La mañana en el corazón de Manhattan se desplegaba con su habitual ferocidad, una jungla de asfalto y ambición que no perdonaba a los débiles. Para los empleados de TBF Corts, el ritmo de trabajo no era una elección, sino un dogma dictado por la incesante búsqueda de la perfección de Agostina. Los pasillos de cristal y acero vibraban con el eco de tacones sobre mármol y el murmullo constante de transacciones millonarias que decidían el destino de industrias enteras. Sin embargo, aquel día, el aire en las oficinas se sentía inusualmente denso, casi irrespirable. La noticia de la supuesta alianza con los Wayland, aunque aún no oficializada, se filtraba por los conductos de ventilación como un rumor eléctrico que ponía los pelos de punta a cualquiera que tuviera algo que perder.
Me sentía mal. Me sentía observada. Me destrozaba el hecho de saber que mi santuario, el lugar que construí con sudor y una frialdad que asustaba a mis propios aliados, ya no sería solo mío. Me destrozaba saber que las cosas estaban pasando y que yo, la reina del control absoluto, no podía detener el flujo de la información.
Entré en mi oficina a las 8:00 a.m. en punto. Mi presencia, tan gélida y precisa como una escultura de mármol, acalló instantáneamente las conversaciones en el ala administrativa. Llevaba un traje estructurado de corte impecable, una pieza de alta costura que gritaba autoridad sin necesidad de abrir la boca. Mi cabello estaba recogido en un moño que no permitía ni un mechón fuera de lugar, coronado por una diadema de seda azul marino que resaltaba mi herencia aristocrática y mi obsesión por la imagen. Era la imagen viva de la invulnerabilidad. O al menos, eso es lo que quería que el mundo creyera. Porque por dentro, era un desastre de nervios y sospechas.
Dentro de mi despacho, el orden era absoluto. Cada libro de arquitectura, cada boceto de alta costura, cada objeto de arte estaba en su lugar exacto. Pero no podía dejar de mirar el detector de humos. Sabía que allí yacía la cámara oculta. Ese pequeño ojo electrónico era una intrusión constante, un recordatorio de que mi imperio ya no me pertenecía exclusivamente a mí. Me hacía sentir sucia. Me hacía sentir pequeña.
«Mierda, me están vigilando», pensé, mientras mis dedos acariciaban el borde de mi escritorio de caoba. «No entiendo cómo permití que esto llegara tan lejos. Soy una verdadera idiota».
Rasqué mi nuca nerviosa, aunque nadie podía verlo. Necesitaba saber quién puso esa cámara. Necesitaba saber si Leonard tenía algo que ver con esto. Antes de que pudiera procesar mi siguiente movimiento, el conflicto estalló.
La puerta se abrió sin un golpe previo. Nadie entra así en mi oficina. Nadie, excepto él.
Leonard Wayland, el perfecto hijo, hizo su entrada. Si yo era el hielo, Leonard era la corriente eléctrica que amenazaba con derretirlo todo. Su porte atlético y esa mandíbula definida que recordaba a la realeza de la clase alta lo hacían lucir como un modelo de revista de la vida real que caminaba con una confianza que rozaba la arrogancia. Sus ojos azules, usualmente claros y con esa calma hipnótica que solía desarmarme, esa mañana mostraban una sombra de impaciencia. Había una grieta en su armadura de perfección, una dualidad caótica que siempre intentaba esconder detrás de sus trajes de millones de dólares.
—Tenemos que hablar de los términos, Agostina —dijo, sin molestarse en saludar.
—Hola, sí, estoy muy bien y claro... —Rodé los ojos molesta ante sus acciones.
Se sentó en la silla frente a mi escritorio, invadiendo mi espacio personal como si ya fuera el dueño del edificio. Su perfume inundó la habitación, una presencia que me asfixiaba pero que, al mismo tiempo, me obligaba a mantenerme alerta.
Ni siquiera levanté la vista de mis documentos. No iba a darle el gusto de ver que su presencia me afectaba.
—Las reglas del compromiso son innegociables, Leonard —respondí con una calma que me costaba un esfuerzo sobrehumano. Mi voz sonó sutil, irónica, elegante como siempre—. He preparado un anexo. Se prohíben las apariciones públicas sin mi aprobación previa, se delimitan las zonas de residencia compartida y, por supuesto, cualquier implicación emocional será tratada como un incumplimiento de contrato.
Leonard soltó una risa seca. Fue un sonido que me dio un vuelco al estómago, un bufido sonoro que delataba su enojo contenido.
—¿Prohibir las emociones? Vaya, Agostina, qué típico de ti. Intentando controlar el clima con un paraguas de seda. No puedes imponer límites a una situación que, por naturaleza, exige ser orgánica. La prensa no es tonta, y si parecemos dos maniquíes posando para una foto, la fusión fracasará.
—No vamos a ser maniquíes. Vamos a ser socios —repliqué, finalmente alzando la mirada. Mis ojos, afilados como diamantes, se clavaron en los de él, analizando cada milímetro de su expresión, buscando la inseguridad detrás de su sonrisa impecable.— Y si el precio de mi libertad es fingir afecto, prefiero mantenerlo en el nivel más estricto de profesionalismo. No habrá "cercanía" innecesaria.
Leonard se levantó. Rodeó el escritorio con una lentitud depredadora que me recordó por qué era tan peligroso. Se detuvo justo detrás de mí. Podía sentir el calor de su cuerpo, la intensidad de su respiración. Me sentía acorralada, y detestaba esa sensación. Detestaba lo que estaba pasando y quería que todo fuera como antes.
—Eres muy valiente, Agostina. Pero a veces, tu necesidad de control te ciega ante la realidad —susurró él, bajando la voz a un tono que enviaba escalofríos por mi espalda—. ¿Realmente crees que puedes dictar las reglas cuando yo tengo en mis manos la llave de tu pasado?.
Me quedé inmóvil. Mi corazón empezó a latir con una fuerza que amenazaba con romper mis costillas.
—Ese secreto sobre el accidente en la empresa de tu padre… ese que crees que enterraste bajo capas de dinero y abogados —continuó Leonard, su voz ahora era un arma blanca contra mi cuello—. Si yo hablo, TBF Corts no solo caerá; será ceniza. Y, probablemente, tú terminarías en prisión. A mí no me van los juegos sucios, Agos, pero estoy dispuesto a acabar contigo si tú me traicionas.
#5315 en Novela romántica
#1758 en Otros
#342 en Acción
contrato de amor, empresaria joven que no cree en el amor, newyork
Editado: 21.07.2026