Después de un largo día en la universidad me tocaba trabajar en el bar de mis padres toda la tarde, lo bueno es que a Gia también le tocaba, y la verdad es que con ella los días cansados en el bar son más llevaderos.
Ayer no pude dormir en toda la noche por estar pensando en la frase que me dijo Noah, bueno y también pensaba en él, pero eso es aparte. Tenía mucha razón, siempre buscamos defectos en uno mismo, sin ver las cosas buenas que tenemos.
Acabo de entrar al bar y hay un montón de gente, para ser sincera, nunca lo había visto tan lleno. Fui directa al vestuario de trabajadores, pero antes escuché una voz que me gritaba.
— ¡Vega! — Era mi madre desde la puerta de la cocina. — Ven rápido.
— ¿Qué pasa mamá?
— Verás, hay mucha gente y nos hemos quedado sin pastas para darles a los clientes, ¿me podrías ayudar a prepararlas?
— Claro, sin problema.
— Nunca había estado tan lleno el bar. — Dijo ella pensativa. — Corre, cámbiate.
Eso hice, me fui rápido al vestuario, donde esperaba encontrarme a Karl, pero no estaba, no le di importancia, porque seguramente se hubiera cogido un día de descanso. Me puse el uniforme de camarera y fui directa a la cocina.
— ¿En qué te puedo ayudar, mamá? — Dije mientras me lavaba las manos.
—Necesito que prepares las bandejas de pastas y que ayudes a sacar cafés cuando puedas —me respondió sin mirarme, con esa mezcla de prisa y costumbre que solo tiene alguien que lleva toda la vida detrás de una barra—. Hoy no paramos.
Asentí y empecé a moverme casi en automático. Abrí los armarios, busqué las bandejas limpias y coloqué las pastas con cuidado, intentando que no parecieran tan caóticas como me sentía por dentro. El murmullo del bar se colaba hasta la cocina: risas, vasos chocando, pedidos gritados desde la barra.
Mientras trabajaba, mi madre me observaba de reojo.
—Estás distraída —dijo al cabo de unos segundos—. ¿Todo bien en clase?
—Sí... bueno —respondí sin levantar la vista—. Lo de siempre.
No insistió. Mi madre siempre ha sabido cuándo apretar y cuándo dejarme espacio, aunque a veces eso signifique guardar silencios incómodos.
Salí de la cocina con la primera bandeja y el bar me golpeó de lleno. Estaba abarrotado. Mesas ocupadas, gente de pie, conversaciones superpuestas. Empecé a repartir las pastas entre los clientes, sonriendo por inercia, escuchando frases sueltas que no me pertenecían.
—Oye —me llamó una voz conocida desde la barra.
Era mi amiga, apoyada con un trapo en el hombro, mirándome con media sonrisa.
—¿Desde cuándo te mueves tan rápido?
—Desde que no quiero pensar —respondí sin pensarlo demasiado.
Alzó una ceja.
—Ajá... eso suena a historia interesante.
Cuando pude, me acerqué a ella mientras preparaba cafés.
—¿Qué tal las clases? —preguntó en voz baja, como si compartiéramos un secreto—. Te noto rara desde ayer.
Dudé unos segundos. Pensé en la hoja en blanco, en el silencio del aula, en el quieto frente a mí.
— Ayer estuve con él a solas. — Dije al fin.
—¿Y eso te tiene así?
Encogí los hombros.
—No lo sé. Es... distinto.
—¿Distinto bien o distinto raro?
Sonreí un poco, sin querer.
—No lo sé todavía.
Ella me miró con esa expresión que conocía demasiado bien, la de quien sabe qué hay más, pero decide no presionar.
—Luego me cuentas —dijo—. Ahora ve a la mesa siete, están esperando.
Asentí y cogí la bandeja. Mientras caminaba entre las mesas, pensé que era curioso cómo un desconocido podía colarse en mis pensamientos con tanta facilidad. No sabía casi nada de él, y aun así, su imagen volvía una y otra vez, como un trazo que no se puede borrar del todo.
Cuando regresé a la barra, mi amiga me dio un leve codazo.
—Te brillan los ojos —susurró.
—No digas tonterías —respondí rápido, pero no estaba segura de convencer ni a ella ni a mí misma.
Seguí trabajando hasta que el cuerpo me pesó y el ruido dejó de distinguirse. Y, aun así, entre pedidos y bandejas, una parte de mí seguía en aquella aula silenciosa, frente a un cuerpo inmóvil y una hoja que ya no estaba del todo en blanco.
El bar se iba vaciando después de repartir muchos cafés.
— Cuéntamelo va. — Me insistió Gia.
— No pasó nada, Gia.
— ¿Seguro?
— Seguro. — Le dije sin mirarme a la cara.
— Mientes. — Me quede paralizada. —Vega, cuéntamelo, no te voy a juzgar, ya sabes como soy.
Me quedé un rato pensando mientras limpiaba la vajilla, hasta que me decidí.
— Bueno, al principio estaba muy nerviosa y él se puso muy vacilón, eso causo que me pusiera más nerviosa aún. — Hice una pequeña pausa. — Me costó mucho hacer bien el dibujo, entonces él se puso detrás de mí.
Gia pego un pequeño chillido.
— Me cogió mi mano, y se puso a dibujarse, mientras me iba susurrando todo lo que hacía. Y ya está, eso es todo.
— No me creo que eso sea todo, señorita yo-no-hago-nada-con-los-hombres. — Me dijo ella. — ¿No ha pasado nada más con su tatuaje?
Se me escapo una sonrisa leve, me delaté sola.
— ¡Ves! Cuéntamelo Vega, soy tu amiga.
Me quedé pensado en si contárselo o no mientras estaba secando un par de vasos.
— Cuando estaba a punto de dibujarse el tatuaje me dijo que se lo tocara, como no reaccione me giro cogiéndome por la cintura y bajo mi mano por todo su torso hasta llegar al tatuaje.
Gia volvió a pegar un chillido, esta vez más fuerte que el anterior.
— Yo se lo estaba tocando y a la vez nos mirábamos fijamente. Él volvió a coger mi mano y a descender por la "V".
— Vega, ¿te lo has follado? — Dijo Gia boquiabierta.
— ¿Qué? ¡No!
— Joooo, bueno, continua.
— Pero antes de llegar ahí, la quito y me volvió a girar hacia el lienzo. — Gia puso cara de decepción. — Pero...
—Pero...
— Al hacerlo se puso todo detrás de mí, entonces ya sabes que estaba notando y con qué.