Hay lugares donde el cielo no termina de comportarse como cielo.
A veces parece un techo demasiado alto para ser obra de nadie; otras, una bóveda herida por líneas oscuras que se curvan fuera de la vista, como costillas de algo imposible enterrado detrás de la niebla, del metal y de la distancia. Las luces, si es que las hay, golpean las paredes de esos espacios enormes y vienen de lo desconocido, aunque no siempre de estrellas, porque estas parecen haber dejado ya de existir. Se arrastran hasta desvanecerse poco a poco, pasando detrás de murallas tan vastas que la vista las acepta solo cuando ya es demasiado tarde para seguir llamándolas montañas.
Las entidades que viven en este mundo llaman de forma distinta a esas formaciones: costillas, capas, viejos anillos, piel del mundo. Nadie se pone de acuerdo, y quizá justo por eso nadie miente del todo. Lo cierto es que existen rutas que atraviesan desiertos de chatarra tibia, bosques que crecen pegados a paredes verticales y túneles en los que la gravedad recuerda, por unos kilómetros, que alguna vez tuvo otra dirección. Hay comunidades. No, ciudades enteras que viven bajo sombras circulares, como si arriba flotara la ruina de una maquinaria demasiado grande para haber sido construida y demasiado precisa para haber nacido sola.
Dentro de este mundo, el combustible natural se ha agotado, consumido por el propio mundo para seguir expandiéndose sin fin, devorando poco a poco todo lo que encuentra a su paso: planetas enteros, galaxias completas, estrellas de todos los tamaños. Estas últimas agotan su energía para seguir alimentando esa sed de expansión. La estrella es drenada por completo y, al final, solo quedan restos de su polvo, que cambia de tipo y color dependiendo de la etapa en la que se encontraba al ser consumida.
En las comunidades de este mundo, el polvo de estrellas se quema como si fuera combustible común y corriente, aunque nadie sensato lo llame corriente cuando lo ve arder. La luz que emite no siempre se parece a la del fuego. A veces es un fulgor frío en los conductos de los motores. A veces, un resplandor azul bajo la carrocería. A veces, una brasa roja que sigue viva horas después de que la máquina se ha detenido, como si el metal hubiera aprendido a recordar. Los antiguos dicen que el polvo viene de astros muertos; otros juran que no murieron, que fueron molidos. Nadie discute demasiado cuando el generador enciende, cuando el elevador sube o cuando una ruta abierta a la fuerza le devuelve comida a una comunidad hambrienta.
Por eso, la mayoría entiende el camino como una necesidad antes que como un misterio. Un corredor es comercio. Un túnel despejado es supervivencia. Un puente que no colapsa significa otra semana de agua, piezas y medicina. Las caravanas lo saben, los barrios lo saben, los gobiernos improvisados también. Solo unos pocos miran una ruta y ven algo más: ritmo, secuencia, memoria, promesa. Como si el terreno no solo pudiera cruzarse, sino también leerse.
De esos pocos hablan quienes pasan demasiado tiempo lejos de casa.
Trotamundos se les llama oficialmente. Nómadas, cuando quieren romantizarlos. Piratas, cuando han cobrado demasiado, llegado demasiado tarde o abierto el camino equivocado. Van de estrato en estrato, de taller en taller, de ciudad en ciudad, cargando mapas incompletos, piezas rotas, rumores útiles y deudas que cambian de nombre en cada frontera. A veces traen noticias. A veces traen problemas. Casi siempre traen ambas al mismo tiempo.
Entre ellos, dicen, hay parejas de especialistas a las que conviene no mirar demasiado. Ni siquiera respirar cuando están cerca.
Uno canta. No como un sacerdote ni como un loco, sino con la precisión seca de quien sabe que una sílaba fuera de lugar puede partirte el destino en dos. El otro escucha con todo el cuerpo: manos, espalda, dientes, huesos, arma, motor. Hay quienes aseguran que no pelean cuando pelean, sino conduciendo algo invisible a través del aire; que cada orden es una curva, una caída, una frenada imposible; que el metal recuerda una ruta recorrida a otra velocidad, en otro lugar, y responde como si todavía siguiera ahí.
A esos se les conoce como Indicador y Ejecutor. Nunca en voz demasiado alta. Nunca con la confianza de quien cree entender del todo lo que hacen.
La mayoría solo sabe lo suficiente para apartarse. Que el arma, sin ciertas notas, pesa como cualquier otra. Que el vehículo importa más de lo que debería. Que algunas rutas dejan marca y otras devoran a quienes intentan memorizarlas. Que hay saltos que no empiezan cuando una máquina despega, sino mucho antes, cuando alguien decide que un trayecto puede repetirse hasta volverse otra cosa. Los detalles cambian según la comunidad, la taberna o el sobreviviente. El miedo, no.
Se dice que el mundo no siempre fue así.
Que algo creció donde no debía crecer, o despertó, o siguió obedeciendo una orden tan antigua que ya no le quedaban dueños. Desde entonces, hay mares dentro de cápsulas, barrios colgados sobre vacíos sin fondo y llanuras de metal donde aún aparecen fragmentos de piedra que no pertenecen a ningún mapa cercano. Pero esas historias cambian según quién las cuente, y la gente que vive del motor prefiere las piezas que arrancan a las explicaciones que no.
De noche, cuando los convoyes apagan luces para ahorrar energía o para no llamar la atención de lo que ronda ciertos corredores, el silencio permite notar cosas que de día se vuelven costumbre. El temblor de las placas bajo la arena. El eco de maquinaria lejana detrás de un muro sin puertas. La impresión de que algunos caminos no fueron excavados ni construidos, sino descubiertos, como venas ya tendidas dentro de un cuerpo inmenso. Entonces resulta fácil creer que el mundo no es exactamente un mundo, sino el interior de algo que sigue moviéndose, creciendo o soñando en la oscuridad.
Y aun así, por la mañana, la gente vuelve a encender motores.
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Editado: 26.05.2026