Traviesa representante amorosa

2. Lo inesperado

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«Y, de pronto, todo cambia… sin pedir permiso.» —Anónimo

La mañana amaneció demasiado tranquila y eso, sin saberlo, ya era una señal.

Althea llevó a Naia a la escuela como cada día, siguiendo la misma ruta, los mismos semáforos, la misma rutina cuidadosamente estructurada que había construido para que todo en su vida funcionara sin sobresaltos. Sin embargo, aquella mañana había algo distinto, Naia no dejaba de sonreír.

No era una sonrisa cualquiera, de esas espontáneas que aparecían cuando veía algo gracioso o recordaba una tontería. No, era una sonrisa contenida, brillante, casi conspiradora. Su madre la miró de reojo mientras conducía.

—¿Qué pasa? —preguntó, entre curiosa y cautelosa sin dejar de prestar atención an transito.

—Nada —respondió la niña, demasiado rápido—. Estoy feliz.

Demasiado feliz pensó Althea y entrecerró los ojos un segundo, evaluando. Había aprendido a base de experiencia que esa combinación de inocencia y entusiasmo solía venir acompañada de problemas. problemas pequeños… o no tanto.

—Cuando dices «nada», normalmente significa «algo» —murmuró.

Naia se encogió de hombros, mirando por la ventana como si el mundo exterior fuera fascinante de pronto.

—Confía en mí. —Eso no ayudó.

Aun así, Althea no insistió. Tenía la cabeza en su proyecto, en los planos que no terminaban de encajar, en esa sensación persistente de que algo importante dependía de cada decisión que tomara. Respiró hondo, intentando centrarse. Al llegar a la escuela, Naia se inclinó hacia ella y la abrazó con fuerza.

—Que tengas un buen día, mami.

—Tú también, cielo.

Se separaron, y antes de bajar del coche, la niña le dedicó una última sonrisa esa misma, misteriosa, luminosa, imposible de descifrar.

Althea la vio alejarse con la mochila rebotando en su espalda y una ligera inquietud le rozó el pecho. Algo no encajaba.

Pusos su auto en marcha al perderla de vista y se dirigió a sus oficinas. El edificio donde trabajaba la recibió con su habitual pulcritud: cristal, acero, líneas perfectas.

Apenas cruzó la entrada, sintió miradas breves, rápidas. Estaban ahí evitadas a medio segundo de encontrarse con la suya. también percibió un murmullo bajo, contenido, que parecía apagarse cada vez que ella pasaba cerca.

Sintió los saludos a medias, sonrisas contenida, algún que otro gesto extraño. Frunció el ceño mientras avanzaba hacia el ascensor.

—Paranoias —se dijo en silencio—. Estás cansada.

Porque sí, tenía sentido. Llevaba días durmiendo poco, trabajando más de la cuenta, intentando resolver un proyecto que no dejaba de complicarse. Era lógico que su percepción se distorsionara.

Dentro del ascensor, el reflejo en las puertas metálicas le devolvió una imagen impecable: traje sobrio, cabello recogido, expresión firme. Todo en su sitio, bajo control.

Al llegar a su planta, el ambiente no mejoró, al contrario, fue más evidente. Dos compañeros dejaron de hablar cuando ella pasó. Alguien fingió concentrarse demasiado en su pantalla. Otra persona… ¿se estaba aguantando la risa? Althea apretó ligeramente los labios.

—Definitivamente estás paranoica —repitió para sí intentando convencerse.

Aceleró el paso y entró en su oficina, cerrando la puerta con un suspiro apenas contenido y quedar en silencio. Dejó el bolso sobre la mesa, se quitó la chaqueta con un movimiento mecánico y, por pura inercia, tomó su teléfono y entonces recordó que la noche anterior lo había activado el modo avión para poder concentrarse en el trabajo sin interrupciones. Sin llamadas, sin mensajes, sin nada que la distrajera y en algún momento, simplemente, se le olvidó desactivarlo.

—Genial —murmuró.

Pulsó la pantalla y el mundo explotó. Notificaciones, mensajes, llamadas perdidas aparecieron en la pantalla sin pausa y sin orden. El teléfono vibraba en su mano como si tuviera vida propia, como si todo lo que había estado contenido durante horas hubiera decidido liberarse de golpe. Parpadeó, desconcertada.

—¿Pero qué…?

Deslizó el dedo por la pantalla, intentando entender algo entre el caos digital. Grupos de trabajo, correos, números desconocidos, mensajes repetidos hasta que el nombre de Martina su mejor amiga saltó con el apelativo que la tenía registrada, Tina.

El mensaje estaba arriba, casi como si la estuviera esperando, Althea lo abrió.

«Dime que sabes lo que hizo tu hija… porque si no, prepárate».

El estómago se le encogió porque Martina no era alarmista la conocía. A Naia la consentía, la defendía, la celebraba, era su cómplice oficial. Si ella decía eso algo no estaba bien y Althea no dudó más, pulsó el enlace.

El video cargó, en la pantalla apareció Naia, sonriente, tranquila y decidida.

«Hola, soy Naia Miró y tengo ocho años…» —Treinta segundos fue todo lo que necesitó para que el aire se volviera denso, para que el ruido del mundo desapareciera, para que algo dentro de ella se detuviera.




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