Construí paredes invisibles
para que nadie entrara demasiado.
Les puse el nombre de prudencia,
de distancia,
de no necesitar a nadie.
Pero ahora las puertas están abiertas
y sigo sin saber salir.
Qué ironía:
quise proteger mi corazón
y terminé convirtiéndome
en prisionera de mis propias defensas.
Editado: 29.10.2026