Tregua de Medianoche

CAPÍTULO 1: EL DESTIERRO DORADO

—¡Mamá, dile a Liam que si no quita sus botas de mi maleta, lo próximo que verá será su colección de vinilos volando por el balcón! —mi grito resonó por los pasillos de la villa, rebotando en las paredes de piedra que habían albergado a los Lombardi durante generaciones.

Intentaba cerrar el cierre de mi equipaje, una batalla perdida contra el exceso de ropa y la indiferencia de mi hermano mayor. Liam, con sus veintiún años de puro sarcasmo y una mandíbula que parecía tallada por el mismo mármol de las estatuas del jardín, se mantenía sentado encima de mi maleta con los brazos cruzados y una sonrisa que me daban ganas de borrarle a bofetadas.

—Relájate, Alessia —soltó Liam con esa voz profunda que ya empezaba a sonar como la de papá—. En París nadie te va a aguantar ese genio. De hecho, apuesto mi moto a que en menos de un mes estarás llamando a casa suplicando por un poco de pasta de la nonna y mis sabios consejos.

—En un mes estaré celebrando que no tengo que compartir techo con un neandertal que cree que su opinión es ley divina —le espeté, dándole un empujón que, para mi desgracia, apenas lo movió un centímetro.

Desde el pasillo, la voz de mi madre, Cloe, llegó cargada de esa paciencia infinita que solo ella poseía.

—¡Liam, deja a tu hermana en paz! —gritó, aunque sabía que estaba sonriendo—. Ale, no le hagas caso. Está proyectando su envidia porque él se queda aquí supervisando la cosecha mientras tú te vas a conquistar la ciudad de la luz.

En ese momento, Ares entró corriendo a la habitación. A sus quince años, era una mezcla caótica de energía y hormonas. Llevaba un mando de consola en la mano y una expresión de pura travesura que nunca auguraba nada bueno.

—¡Ale! He grabado un audio de despedida para tu grupo de la facultad —anunció Ares con orgullo—. Es una recopilación de todos tus ronquidos de la última semana. Va directo a tu Instagram si no me prometes que me traerás esa chaqueta de cuero que vimos en la revista.

—Ares Lombardi, si te atreves a publicar eso, te juro por mi vida que le diré a papá quién rompió el cristal del despacho el mes pasado —amenacé, señalándolo con un dedo acusador.

Ares palideció y Liam soltó una carcajada ronca. Nuestra dinámica siempre había sido así: una guerra constante de guerrillas donde el afecto se disfrazaba de insultos y chantajes.

—¡Niños, basta ya! —La voz de mi padre, Dominic, retumbó por toda la villa, silenciando el caos al instante.

Entró en mi habitación luciendo exactamente como lo que era: un hombre que había construido un imperio a base de voluntad y que ahora fingía ser fuerte mientras se le rompía el corazón por ver a su primogénita irse de casa. Se detuvo en el umbral, cruzándose de brazos y mirando el desastre de ropa, maletas y hermanos peleando.

—Alessia, el coche llega en veinte minutos —dijo papá, intentando mantener ese tono autoritario que usaba con sus empleados, aunque sus ojos lo delataban—. Liam, quítate de esa maleta antes de que la rompas. Ares, apaga esa cosa y ayuda a tu hermana con el equipaje de mano. ¿Dónde está la pequeña?

—Aquí —susurró Maya, asomando la cabeza desde detrás de la puerta. A sus ocho años, era la viva imagen de la serenidad en medio de nuestra tormenta familiar. Se acercó a mí arrastrando los pies y me extendió un pequeño sobre decorado con pegatinas de flores—. Es para que lo abras cuando estés en el avión y te sientas triste. Tiene una lista de todas las cosas que Liam ha roto desde que anunciaste que te ibas, para que se las cobres cuando vuelvas.

—Gracias, mi ángel —dije, sintiendo por primera vez el nudo de las lágrimas en la garganta al abrazarla. Maya era, sin duda, mi debilidad.

Mi madre entró finalmente, secándose las manos en el delantal. Se detuvo a mirar la maleta que Liam finalmente había liberado.

—Bueno, Ale —dijo mamá con una sonrisa nostálgica—, París te espera. Es una gran oportunidad. Francia es la cuna de lo que hacemos aquí, de nuestra historia y nuestra elegancia.

—Lo sé, mamá —suspiré, sentándome en el borde de la cama—. Pero sigo sin entender por qué tanto misterio con el apartamento. Dijeron que ya estaba todo pagado y que era un lugar seguro, pero no me han dado ni la dirección exacta hasta ayer.

Papá y mamá se miraron. Fue una de esas miradas de complicidad absoluta que siempre me habían hecho sentir que había un mundo entero de secretos al que yo no tenía acceso.

—Sobre eso... —comenzó papá, rascándose la nuca, un gesto que solo hacía cuando la noticia no me iba a gustar—. Sabes que los Vanzetti y nosotros siempre hemos cuidado las espaldas del otro, ¿verdad?

—Sí... —respondí con cautela, sintiendo que el aire se volvía pesado. Sabía que los Vanzetti eran más que socios; eran la sombra de los Lombardi.

—Y sabes que Lucas Vanzetti también va a París a terminar su especialidad en Arquitectura —continuó mamá con una voz excesivamente dulce, esa que usaba cuando quería suavizar un golpe.

Me quedé paralizada. No podía ser. El mundo se detuvo por un segundo.

—No —dije, levantándome de golpe y señalándolos—. Díganme que no hicieron lo que creo que hicieron.

—Es un apartamento de dos habitaciones, Alessia —soltó papá rápidamente, como quien quita una venda de un tirón—. Está cerca de ambas facultades. Es seguro, es céntrico y, lo más importante, Lucas estará allí. Él sabe cómo cuidarte si las cosas se ponen feas.

—¿Cuidarme? ¡Lucas Vanzetti es un arrogante que cree que el mundo le pertenece porque tiene una cara bonita y un apellido que da miedo! —grité, horrorizada—. ¡Es como vivir con Liam pero con tatuajes y un ego más grande que la Torre Eiffel!

—¡Oye! —protestó Liam—. Yo también tengo ego.

—¡Ale, es la mejor opción! —insistió mamá, acercándose para tomarme de las manos—. Spencer Vanzetti y tu padre estuvieron de acuerdo. Estarán lejos, en un país extraño donde el apellido Lombardi pesa de otra manera. Necesitan a alguien de confianza cerca. Además, Lucas es un buen chico, aunque sea un poco... intenso.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.