Trazando el cielo

Capítulo 1

Siempre tienes que ser el número uno.

Era lo que me repetía mi madre todos los días. Aún no entiendo por qué. Porque a pesar de cuánto me esfuerce termina siendo en vano.

Espero no volver a escuchar esa frase jamás, espero poder cambiar mi vida.

Mi nombre es Leonardo y soy un fracasado.

Tomé el primer autobús que salía temprano de la ciudad para irme lo más lejos de aquí. Creo que fue una decisión cobarde pero no me voy a dar la vuelta, no para volver allí...

Solo traje lo necesario, trabajaré y empezaré a conseguir dinero para mis gastos. Pienso que me irá mejor que en casa.

Llevo días planeando esto, no puedo creer que en serio lo haya hecho.

Investigue en un sitio de internet, una pequeña granja que está en un pueblo algo lejos de aquí. Mi madre no sabe nada de esto.

Veo que ya está amaneciendo, a esta hora debería estar despierto para ir a la escuela. Tal vez ya se dió cuenta.
Cambié mi número de teléfono. Lo que me pesa es que no veré a mi hermano menor por un tiempo, lo voy a extrañar.

Pero pienso que este será un buen cambio. Espero poder verlo pronto, el no tiene la culpa de nada.

Después de unas horas la luz del sol me encandila en la cara, trato de cerrar las cortinas. Al hacerlo veo que ya voy llegando al lugar.
Abro la ventana y siento el aire chocar contra mí. Los niños juegan y corren con alegría cerca del prado. A lo lejos puedo ver una pequeña corriente de agua que lleva a un río.
El sol brilla fuerte, los árboles son enormes, el pastizal está muy bien cuidado, todo se ve hermoso.

Sin duda será un buen lugar para vivir.

Llego a la central de autobuses y ansioso bajo con la mochila en mano.
El aire aquí es más fresco que en la ciudad.

Saco mi teléfono para ver la dirección pero no hay buena señal, miro a mi alrededor y me acerco a una señora que cuidaba un puesto de dulces.

—Buen día. ¿Me podría ayudar?

—Claro niño, dime lo que necesites.

—Me acabo de mudar aquí. Busco una pequeña granja que se encuentra al norte, el dueño se llama Felipe.

—¡Ah! ¿Vas con Felipe? Pero ese es un señor amargado. ¿Eres su nieto?

—Eh... No. Voy a trabajar con el unos días.

—Claro, a ver cómo te va. Felipe se encuentra detrás de aquella montaña.

—¿Tan lejos? Bueno, gracias.

—Anda ve.

Al parecer tendré que caminar bastante, no estoy muy acostumbrado a la actividad física. Pero haré un esfuerzo.

Comienzo a caminar hacia la montaña, creía que sería muy cansado, pero hay bastante sombra y el aire es fresco. Claro, aún no llego a la parte empinada de la montaña.

Las corrientes de agua que pasan a mi lado producen un sonido muy agradable, me siento en paz escuchandolo.
Veo conejos pasar por aquí, aunque se van al escucharme. Tal vez porque soy yo quien está invadiendo su espacio.

Ya me estoy empezando a cansar y no veo nada a mi alrededor más que árboles. Llevo tiempo caminando, tanto así que ya está atardeciendo.

¿No me tendré que quedar a dormir aquí verdad? ¡Me va a comer un animal!
No... Tranquilo, si llegaremos.

Despues de un rato al fin llego al lugar, es una granja con una pequeña cabaña. Suelto mi mochila cerca de unos troncos de madera y subo a la punta de la montaña.

La vista es hermosa, abajo puedo ver a dónde llegue, vaya que camine.
El lugar está despejado, creo que será un buen lugar para distraerme un rato.

Pero ya... Aún no he llegado con el señor Felipe, debe estar esperándome.

Bajo de la montaña y me dirijo a la granja.

No voy a mentir que tengo un poco de nervios, siquiera de tocar la puerta.

—Bien... Aquí voy.

Antes de tocar la puerta, está ya se había abierto. Un señor salió a recibirme.

—¿Tu debes ser Leo verdad?

—Si, ¿Y usted es el señor Felipe?

—Así es niño. Anda, pasa. Ya esta oscureciendo.

Entro a la casa después de él, se ve acogedora aunque no voy a mentir que me da algo de miedo. Me siento como en la típica casa de terror donde en vez de luces LED utilizan velas para iluminar la casa.
Pero esto es la realidad así que no creo que algo así vaya a pasar.

—¿Estuvo pesado el viaje?

—No lo sentí, me quedé dormido.

—Claro. Ven, te muestro dónde te quedarás.

Sigo al señor Felipe, la casa es pequeña. Me lleva hacía una pequeña habitación al fondo.

—Aquí te quedarás. En la nevera hay leche, solo hay eso por el momento. Si la quieres calentar prende el fogón.

—Ah... Si gracias.

—Me voy, cualquier cosa voy a estar afuera cortando leña.

El señor Felipe se va y me quedo solo.
El cuarto es pequeño y huele un poco a humedad.

Espero que esto no me de alergia.

Saco mis cosas y las acomodo.
Al sacudir la cama suelta mucho polvo, toda la habitación está así.

Necesito una escoba. ¿Dónde las tendrá el señor Felipe?

Salgo de la habitación y camino hacia un pequeño cuarto. En el hay equipos de mantenimiento, cosas de limpieza y unos cachivaches.

Si, definitivamente me dará alergia.

Tomo la escoba y voy de nuevo a mi habitación.

Después de un rato salgo y me dirigo a la cocina. Es pequeña, de hecho todo aquí es pequeño. Pero es lo suficientemente grande como para vivir.

Esta cocina me recuerda a la casa de la abuela, no había nada mejor que sentarse a la mesa a desayunar chocolate caliente con pan.

Y esta debe ser la nevera, es muy pequeña.

Tomo la jarra que está dentro de la nevera y la pongo sobre la mesa.

Está no está en caja o galón, me siento con un tonto aquí.

Miro a los lado y me encuentro con el fogón en la esquina de la cocina. Me acerco a él y lo examino.

Sí... No sé hacer nada.

Tomo una taza del trastero de madera y me sirvo un poco de leche.

Creo que la tomaré fría, mañana le preguntaré cómo encender esto.

Meto nuevamente la jarra en la nevera y voy hacía mi cuarto con el vaso en la mano. Me siento en la cama y tomo un sorbo de leche.



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En el texto hay: aventura, juveni

Editado: 06.04.2026

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