Traviesa representante amorosa

8. Malas influencias

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«La vida no se trata de esperar a que pase la tormenta, sino de aprender a bailar bajo la lluvia.» —Vivian Greene

—¿Qué? ¡Pero yo soy la que lo encontró! —protestó nuevamente Naia llevándose una mano al pecho como si acabaran de traicionarla de la peor manera posible.

—Y precisamente por eso no irás —respondió Althea con firmeza mientras dejaba el teléfono sobre la encimera—. Primero lo conoceré yo.

—Pero mami…

—No hay negociación.

La pequeña abrió la boca, lista para seguir protestando, pero en ese instante un olor extraño comenzó a extenderse por el apartamento. Martina frunció la nariz primero.

—Eh… ¿eso debería oler así? —Althea parpadeó, luego giró lentamente la cabeza hacia la cocina.

—¡La pasta! —salió disparada hacia la estufa justo cuando una pequeña nube gris comenzaba a elevarse desde la olla.

—¡Está muriendo! —gritó Naia horrorizada.

—¡Apaga eso antes de que evacuemos el edificio! —añadió Martina entre carcajadas.

Althea apagó la hornilla con rapidez y levantó la tapa. El humo salió directo hacia su rostro obligándola a apartarse tosiendo.

—Perfecto. Perfecto. Maravilloso —dejó la cuchara sobre la encimera con dramatismo—. Todo mi esfuerzo quemado.

—Theo jamás habría permitido esto —asrguró Martina soltando una carcajada abierta.

—No lo conoces —Althea giró tan rápido que casi la atraviesa con la mirada.

—Es que el contraste es demasiado fácil, él es chef y a la cocina no es lo tuyo.

Naia se acercó a la olla y miró dentro con absoluta decepción.

—Sí quedó triste. —La niña suspiró—. Mami… creo que esto ya no se puede salvar.

—Lo noté, cielo.

Martina se bajó del taburete todavía riéndose y abrió el refrigerador como si fuera dueña del lugar.

—Bien. Propongo una solución civilizada antes de que intentemos comer cemento quemado.

—No voy a cocinar otra vez.

—Excelente porque tampoco quiero morir hoy. Pidamos pizza.

—¡Sííí! —gritó Naia dando salto saltos.

—No celebren tanto mi fracaso culinario —se quejó Althea apoyándose en la encimera.

—No es un fracaso —dijo Martina muy seria—. Es una oportunidad para apoyar negocios locales.

—Eso sonó demasiado periodístico.

—Gracias.

—¡Con extra queso! ¡Y palitos! ¡Y refresco! —Naia continuaba brincando alrededor de ambas.

—Definitivamente no eres tú quien paga las cuentas —murmuró su madre.

—Pero es tu inspiración —agragó Martina señalando a la niña.

—Tienes un punto válido. —afirmó Althea que terminó soltando una risa cansada—. Bien. Pizza. —Naia levantó los brazos victoriosa.

—¡La mejor noche de la historia!

—Eso es un poco triste considerando tus estándares —comentó Martina.

—No, porque además mamá encontró novio cocinero. —Althea casi se atragantó con su propia respiración al escuchar a su hija.

—¡No tengo novio! —protestó su madre. La niña las observó con expresión sabia.

—Todavía.

Martina tuvo que girarse para ocultar la risa mientras Althea se cubría el rostro un segundo.

Definitivamente su hija era un problema, uno adorable… pero problema al fin.

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Media hora después, tres cajas de pizza ocupaban la mesa de centro de la sala. Naia estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas mientras Martina le enseñaba a hacer periodismo de investigación importante, que aparentemente consistía en interrogar muñecas sospechosas.

—¿Dónde estaba usted la noche del incidente? —preguntó Martina sosteniendo una Barbie despeinada como si fuera detective.

—¡Yo no robé el pastel! —respondió Naia con voz dramática usando otra muñeca.

—Miente. Tiene cara de ladrona de postres.

—Objeción —intervino la niña—. Mi clienta es inocente.

—¿Desde cuándo eres abogada?

—Desde hace cinco minutos.

Althea observaba la escena desde el sofá con una copa de vino entre las manos. La risa de Naia llenaba el apartamento y Martina, como siempre, lograba convertir cualquier desastre en algo llevadero.

—Amiga eres mala influencia —comentó Althea.

Su mirada terminó desviándose sola hacia el teléfono apoyado sobre la mesa. La conversación con Theo seguía abierta con la dirección del café que ya había llegado. para el domingo diez de la mañana. Sintió un pequeño vuelco incómodo en el estómago.

—Oh, no… ya está pensando demasiado —dijo Martina sin levantar la vista de la pizza.

—No estoy pensando demasiado.




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