Traviesa representante amorosa

4. Conversación necesaria

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«Habla a tus hijos como si fueran las personas más sabias, amables y hermosas, porque en lo que creen es en lo que se convertirán.» —Brooke Hampton

El coche se detuvo frente al edificio y, por un segundo, ninguna de las dos se movió. El motor se apagó quedando como protagonista el silencio.

Althea soltó el volante despacio, como si con ese gesto también intentara soltar la tensión que llevaba acumulada desde la mañana. Miró de reojo a Naia, la niña seguía allí, pequeña, inquieta con los dedos entrelazados sobre las piernas y una expresión a medio camino entre la curiosidad y algo que empezaba a parecerse a la preocupación.

—Vamos —dijo al fin, con suavidad.

Subieron en silencio mientras el ascensor marcó cada piso con un pitido demasiado claro, demasiado presente. Naia balanceaba el pie y su madre respiraba más lento de lo normal.

Cuando entraron en el apartamento, el aire familiar, ese que olía a hogar y a rutina, no logró disipar la tensión que flotaba entre ellas.

Naia dejó la mochila en el sofá, Althea dejó las llaves en el mueble de la entrada y se miraron.

—Ven —indicó Althea, señalando el sofá.

La pequeña obedeció, trepando con ese movimiento ágil que tenía desde siempre. Se sentó con las piernas dobladas, mirándola con atención absoluta. Althea tardó un poco más en sentarse porque no sabía por dónde empezar.

—Naia… —comenzó, despacio—. Lo que hiciste con el video… —La niña bajó la mirada un instante.

—¿Está muy mal? —preguntó en voz bajita y Althea sintió el pinchazo.

Ahí estaba el equilibrio difícil.

—Está… mal hecho —corrigió con cuidado—. Pero no porque tú seas mala.

—¿Entonces?—Naia alzó la vista.

—Entonces… —Althea se inclinó un poco hacia ella—. Es porque hiciste algo sin entender lo que puede pasar después.

—Pero yo solo quería ayudarte… y te lo dije antes —La niña frunció el ceño, confundida.

—Lo sé —respondió de inmediato—, y eso es lo más importante. Sé que lo hiciste con amor y que no te estaba prestando la debida atención y no entendí bien lo que me decías por lo que te pido disculpas. Nos hubiéramos evitado todo esto, pero estaba tan concentrada en el trabajo que te descuidé. —Naia asintió, un poco más tranquila.

—Es que tú no tienes novio —añadió, como si eso lo explicara todo—, también trabajas mucho y eso no está bien. —Althea parpadeó.

—¿No está bien?

—No —afirmó con total convicción—. Porque necesitas que alguien te abrace… y que cocine. Sobre todo que cocine, tu comida no es muy rica. —A Althea se le escapó una pequeña risa, pese a todo.

—Eso no es exactamente así…

—Sí es —insistió Naia—. Tú trabajas mucho y comes cosas raras.

—No son raras —protestó ella—. Son prácticas.

—Son tristes —corrigió la niña con sinceridad demoledora. Ella negó con la cabeza, intentando no sonreír demasiado.

—Escúchame —retomó, suavizando el tono—. El problema no es que quieras ayudarme. El problema es cómo lo hiciste.

—¿El video? —Naia ladeó la cabeza.

—Sí. Cuando subes algo a internet… no sabes quién lo va a ver.

—Mucha gente —respondió la niña, como si fuera obvio—. Esa era la idea.

—Exacto —dijo Althea—. Demasiada gente —se inclinó un poco más, buscando su mirada—, y entre toda esa gente hay personas buenas, pero también hay personas que no lo son. —Naia parpadeó.

—¿Como los villanos de las películas?

—A veces ni siquiera parecen villanos —explicó Althea—. A veces parecen amables, dicen cosas bonitas, pero no siempre son quienes dicen ser. —La niña se quedó pensando.

—Pero el que cocina sí parece bueno. —Althea cerró los ojos un segundo.

—Naia… no lo conocemos.

—Yo sí —replicó, señalándose—. Me dijo que hace tartas.

—Eso no es conocer a alguien —respondió con paciencia—. Eso es… una conversación.

—Una buena conversación —añadió la niña, convencida y su madre dejó escapar el aire.

—Mira… —intentó de nuevo—. ¿Tú hablarías con alguien en la calle que no conoces? —Naia dudó.

—Depende.

—¿Depende de qué?

—De si tiene dulces —respondió sin titubear y Althea se llevó una mano a la frente.

—Eso es exactamente lo que no debes hacer.

—Pero si son de chocolate…

—Naia. —La niña se encogió un poco, pero no dejó de sonreír.

—Estoy aprendiendo —murmuró mientras su madre suspiró, conteniendo una sonrisa.

—Internet es como una calle muy grande —explicó—. Mucho más grande que cualquier otra. Tú no puedes hablar con cualquiera allí, igual que no lo harías en la vida real.

—Entonces… —Naia bajó la mirada hacia sus manos—, ¿no puedo hablar con el que cocina?




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