Traviesa representante amorosa

5. Lo correcto

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«Hablar con un niño no es bajar a su nivel, es aprender a mirarlo a los ojos.» —Anónimo

El timbre sonó justo cuando Althea estaba abriendo un paquete de pasta con más fuerza de la necesaria.

—Ya voy… —murmuró, aunque no había nadie más que pudiera escucharla.

Naia, que estaba sentada en el suelo con sus muñecas organizadas en una especie de reunión importante, levantó la cabeza como si aquel sonido hubiera activado un resorte invisible dentro de ella.

—¡Yo abro! —anunció, y salió corriendo antes de recibir permiso.

Althea suspiró, pero no la detuvo. Había aprendido que algunas batallas eran inútiles, y otras, simplemente, no valían la pena. Desde la cocina, alcanzó a escuchar el clic de la puerta y, un segundo después la voz emocionada de su hija.

—¡Tina! —El grito vino cargado de alegría, seguido del sonido de pasos apresurados y un choque de cuerpos.

—¡Mi reportera favorita! —respondió Martina con una risa abierta—. Ven acá, terremoto.

Althea asomó la cabeza justo a tiempo para ver cómo Naia prácticamente se lanzaba a sus brazos, rodeándole el cuello con las manitos abiertas, apretando como si no la hubiera visto en semanas.

—¡Llegaste! —exclamó la niña—. ¡Tienes que quedarte! Hoy pasó algo importante. —Martina arqueó una ceja, divertida, mientras la alzaba un poco.

—¿Ah, sí? ¿Más importante que tu tía favorita? —Naia sonrió, nada culpable.

—Eres mi tía favorita por eso quiero contarte —Althea negó con la cabeza desde la cocina.

—Pasa —dijo, señalando con la barbilla—. Antes de que decida contarte toda la historia a su manera.

—Demasiado tarde para eso —replicó Martina, entrando con la niña aún colgada de ella—. Ya soy una espectadora informada.

Se acercó y, sin soltar a Naia, inclinó el cuerpo para darle un beso rápido en la mejilla a Althea.

—Hola, arquitecta famosa.

—No empieces —gruñó Althea, volviendo a la encimera.

Martina dejó a Naia en el suelo con cuidado.

—Ve a jugar un ratito, espía oficial —le guiñó un ojo—. Las adultas tenemos que conspirar.

—Yo también soy adulta en entrenamiento —protestó la niña.

—Y muy avanzada —concedió Martina—, pero esta misión es nivel experto. —Naia dudó, lo pensó un momento y finalmente regresó a su improvisado mundo de muñecas, aunque con una oreja claramente atenta.

Martina se sentó en uno de los taburetes de la cocina, cruzando una pierna sobre la otra, observando todo con atención. La calma que se sentía era algo raro, pensó encontrarse a su amiga histérica, desesperada. Eso era lo raro.

—¿Por qué todo está… normal? —preguntó, bajando la voz—. Yo esperaba lágrimas, gritos, un exorcismo… algo.

—Ya pasamos por la fase de shock. —Althea soltó una pequeña risa sin humor.

—¿Y ahora?

—Ahora estoy intentando ser una madre responsable.

—Siempre has sido una madre responsable —murmuró Martina. Desde que no pudiste contactar al donador de esperma, te sumergiste en la tarea y nunca lo has hecho mal. —Althea dejó el cuchillo sobre la tabla y apoyó las manos en la encimera.

—Hablé con ella —dijo—. Le expliqué los riesgos, lo de los extraños, lo del video… todo.

—¿Y? —Martina la observó con más seriedad.

—Entendió… a su manera.

—¿Traducción?

—Sigue pensando que el chef es buena opción porque no se enoja, hace tartas y no sé qué con carita feliz. —Martina soltó una carcajada.

—Bueno, tiene criterio.

—No la ayudes. —Althea le lanzó una mirada.

—No la estoy ayudando —se defendió, divertida—. Solo digo que, entre los cientos de idiotas que deben haber escrito ese ya destaca. —Althea negó con la cabeza y señaló la laptop que descansaba abierta sobre la encimera.

—Estoy revisando los mensajes —explicó—. Anoche puse el celular en modo avión y esta mañana fue un caos.

—¿Cuántos? —Martina se inclinó un poco, interesada.

—Demasiados.

La pantalla terminó de encenderse y ambas se acercaron. El icono de notificaciones parecía multiplicarse.

—Madre mía… —susurró Martina—. Esto es peor de lo que imaginé.

Althea no respondió, solo empezó a revisar uno por uno. Abría, leía rápido, borraba y bloqueaba.

«Tengo 45 pero parezco de 30»… bloqueado.

«Busco esposa joven y responsable»… bloqueado.

«Mi mamá dice que soy buen partido»… bloqueado.

—Internet nunca decepciona. —Martina se cubrió la boca para no reír demasiado fuerte.

—Internet es un error —replicó Althea, sin levantar la vista. El proceso continuó varios minutos. Era monótono, mecánico hasta que se detuvo—. Espera… —dijo observando el chat recién abierto.




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