El trayecto desde el aeropuerto fue un borrón de luces parisinas y nervios a flor de piel. Mientras el taxi se detenía frente a un edificio de fachada clásica y balcones de hierro forjado, solo podía pensar en una cosa: supervivencia. Tenía que sobrevivir a la universidad, a la distancia y, sobre todo, al espécimen que me esperaba tras la puerta del 4B.
Subí el ascensor, que era tan estrecho que mi maleta y yo parecíamos estar en una lata de sardinas, y busqué la llave en mi bolso. Al abrir la puerta, no me recibió el aroma a café y cruasanes que esperaba de París. Me recibió el caos.
—Si eres el de la pizza, déjala en el suelo y vete, ¡estoy en medio de una crisis estructural! —gritó una voz profunda y exasperantemente familiar desde el fondo del pasillo.
Arrastré mi maleta hacia la sala y me quedé de piedra. Había planos de arquitectura pegados con cinta adhesiva en las paredes, una torre de cajas de comida china que desafiaba la gravedad y, en el centro de todo, Lucas Vanzetti. Estaba tirado en el suelo, rodeado de maquetas de palitos de madera, vestido únicamente con unos pantalones de chándal grises y el cabello negro tan revuelto que parecía haber sobrevivido a un huracán.
—No soy la pizza, Vanzetti. Soy tu peor pesadilla con pasaporte italiano —respondí, cruzándome de brazos.
Lucas se quedó rígido. Se giró lentamente y esa sonrisa ladeada, esa que siempre me daban ganas de borrarle a base de diccionarios, apareció en su rostro. Sus ojos recorrieron mi ropa impecable con una diversión insultante.
—Vaya, pero si es la "Princesa del Viñedo" —dijo, levantándose con una agilidad felina. Dios, ¿cuándo se había vuelto tan alto?—. Pensé que vendrías escoltada por un destacamento de los carabinieri. ¿Papá Dominic te dejó cruzar la frontera sin correa?
—Papá Dominic confía en que sé defenderme de animales salvajes como tú —ataqué, esquivando una de sus maquetas mientras avanzaba por la sala—. ¿Qué es todo este desastre, Lucas? Mis padres dijeron que este lugar era apto para humanos, no un campamento de refugiados para arquitectos frustrados.
—Se llama "proceso creativo", Lombardi. Algo que no entenderías con tu cabecita llena de hojas de cálculo y balances —dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal—. Pero bienvenida a tu nueva realidad. Aquí no hay servicio de habitaciones, ni doncellas, ni hermanos a los que mandar. Solo tú, yo y mi música de rock a las tres de la mañana.
—Regla número uno, Vanzetti: si escucho una sola nota de rock después de las once, tu altavoz terminará en el Sena —le advertí, clavándole el dedo en el pecho. Estaba caliente, y por un segundo, me distraje con el tatuaje de una brújula que asomaba por su costado—. Y ponte una maldita camiseta. Esto es un apartamento compartido, no un casting de modelos de baja estofa.
Lucas soltó una carcajada, atrapando mi mano antes de que pudiera retirarla. Su tacto quemaba.
—¿Te pongo nerviosa, Ale? Pensé que eras más profesional. Además, esta es mi zona de trabajo. Si quieres modestia, vete a un convento. Ahora, si me disculpas, tengo un puente que terminar. Tu cuarto es el del fondo. Intenta no romper nada con tus maletas de marca.
—Eres un imbécil integral —mascullé, arrebatándole mi mano y agarrando el asa de mi maleta—. Me voy a mi cuarto. Y más te vale que no hayas dejado nada tuyo allí.
—¡Oh, no te preocupes! He preparado todo para que te sientas como en casa —gritó él mientras yo me alejaba por el pasillo, su voz cargada de una ironía que debió hacerme sospechar.
Llegué a la puerta de mi habitación, respiré hondo y la abrí de par en par, soñando con una cama mullida y un momento de paz. Pero en cuanto puse un pie dentro, un sonido estridente y metálico rompió el silencio.
¡¡¡BEEP-BEEP-BEEP-BEEP!!!
Me quedé paralizada. Lucas había pegado con cinta americana una decena de bocinas de aire comprimido detrás de la puerta y debajo de la alfombra de entrada. Cada vez que daba un paso, el ruido era ensordecedor. Y lo peor no fue eso. Desde el techo, una lluvia de confeti dorado y pequeñas fotos recortadas de su cara empezó a caer sobre mi cabeza.
—¡VANZETTI! —bramé, intentando quitarme el confeti del pelo mientras una de las bocinas seguía pitando bajo mi maleta.
Lucas apareció en el umbral de la puerta, apoyado contra el marco, partiéndose de risa. Tenía las manos en los bolsillos y esa mirada de niño travieso que lo hacía parecer ridículamente guapo, a pesar de lo mucho que lo odiaba en ese instante.
—¡Sorpresa! —exclamó entre carcajadas—. Es una fiesta de bienvenida. ¿No te gusta la decoración? Pensé que te sentirías sola sin nadie que te prestara atención, así que puse un par de cientos de fotos mías para que me veas hasta cuando duermas.
—Voy a matarte. Lo digo en serio —dije, agarrando una almohada de la cama y lanzándosela a la cara con todas mis fuerzas.
Él la atrapó en el aire sin esfuerzo, guiñándome un ojo.
—Bienvenida a París, jefa. Va a ser un año muy largo.
Cerró la puerta de un portazo, dejándome sola en mi cuarto lleno de su cara y con el pitido de las bocinas todavía retumbando en mis oídos. Me dejé caer en la cama, suspirando. París era la ciudad del amor, pero en este apartamento, lo único que se respiraba era una declaración de guerra inminente.
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Editado: 02.05.2026