Travesía [pasajeros #2]

Capítulo 36

Estaba cayendo la noche sobre el valle que abarcaba gran parte del campo de visión que tenía James, y aunque aún no desaparecía la luz del sol, dudaba mucho llegar a esa extraña ciudad fantasma que no aterraba en lo absoluto a Dylan. 

Haber salido del Mausoleo, en la Montaña Flotante, había sido lo más tranquilo y pacífico que habían vivido en muchos días. Los piratas de Killian se habían retirado. Confiaban en las palabras de su líder al decirles que se uniría con Ben del otro lado de la Bahía de los Susurros, por lo que el grupo accedió a obedecerlo, sobretodo después de presencial una golpiza por parte de Killian hacia James y Dylan, que fue la mejor actuación que tuvieron en mucho tiempo. 

La tormenta cesó después de unas horas, y el grupo dirigido ahora por el pirata descendió de la increíble Montaña a través de algunas sogas que bajaban en dirección diagonal hasta llegar al otro lado del risco. A partir de ahí, la Travesía proseguía su extraño camino.

El trayecto desde la Montaña Flotante hasta los interiores de una jungla bastante tranquila les llevó alrededor de cuatro horas. Max pasaba todo el tiempo contando historias ficticias de Star Wars, que no eran parte del universo cinematográfico, y la única persona interesada en sus palabras era Luna, quién caminaba con cuidado, ya que su mirada no estaba en el suelo, sino en el muchacho que disfrutaba bastante de contarle todas las cosas que le apasionaban. 

Han, por su cuenta, iba silbando tediosas melodías de canciones bastante viejas. El problema no era el tiempo que tenían tales piezas musicales, sino el estilo extraño que tenían, así como las letras en otro idioma. James se limitó a escucharlo mientras seguía de cerca a Dylan y a Killian. 

—No voy a mentirte, muchacho —terció el pirata—. El olor a brea y agua salada no es lo peor. Son los mosquitos y el calor lo que terminan matándote si no estás acostumbrado a viajar por el océano. 

James le había preguntado cuáles eran las desventajas de ser un marinero. Por la mueca que hizo, no quedó muy satisfecho con la respuesta.

—¿No te aterra el mar? —preguntó Dylan—. A mí, en lo personal, me pone los pelos de punta.

—¿Por qué? —preguntó James.

—Haber vivido un naufragio te cambia para siempre —dijo el muchacho—. Cuando se hundió el Baptidzo… bueno, tardé mucho en dejar de imaginar que me hundía cada noche. 

—Viví eso hace unos días —terció James—. Con el American Sea. No es tan…

—Tú sabías a lo que ibas —se defendió Dylan—. Yo estaba pasando una noche agradable, cenando con un buen amigo…

Esas últimas palabras las soltó casi con una tristeza inefable. Tanto que James casi detiene al muchacho para preguntarle qué ocurría. La nostalgia en él era notable, pero Dylan se limitó a seguir avanzando. En pocos minutos oscurecería, y apenas habían salido de la jungla, y entrado a un valle bastante extenso.

Killian se detuvo en seco justo cuando ningún árbol, o arbusto, estorbaba en su campo visual. Estaban en un lugar abierto, casi desierto. 

—¿Qué estamos esperando? —preguntó Luna.

—Pensé que buscábamos una especie de ciudad fantasma —dijo Max muy emocionado y entusiasmado. James podía jurar que, si aún tuvieran cámaras, o teléfonos celulares, Max sería el que documentaría todo en video.

—Y eso buscamos —respondió Dylan—, pero… no por nada todos los que viven en esa Isla la llaman ciudad fantasma.

—No me digas —se rió Han—. Esa ciudad es igual de misteriosa que la Pirámide, sólo que en lugar de moverse por todo el Triángulo y sus dimensiones, esta Ciudadela desaparece durante horas, y a cierto punto de la noche aparece, amenazando a los viajeros a desaparecer para siempre con ella si no salen a tiempo.

Nadie respondió. Todos se quedaron quietos, callados, mirando a Han como si él supiera las respuestas a todas las preguntas del universo mismo. 

—¿De donde sacaste eso? —preguntó Killian.

—De una caricatura de Jackie Chan —terció Han—. Max no es el único que ve televisión, ¿eh?

—¡Oye! —le reclamó el muchacho.

—Pues en efecto —soltó Dylan—. Pero hay algunos detalles en tu predicción.

—¿Y cuáles son?

—La Ciudadela no desaparece, siempre ha estado ahí. El problema radica en que sólo se puede entrar de noche, otra de las trampas de Pandora. 

—¿Y qué tiene de malo entrar de noche? —quiso saber James—. Creo que todos somos lo bastante valientes como para…

—Sólo se puede entrar de noche porque sus criaturas están despiertas a esa hora —le sonrió Dylan de cierto modo sarcástico—. Las discípulas de Pandora están despiertas a esa hora. 

Nadie dijo nada. El único que parecía conocer el peligro que había en esa ciudad era Killian, quién sólo se limitó a suspirar. 




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