🩷 7. Pequeña fisgona 🩷
«El corazón empieza a abrirse mucho antes de que la razón lo admita.» —Anónimo
Althea giró apenas la cabeza hacia la sala y encontró a Naia medio arrodillada sobre la alfombra, abrazando una muñeca contra el pecho con una expresión sospechosamente y demasiado atenta.
Martina empezó a mover las manos frenéticamente, señalándole el teléfono, luego a ella y finalmente levantando ambos pulgares como una animadora profesional del caos.
—Dile que sí —susurró exagerando cada sílaba aunque sin emitir sonido.
Althea le lanzó una mirada fulminante que no produjo ningún efecto en su amiga.
—¿Sigue ahí? —preguntó Theo del otro lado, divertido.
—Sí… perdón. —Se aclaró la garganta, intentando recuperar el hilo de la conversación—. Es solo que… esto es un poco extraño.
—Créame, que para mí también lo es —respondió él con una risa suave—. No todos los días una niña me entrevista en internet para convertirme en candidato oficial a novio de su madre.
Eso le arrancó a la mujer una sonrisa involuntaria, pero suficiente para que Martina abriera los ojos como si acabara de presenciar un milagro.
—No se emocione —murmuró Althea más para su amiga que para Theo.
—¿Perdón?
—Nada. —Negó rápidamente formándose un pequeño silencio cómodo al otro lado. Y eso era lo más desconcertante porque Althea no solía sentirse cómoda con desconocidos.
—Podemos dejarlo solo en una conversación —añadió Theo entonces, bajando un poco el tono—. Sin presión. Entendería perfectamente si prefiere no hacerlo.
Martina abrió la boca indignada y empezó a hacer gestos desesperados de no te atrevas a rechazarlo. Althea respiró hondo.
—No… no es eso. —Se mordió apenas el interior de la mejilla antes de continuar—. Acepto el café.
Martina dio un saltito silencioso en el taburete y levantó los brazos como si acabaran de anunciarle que había ganado la lotería. Naia las observó con una sonrisa y Althea le apuntó con el dedo en señal de advertencia sin apartar el teléfono de la oreja.
—Pero… —añadió rápidamente— Naia no irá conmigo está vez. —El silencio del otro lado fue breve.
—Entiendo —respondió Theo con calma aliviando una tensión que ella ni siquiera sabía que tenía acumulada.
—Espero que no se lo tome a mal —continuó Althea—. No nos conocemos y… después de lo que ha pasado no quiero a exponerla tan rápido. Quiero ser cuidadosa con ella.
Martina dejó de bromear un segundo y la observó con una pequeña sonrisa. Porque ahí estaba Althea de verdad: firme, protectora, intentando hacer todo bien incluso cuando no sabía exactamente qué estaba haciendo.
Theo tardó apenas un instante en responder.
—Me parece completamente razonable. De hecho… me tranquiliza que piense así. —Althea parpadeó un momento, no esperaba eso—. Además —continuó él con ligereza—, probablemente sea mejor que primero confirme que no soy un asesino serial aunque mi única obsesión son los postres perfectos. —Martina soltó una carcajada y Althea tuvo que cubrirse la boca con la mano para no reír también.
—Eso ayuda muchísimo, claro.
—Intento dar confianza.
—Pues su estrategia necesita ajustes.
—Anotado.
Del otro lado volvió a escucharse movimiento, platos, voces apresuradas y el sonido metálico de algo cayendo.
—¡Manolo, cuidado! —se escuchó a Theo antes de volver al teléfono—. Perdón… otra vez.
Y allí estaba otra vez esa sensación extraña para Althea que incluía validez, vida y caos, todo lo contrario a su rutina perfectamente estructurada —Para que se sienta más cómoda —añadió Theo— puede ir acompañada si quiere. De verdad no me molestaría.
—Yo, yo, yo. —Martina levantó la mano tan rápido que casi se golpeó sola.
—Tina… —Althea la miró horrorizada.
—¿Qué? Soy apoyo moral.
—Eres el equipo del chisme.
—También. —Theo soltó una risa baja al escuchar aquello.
—Definitivamente debería llevarla —comentó divertido—. Ya me cae bien.
—No la anime —protestó Althea.
—Demasiado tarde —susurró Martina orgullosa.
Althea terminó suspirando, absurdamente consciente de que estaba organizando una cita que no quería llamar cita.
—¿Domingo? —preguntó Theo entonces—. ¿Diez de la mañana? —Ella dudó apenas un segundo antes de asentir, aunque él no pudiera verla.
—Está bien.
—Perfecto. Hay un café bonito en la zona sur. Bastante tranquilo… y prometo que hacen mejor café que yo.
—Eso sería preocupante siendo chef.
—Oiga, yo hago comida tradicional un poco gourmet. La cafeína es otro departamento. —La sonrisa volvió a los labios de ella antes de que pudiera evitarlo.
—Está coqueteando —susurró Martina llevándose una mano dramáticamente al pecho. Althea le lanzó una servilleta arrugada que su amiga esquivó riéndose.