Traviesa representante amorosa

10. Expectativa

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«La comida es un lenguaje universal que habla directo al corazón.» —Giada De Laurentiis

Desde el instante en que cruzó la puerta, Althea sintió algo extraño.

No era exactamente nerviosismo… tampoco incomodidad. Era una sensación más sutil, una especie de inquietud cálida que se le acomodó en el pecho apenas escuchó aquella voz salir desde la cocina.

Se dijo a sí misma que aquello no significaba nada.

—¿Por qué tienes esa cara? —preguntó Martina apenas cruzaron el salón principal.

—¿Qué cara?

—Esa, dímelo tú.

—Estás obsesionada con analizarme.

—Y tú haces demasiado de material de estudio.

Althea ignoró el comentario mientras observaba el lugar con más atención. Había mesas de madera oscura, lámparas cálidas colgando del techo y pequeñas plantas distribuidas por las repisas. Todo tenía una estética imperfecta pero acogedora, como si nada hubiera sido diseñado para impresionar y aun así funcionara perfectamente.

El restaurante estaba lleno sin sentirse ruidoso. Habían personas conversando, risas suaves. Los cubiertos chocaban y el aroma de especias flotaba en el aire.

Ahora entendía por qué aquel sitio se resistía tanto a desaparecer.

—Buenas tardes. —Un camarero joven apareció con una sonrisa amable—. ¿Mesa para dos?

—Sí, por favor —respondió Martina antes de que Althea pudiera quedarse observando el lugar como la arquitecta que era.

Las condujo hacia una mesa junto a uno de los ventanales. Desde allí podía verse parte de la cocina abierta y el movimiento constante del personal.

—¿Primera vez en La esquina de Theo? —preguntó el camarero mientras dejaba las cartas.

—¿Se nota mucho? —bromeó Martina.

—Solo un poco. —El muchacho sonrió—. Hoy tenemos menú mexicano. Cada día trabajamos la gastronomía de un país distinto. Es una de las ideas del chef para que la gente viaje sin salir de la ciudad. —Martina abrió mucho los ojos.

—Eso es adorable.

—Eso es marketing inteligente —corrigió Althea automáticamente mientras hojeaba la carta. —El camarero soltó una pequeña risa.

—El chef diría que son ambas cosas.

La carta estaba escrita a mano sobre un diseño sencillo pero elegante. Había tacos de cochinita pibil, enchiladas, sopa azteca, tamales y hasta postres típicos reinterpretados con un toque moderno.

—Esto es demasiado elaborado para un viernes cualquiera —murmuró Martina impresionada.

—La idea es que ningún día sea cualquiera —respondió el camarero con evidente orgullo.

Althea levantó apenas la vista ahí estaba otra vez esa sensación provocada por el cariño con el que hablaba del lugar. Como si el restaurante fuera una persona más.

Pidieron comida después de varios minutos de indecisión porque Martina quería probar literalmente todo el menú y Althea seguía observando detalles.

Miraba las paredes y la iluminación. Observó la distribución de las mesas y la circulación del personal.
La puerta abierta permitió percibir la integración de la cocina abierta con el salón principal.

Sin darse cuenta, terminó sacando una libreta pequeña de su bolso. Martina la observó horrorizada.

—¿Viniste a almorzar o a auditar el edificio?

—Estoy trabajando, lo sabes.

—Estás teniendo una cita secreta con la arquitectura.

—La arquitectura nunca decepciona.

—Eso es tristísimo.

El camarero regresó con bebidas y encontró a Althea escribiendo observaciones mientras miraba alrededor con atención quirúrgica.

—¿Todo bien? —preguntó amablemente.

—Perfecto —respondió ella—. Solo estoy tomando algunas notas. Espero no incomodar.

El muchacho parpadeó apenas un instante. Su pensamiento giró alrededor de lo que ella hacía, sus notas, sus miradas analíticas. Pudo ver su observación constante sumada a preguntas detalladas.

—Entiendo…, no hay problema —murmuró lentamente.

Martina notó la expresión enseguida y tuvo que morderse el interior de la mejilla para no reír.

—¿Sucede algo? —preguntó inocentemente.

—No, no. Todo perfecto. —El camarero sonrió con profesionalidad impecable—. Espero que disfruten la experiencia.

En cuanto se alejó, Martina se inclinó sobre la mesa.

—Te confundió con crítica gastronómica.

—No seas ridícula.

—Althea, literalmente estás tomando apuntes mientras observas la cocina como agente encubierto.

Ella abrió la boca para protestar… pero luego miró la libreta.

En la cocina, la tensión empezó a crecer lentamente.

—La de la mesa siete sigue escribiendo —informó el camarero apenas cruzó las puertas.




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