🩷 6. La invitación 🩷
«A veces, una conversación sincera puede proteger más que mil reglas.» —Anónimo
El pequeño indicador de escribiendo… desapareció otra vez para luego volver.
Martina, sentada junto a Althea frente a la laptop, entrecerró los ojos como si estuviera viendo el desenlace de un thriller en vivo.
—Esto está más intenso de lo que esperaba —murmuró.
—Es un chat, Tina. Solo un chat.
—Díselo a tu cara.
Althea ignoró el comentario, aunque sabía perfectamente que su amiga tenía razón. Estaba demasiado tensa para alguien que solo pretendía agradecer un mensaje y bloquear a un desconocido después.
Entonces llegó un nuevo mensaje. Las dos se inclinaron casi al mismo tiempo hacia la pantalla.
Hola otra vez.
Antes que nada, gracias por responder.
Perdone si no contesto demasiado rápido. Este horario en el restaurante es una locura y escribir entre pedidos suele terminar en desastres culinarios.
Solo quería decirle que me preocupó bastante ver a Naia tan expuesta en redes. El video es probablemente lo más honesto y adorable que he visto en internet… pero sigue siendo internet.
Intenté manejar la conversación con cuidado porque es una niña muy dulce.
Si le parece bien, podemos hablar un minuto por teléfono. Creo que es más fácil que escribir mientras estoy trabajando.
Le dejo mi número por si quiere llamarme. Si no le resulta cómodo, no se preocupe. En las mañana estoy mucho más libre y podemos hablar por aquí con calma.
—Bueno… sabe escribir. —Martina soltó un silbido bajo.
—Eso no significa nada —protestó Althea.
—También parece funcionalmente adulto —agregó con malicia.
Althea siguió leyendo el mensaje en silencio. Había algo extrañamente tranquilo en el tono de Theo que le resultaba relajante. No eres invasivo ni insistente. Ni tan siquiera parecía estar intentando coquetear, solo… preocupado.
—No voy a llamarlo —dijo finalmente, apartándose un poco de la encimera—. Mañana le respondo por chat y ya está. Es lo correcto.
Martina la observó como si acabara de escuchar la decisión más aburrida del mundo.
—¿Correcto según quién? —refutó molesta.
—Según cualquier persona con sentido común.
—Ay, por favor. El hombre intentó contactar contigo desde el principio, habló con cuidado a tu hija y hasta te sugirió no seguir escribiendo porque estaba trabajando. Eso ya lo pone por encima del noventa por ciento de la población masculina.
—Tina…
—Además —continuó, ignorándola—, no pierdes nada. Si te incomoda, lo bloqueas igual que a los otros raritos del internet. —Althea suspiró miró la pantalla y luego volvió a mirar el número.
No sabía exactamente qué la hacía dudar tanto. Quizá porque aquello empezaba a sentirse demasiado real porque hasta hacía unas horas todo era solo un video absurdo subido por su hija y ahora estaba considerando llamar a un hombre desconocido que hacía tartas y respondía con demasiada educación.
—No deberíamos —murmuró.
—Precisamente por eso deberíamos hacerlo —replicó Martina, apoyando los codos sobre la encimera—. Y así escuchamos cómo habla. Eso dice mucho de la gente.
—¿Escuchamos?
—Claro. Yo soy apoyo emocional y sistema de seguridad. Así minimizamos el riesgo —Althea soltó una risa corta.
—Eres insoportable.
—Pero útil y me amas.
En la sala, Naia seguía jugando con sus muñecas completamente ajena… o fingiendo estarlo.
—La princesa necesita un chef —murmuraba para sí misma mientras acomodaba una tacita de plástico.
Martina señaló discretamente hacia la niña.
—Mírala. Ya hizo casting y todo.
Althea se cubrió los ojos un segundo, después tomó el teléfono.
—Voy a arrepentirme de esto.
—Posiblemente —aceptó Martina con entusiasmo—. Marca ya.
El tono sonó tres veces entonces una voz masculina respondió del otro lado.
—Buenas noches.
La voz era cálida, grave y tenía algo relajado que contrastaba demasiado con el caos que seguramente describía el restaurante detrás de él. Se escuchaban platos, voces, movimiento… y aun así, Theo sonaba tranquilo.
Althea tardó un segundo en reaccionar.
—Hola… soy Althea. La mamá de Naia. —Hubo una pausa breve.
—¡Oh! —exclamó y después una pequeña risa suave—. Hola. Gracias por llamar.
No parecía sorprendido, tampoco incómodo y eso, de alguna manera, la puso más nerviosa.
—Solo quería agradecerle por cómo manejó la conversación con mi hija —dijo, intentando mantener un tono práctico—. Pudo haber sido una situación desagradable y usted actuó con responsabilidad.