Trato Wayland: Sin derecho a control

El precio de la corona ( Capítulo 1 )

El sol de la tarde en Manhattan se filtraba a través de los ventanales de piso a techo de mi despacho, tiñendo de un tono cobrizo las paredes de TBF Corts. Ahí estaba yo, sentada tras mi escritorio de caoba, una pieza que parecía más un altar a la eficiencia que un mueble de oficina. Mi postura era, como siempre, impecable: la espalda recta, las manos entrelazadas sobre un informe de auditoría que, hacía escasos diez minutos, había descubierto ser una farsa.

Observé mi reflejo en el cristal de la ventana. Mi cabello estaba peinado en ondas perfectas, con una diadema que coronaba mi cabeza como una tiara invisible, un recordatorio silencioso de que no solo gobernaba la empresa, gobernaba mi mundo. Pero hoy, la corona pesaba. TBF Corts, el imperio que había construido sobre el rigor y el perfeccionismo, estaba siendo socavado desde sus cimientos. Había agujeros financieros, contratos fantasma y una serie de decisiones ejecutivas que jamás había autorizado.

—¿Cómo es posible? —susurré para mí misma, manteniendo la serenidad que siempre me caracterizaba, incluso cuando el suelo parecía abrirse bajo mis pies.

No era un grito de desesperación. Yo no me desesperaba, sino que analizaba y eejecutaba; sin embargo, la traición no venía de un competidor externo. Estaba ocurriendo dentro, en los pasillos donde los empleados caminaban con la cabeza gacha, donde cada movimiento estaba vigilado. Alguien, muy cercano, estaba jugando un ajedrez maestro en mi contra, y yo, la gran estratega, no había visto el primer movimiento.

Fue entonces cuando la puerta de mi oficina se abrió sin previo aviso, haciendo que mi ceño se frunciera.

Levanté la vista, lista para lanzar un despido fulminante, pero las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta. Entrando en el despacho con una elegancia que resultaba casi insultante, estaba Leonard Wayland.

Leonard era una estampa de perfección clásica. Con el cabello ligeramente revuelto, esa mandíbula marcada que parecía esculpida por un artista de la vieja escuela y una mirada de un azul profundo que parecía ocultar océanos de secretos, era la personificación del ideal masculino de la alta sociedad. Vestía un traje hecho a medida que acentuaba su porte atlético, luciendo la serenidad de quien nunca ha tenido que luchar por nada, aunque sabía, gracias a mis investigaciones, que esa calma era solo la armadura que él había construido para sobrevivir a su propio padre, Seth Wayland.

—Leonard —dije, cerrando el informe con un movimiento lento y controlado—. A menos que tengas una orden judicial o una invitación expresa, mi despacho es territorio privado.

Leonard se detuvo a pocos metros del escritorio. Su sonrisa era leve, apenas una sombra en sus labios, transmitiendo esa calma hipnótica que tanto desconcertaba a sus rivales.

—Buenos días, Agostina. Es una lástima que nuestro primer encuentro en meses tenga que ser bajo estas circunstancias —dijo él, acercándose y apoyándose casualmente en una silla—. Pero ambos sabemos que TBF Corts está sangrando. Y también sabemos que tú, con toda tu inteligencia afilada, no has podido taponar la herida.

Sentí una punzada de ira, pero la transformé en una máscara de hielo.

—Mi empresa está perfectamente, Leonard. Y tú no eres más que un buitre esperando las sobras.

Mis palabras más afiladas que un viejo cuchillo que podría brindar Tetanos.

—¿Un buitre? —se rió él, un sonido grave y melodioso—. No, Agostina. Soy tu única tabla de salvación. Tu reputación está a punto de desmoronarse. La prensa está empezando a husmear en tus cuentas, y si descubren que tu brazo derecho te ha traicionado, tu estatus en la junta será historia.

No lo dudé y me puse en pie. Era un movimiento calculado para recuperar la altura, mi autoridad.

—¿Qué quieres? Porque sé que no has venido aquí por caridad. Tú nunca haces nada por caridad. —Negué más de una vez—. En realidad, tú nunca haces nada, así que este encuentro me parece un juego sucio que habrás inventado por alguna estupidez que se te ocurrió estando ebrio o en un momento de locura... No sé, tú sabrás.

Leonard caminó hacia la ventana, observando la ciudad con una melancolía que pareció, por un instante, genuina. Se giró de nuevo, sus ojos fijándose en mí con una intensidad aterradora.

—Una fusión. Una fusión estratégica entre TBF Corts y el holding Wayland. Y para que los inversores no huyan despavoridos al ver la inestabilidad de tu gestión, necesitamos una narrativa. Algo que la gente ame consumir.

Solté una risita divertida y alcé una ceja, sintiendo un escalofrío.

—¿Una narrativa?

—Un compromiso, Agostina. Público, elegante y absolutamente falso. Seremos la pareja dorada de Manhattan. Salvaremos tu reputación, consolidaremos el poder de ambas empresas y, en el proceso, haremos que cualquier intento de sabotaje contra ti sea visto como un ataque directo a los Wayland. Nadie se atreverá a tocarte.

La propuesta colgó en el aire, pesada y cargada de consecuencias. Sentí el peso de sus años de disciplina, de esa necesidad de control que, irónicamente, me había llevado a este punto donde, para ganar, debía entregar mi libertad al hombre que, posiblemente, estaba detrás de mis propias desgracias.

—¿Es un matrimonio? —pregunté, con la voz firme, aunque por dentro las emociones luchaban por romper el dique de contención.

—Un compromiso —corrigió él, avanzando hasta quedar frente a mí—. Con la clausura absoluta de que esto es solo negocios. Tú mantienes tu empresa, yo mantengo mi imagen, y ambos jugamos el papel de nuestras vidas frente a una prensa que se muere por ver a la Reina de hielo y al heredero de los Wayland finalmente juntos.

Lo miré fijamente. Busqué una grieta en su fachada, una señal de que él estaba mintiendo, pero Leonard Wayland era el maestro de la ocultación emocional. Leonard era un espejo: me devolvía exactamente lo que necesitaba ver para convencerme de que tenía el control.




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