🩷3. Travesuras con consecuencias 🩷
«Amar también es enseñar… incluso cuando cuesta.» —Anónimo
El timbre de la escuela sonó como cada tarde, anunciando el final de la jornada… pero para Althea, aquello no era un cierre, sino el inicio de algo que llevaba horas dándole vueltas en la cabeza.
Aparcó frente a la acera, con las manos aún firmes sobre el volante. Había ensayado mentalmente la conversación al menos diez veces y en todas había fallado en algún punto. El problema no era solo el video, no era solo la exposición.
El problema era Naia, su ingenuidad, su intención y, sobre todo, esa línea invisible que sin darse cuenta había cruzado.
Respiró hondo justo cuando vio a su hija salir entre el grupo de niños. La pequeña venía saltando literalmente y sus coletas se mecían de un lado a otros con la mochila balanceándose y esa sonrisa otra vez que ya no le parecía tan inocente. Cuando llegó hasta el coche, abrió la puerta y se lanzó a abrazarla.
—¡Mami!
—Hola, cielo —respondió Althea, envolviéndola con un brazo y besando su cabello—. ¿Cómo te fue?
—Bien… —dijo, alargando la palabra—. Muy bien.
Claro, demasiado bien como siempre que hacía un caos y ni cuenta se daba del desastre que dejaba a su paso. Se separaron y Naia se acomodó en su asiento, moviéndose con esa energía inquieta que parecía no agotarse nunca.
—¿Podemos ir por un helado? —preguntó de inmediato, con los ojos brillantes—. De chocolate… o de fresa… o de los dos. —Althea arrancó el coche.
—No hoy —respondió con suavidad, pero firme—. Vamos a casa.
—¿Por qué? —Naia parpadeó, sorprendida, pocas veces su madre se negaba cuando ella se lo pedía.
—Porque tenemos que hablar —determinó Althea con una voz que no permitía replica.
—¿Hablar? —repitió, con cautela. —El cambio fue inmediato, la sonrisa se desinfló un poco, no del todo… pero sí lo suficiente.
—Sí. —afirmó su madre.
Quedaron en silencio pou un segundo hasta que se dibujó un puchero en el rostro de la pequeña, ese que Althea conocía demasiado bien.
—Pero mami… —protestó Naia, cruzándose de brazos—. Solo es un helado. No es nada importante.
—Para mí sí lo es —respondió sin mirarla, concentrada en la carretera. Naia la observó de reojo, evaluando… calculando.
—Podemos hablar después —insistió—. Prometo portarme bien. Y no pedir otro.
Altheatuvo que contenener suna sonrisa, sabía que debía ser severa pero su niña le robaba el corazón con su carita y sus gestos.
—Naia —dijo y el tono fue suficiente. La niña suspiró, rendida a medias, y se acomodó en el asiento.
—Entonces… ¿por quésiento que hice algo malo? —preguntó, como quien lanza una piedra al agua. —Althea apretó ligeramente el volante.
—Ajústate el cinturón —dijo en lugar de responder. Naia obedeció, aunque no dejó de mirarla.
—Vi el video —añadió Althea, finalmente todo quedó en silencio otra vez, pero esta vez era distinto.
—¿Y, te gustó? —preguntó la niña, con una mezcla de nervios y emoción—. ¿Encontraste uno? —Althea giró la cabeza apenas, sin entender.
—¿Uno qué?
—Un pretendiente —dijo con total naturalidad—. Te escribieron muchos, pero yo ya escogí uno.
—¿Escogiste… uno? —Althea sintió cómo algo se tensaba dentro de ella.
—Sí —asintió Naia, muy seria—. El que sabe cocinar, no ronca y tien paciencia. —Claro, tenía sentido en su lógica.
—¿Y por qué ese? —preguntó Althea, sin saber si quería realmente la respuesta.
—Porque no se enojó. —Naia se encogió de hombros.
Eso la descolocó.
—¿Cómo que no se enojó?
—Otros sí —explicó la niña, moviendo las manos—. Algunos decían cosas raras o se burlaban… pero él no. Él fue bueno. —Althea no supo qué decir.
—Además —continuó Naia, inclinándose un poco hacia adelante—, le pregunté qué postres hacía. —Althea giró la cabeza de golpe.
¿Le preguntaste qué? —pregutó alarmada, he hizo nota mental de revisar el chat una vez que llegara a casa. Esto estaba saliéndose de control.
—Qué postres hacía —repitió, como si fuera obvio—. Y me respondió.
El silencio que siguió fue denso, muy denso.
—¿Tú… hablaste con él?
—Un poquito. —Naia sonrió, orgullosa.
—Naia… —Althea soltó el aire despacio, intentando procesarlo.
—Hace tartas —continuó, entusiasmada—. Y dijo que también sabe hacer panqueques con carita feliz. ¿Viste? ¡Cumple los requisitos! —Althea cerró los ojos un segundo porque necesitaba… centrarse—. Estoy ansiosa por llegar a casa —añadió Naia—. Quiero saber qué te respondió.
Althea abrió los ojos de nuevo, mirando la carretera, el semáforo cambió a rojo y frenó suavemente.
—Vamos a hablar de eso —dijo al fin, con calma… demasiada calma—. Pero primero, hay algo que tienes que entender.