Trazos que nunca pude borrar

2. Turno inesperado

Esa misma tarde me tocaba trabajar en el bar de mis padres. No está muy lejos de donde vivo, así que fue una buena opción al aceptar.

Como siempre, al entrar, huele a café y la televisión está demasiado alta, eso causa que los clientes hablen casi gritando. No es una molestia para mí, pero sí para Gia, mi compañera y fiel amiga. Gia siempre se estresa mucho con el ruido, pero creo que ya está acostumbrada.

Voy al vestuario de trabajadores, una vez allí me saluda Karl. Es alto y delgado, encorvado, con gafas gruesas, el pelo despeinado, con una actitud nerviosa y torpe. Es un buen tío, aunque no hablamos mucho entre nosotros, solo por temas del trabajo.

— Hay, ¿Cómo va todo, Vega? — me saludo amablemente con una sonrisa en la cara.

— Bien, un día muy cansado en la universidad, ya sabes, no es como lo pintan los de ciencias. — Dije yo con un tono humorístico.

— Calma fiera, que yo estudio ciencia. — Dijo él, riendo.

Karl estudiaba informática. Sí, sé que es mucho más complicado que bellas artes, pero al fin y al cabo, él no creo que se tenga que afrontar a un miedo constante.

Di por acabada la conversación y fui directa a la barra.

— Vega, hoy hay mucho trabajo como puedes observar — dijo mi padre mientras preparaba un par de cafés. — Como sabes Lauren, hoy se ha cogido baja de maternidad, así que te tocara cubrir también su parte, lo siento cariño.

No me importaba, Lauren era una chica unos años mayor que yo, y aunque estuviera presente en el bar, siempre nos tocaba a Gia, Karl y a mí cubrir sus mesas.

— De acuerdo, papa. — Le di un sutil abrazo como saludo. — ¿Qué mesas me tocaría cubrir y que han pedido cada una? — Le pregunte para ir avanzando faena.

—Claro, Vega —respondió mientras revisaba la libreta—. Te tocan las mesas del fondo: la tres pidió dos cafés con leche y una tostada, la cuatro quiere un menú del día y en la cinco esperan unas cañas y una ración de bravas. Date prisa, que ya llevan un rato esperando.

Me puse en marcha con todo lo que me había pedido mi padre. Primero fui a dejar los cafés y la tostada en la mesa tres, después fui a la mesa cuatro a dejar el menú del día y por último a la cinco les di unas cañas y patatas bravas.

Nunca había hecho eso tan rápido, me sorprendí a mí misma. Fui directa a tomar nota a unos clientes que acababan de entrar, querían cafés y alguna ración de pastel de chocolate hecho por nosotros, bueno, más bien mi madre, ella era la encargada de dirigir la cocina, así es como lo dice ella, ya que es la única que entra ahí.

Estaba detrás de la barra metida en mis pensamientos esperando a que algún cliente necesitara ser atendido, cuando de repente un choque de cadera me despisto. Era Gia que acababa de llegar, como siempre, iba con una sonrisa radiante en la cara y sus rizos indomables recogidos en un moño bien alto.

— ¿Cómo está mi camarista hoy? — Me dijo alegremente con el mote que se inventó para mí con las palabras camarera y pintora.

Gia era una chica que parecía irradiar energía propia; sus ojos brillaban con una mezcla de travesura y amabilidad, y su risa contagiosa llenaba cualquier rincón donde estuviera. Tenía un estilo despreocupado, pero encantador: sus rizos rebeldes siempre escapaban del moño, y su forma de moverse transmitía seguridad y simpatía a partes iguales. Aunque tenía mi edad, había en ella una madurez sutil, un equilibrio entre diversión y atención al detalle que hacía que todos los que la conocían se sintieran cómodos a su alrededor.

— Un poco sin más, aparte de que Scarlett me metiera un poco de bronca, nada más. — Le dije yo sin dar muchos detalles de mi dia.

— ¿Segura? — Me pregunto con una cara traviesa.

— Bueno....

— ¿Bueno.....?

— Puede que haya visto al amor de mi vida hoy. — Le dijo yo sin darle mucha importancia, ya que solo me parecía atractivo, no lo conocía.

— Ayyyyy — Chillo ella dando saltitos. — ¿Cómo es Vega? ¡¿CÓMO ES?!

—Bueno... —dije, intentando mantener la calma mientras mi mirada se escapaba un instante hacia él otra vez—, es... alto, con una postura que te hace notar que cuida su cuerpo sin esfuerzo. Tiene los hombros anchos y los brazos fuertes, pero no exagerados; todo en él parece equilibrado, natural. Su piel tiene un tono cálido que casi invita a rozarla, y ese tatuaje en la cadera... bueno, te hace imaginar cosas.

—Ayyyyy, —chilló Gia dando saltitos—. ¡Eso suena muuuy interesante! ¿Y su cara? ¿Cómo es su cara?

—Tiene una mirada... intensa, —le dije, sintiendo un cosquilleo extraño—. Como si pudiera verte más allá de lo que muestras. Y la sonrisa... una de esas que te hace querer saber qué está pensando, aunque no te lo diga.

—Ooooh —suspiró Gia, llevándose las manos a la boca—. ¡Vaya, vaya, vaya! ¡Eso sí que suena a amor a primera vista!

—No sé si amor... —reí suavemente—, pero definitivamente alguien que no vas a olvidar fácilmente si te lo follas.

La conversación fue interrumpida por un grupo de amigos que intentaban ligar con nosotras mientras pedían unos cafés y pastelitos.

— Qué bueno está el de negro, ¿verdad? — Dijo ella embobada. — Bueno, siguiendo con lo de antes, ¿cómo puedes pensar cosas así si nunca has estado con un hombre? ¿Hay algo que no me hayas contado, Veguita?— Me pregunto esa con cara traviesa.

— ¡Claro que no! Conoces toda mi vida, sabes que nunca he hecho cosas con un hombre.

— ¿Ni un beso?

— Ni un beso.

— ¿Ni un pico?

— Ni un pico, Gia.

— Pero, al menos te habrás cogido de la mano con alguno, ¿verdad? A ver, tienes diecinueve años.

Negué con la cabeza mientras preparaba el pedido de esos chicos. Vi de reojo que ella se quedaba boquiabierta, yo me puse a reír, no me podía imaginar la cara que se le quedara cuando le cuente que mañana estaré con él a solas.

Fui a la mesa de esos chicos, les di los cafés y los pastelitos. De camino a la barra, me estaba replanteando si contarle eso a Gia.




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