apoyado contra el marco de la puerta con una confianza que solo el dinero antiguo y una genética privilegiada podían otorgar. Físicamente, Leonard era la definición de un "chico de oro" de la aristocracia de Nueva York. Su cabello era de un rubio ceniza, ligeramente despeinado de esa forma que costaba cientos de dólares mantener, y sus ojos azules, claros y penetrantes, poseían una calma casi hipnótica. Tenía esa mandíbula marcada y esa estructura ósea clásica que lo hacía parecer el protagonista de una tragedia romántica inacabada. Vestía un abrigo de cachemir sobre un traje gris que resaltaba su porte atlético, pero refinado.

—Leonard Wayland. No recuerdo haberte dado permiso para entrar en mi santuario —respondió ella con un humor irónico y sutil.

Leonard caminó hacia el centro de la habitación. Su presencia transmitía una calma que Agostina sabía que era solo una armadura para su propia sensibilidad. Él la observó con esa empatía natural que le permitía detectar el dolor ajeno, incluso el que ella ocultaba tras capas de seda y orgullo.

—TBF Corts se está desangrando, Agostina. Y ambos sabemos que tú no sabes perder —comentó él, deteniéndose a pocos pasos de ella. El perfume de Leonard, una mezcla de uvas y lluvia, invadió el espacio personal de la CEO—. He venido a ofrecerte una salida. Una fusión estratégica entre las empresas Wayland y TBF Corts.

Agostina dejó escapar una risa seca, carente de alegría.

—¿Una fusión? ¿Con la familia que ha intentado hundirme durante años? Mi filosofía es simple: el verdadero poder no necesita demostrarse, y ciertamente no necesita aliados que esperan el momento justo para apuñalarme por la espalda.

Negó molesta ante aquellas palabras que parecían ocultar intenciones internas que no podía entender aun.

—No es solo una fusión —insistió Leonard, ignorando el dardo—. Necesitamos algo más sólido para calmar a los inversores y limpiar mi propia reputación tras el escándalo de mi padre. Necesitamos un compromiso. Un acuerdo de matrimonio falso.

El silencio que siguió fue denso.

Agostina lo analizó en segundos, buscando la debilidad, la trampa. Leonard mantenía su expresión serena, aunque en el fondo, él también estaba luchando por el control. Para él, este sacrificio era una forma de proteger lo que quedaba de su círculo íntimo, una costumbre de elegir el dolor propio antes que el ajeno.

—¿Un compromiso falso? —repitió ella, arrastrando las palabras—. El afecto me resulta tan intimidante como una mala negociación, Leonard. El amor implica perder el control, y yo he pasado mi vida evitando precisamente eso.

—Esa es la belleza del trato, Agostina —dijo él, acercándose un poco más, lo suficiente para que ella pudiera ver la intensidad en sus ojos azules—. El trato es no enamorarse. No habrá sentimientos, solo cláusulas. Una solución conveniente para una situación desesperada.

Agostina sintió una punzada de vulnerabilidad, esa emoción que detestaba mostrar. Su necesidad de control absoluto era su prisión, y Leonard acababa de ofrecerle las llaves, aunque el precio fuera compartir su celda con él. Recordó el sabotaje, la traición que sentía quemándole el pecho y la posibilidad de perder el imperio que era su vida entera.

—Sé lo de tu secreto, Agostina —soltó él en un susurro, rompiendo la última defensa de la mujer—. Sé lo que ocultas de tu pasado. Si este trato no se firma, ese secreto arruinará TBF Corts antes de que termine el mes.

La mirada de Agostina se volvió gélida.

La mención de sus grietas ocultas la enfureció, pero en lugar de gritar, se enderezó, recuperando esa máscara de perfección que era su marca registrada. Evaluó la situación con la rapidez de un depredador. Leonard no solo estaba ofreciendo ayuda; estaba ejecutando un movimiento maestro.




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