Treinta Dias Con Los Blackwood

Capítulo 2 — ¿Por qué me eligieron a mí?

Capítulo 2 — ¿Por qué me eligieron a mí?

La carta la acompañó durante todo el camino a casa.

Clara intentó convencerse de que no era para tanto. Después de todo, solo era una oferta de trabajo. Extraña, inesperada y absurdamente bien pagada, sí, pero seguía siendo una oferta de trabajo.

Sin embargo, cada vez que intentaba apartarla de su mente, volvía a pensar en el sobre de color marfil, en el sello de lacre y en aquel nombre que parecía sacado de una novela antigua.

Eleanor Blackwood.

Cuando llegó a su apartamento, dejó las llaves sobre la mesa y encendió la lámpara del salón. La lluvia seguía golpeando los cristales, algo que normalmente la relajaba.

Pero aquella noche no: la carta seguía doblada dentro de su bolso, como esperándola. Como si supiera que terminaría volviendo a ella.

—Esto es ridículo —murmuró mientras preparaba una taza de té.

Clara hizo todo lo posible para dejar la carta de su mente. Intentó leer, pero no funcionó. Probó a ver una serie; tampoco. Finalmente, abrió el portátil; era solo para mirar, por curiosidad, nada más. Tecleó el nombre en el buscador.

Blackwood Manor.

Los resultados aparecieron casi de inmediato; sorprendentemente pocos. Ante ella, aparecieron una página antigua y un par de referencias históricas. Algunas fotografías lejanas de una mansión construida sobre una isla rocosa de la costa escocesa.

Clara frunció el ceño, aquello no tenía sentido; una familia capaz de ofrecer semejante salario debería dejar más rastro. Probó de nuevo.

Eleanor Blackwood.

Esta vez encontró una esquela, breve pero elegante y tan fría como una lápida. La mujer había fallecido hacía apenas unas semanas. Siguió investigando y fue entonces cuando una noticia llamó su atención.

El titular era antiguo. Clara abrió el enlace; el artículo apenas contenía unas líneas y una fotografía. Acercó la imagen y ante ella aparecieron tres hombres, vestidos de negro y observando la cámara.

Y los tres tan diferentes entre sí que costaba creer que pertenecieran a la misma familia.

Uno parecía hecho de hielo. Otro sonreía con una confianza casi irritante, y el tercero observaba el objetivo con una intensidad difícil de interpretar. Clara sostuvo la mirada unos segundos más de los necesarios. Aquello era ridículo; no iba a aceptar un trabajo por una fotografía.

Mucho menos porque aquellos hombres parecían sacados de una campaña publicitaria de lujo. Y aun así volvió a mirar la imagen. Una vez y luego otra, hasta que el sonido del teléfono la sobresaltó.

Clara estaba a punto de guardar el teléfono cuando la pantalla volvió a iluminarse, era un número desconocido.

Frunció el ceño y permaneció unos segundos contemplando la llamada, intentando recordar si esperaba alguna comunicación que pudiera explicar aquel número. No encontró ninguna respuesta.

La curiosidad terminó imponiéndose a la prudencia. Deslizó el dedo por la pantalla y se llevó el teléfono al oído.

—¿Sí? —respondió con cautela, todavía preguntándose quién podía estar llamándola a esas horas.

—¿La señorita Clara Foster? — Escuchó al otro lado una voz masculina, grave y perfectamente educada.

Clara se incorporó ligeramente en la silla; había algo en aquella voz, en aquella forma demasiado formal de dirigirse a ella, que consiguió despertar una inquietud que no supo explicar.

—Depende de quién pregunte —respondió finalmente, mientras jugueteaba distraídamente con el borde de una hoja que tenía sobre el escritorio.

Hubo una breve pausa.

—Mi nombre es Edward Sinclair. Soy el administrador de Blackwood Manor.

Clara dejó de mover los dedos; el nombre de la mansión consiguió captar toda su atención.

—Vaya —murmuró, mientras una mezcla de curiosidad y desconcierto comenzaba a instalarse en su pecho.

Edward pareció percibir el cambio en su tono.

—Imagino que ha recibido nuestra carta.

Clara miró hacia el sobre que todavía permanecía sobre el escritorio.

—Sí, la he recibido —respondió, y su mirada volvió a detenerse sobre aquella dirección que llevaba horas intentando comprender—. Aunque debo reconocer que la carta ha conseguido dejarme con bastantes más preguntas que respuestas.

Una ligera pausa siguió a sus palabras.

—Es comprensible —admitió Edward con una paciencia que parecía cuidadosamente estudiada—. La señora Blackwood dejó instrucciones muy precisas antes de fallecer.

Clara se quedó inmóvil; hasta ese momento había pensado que aquella extraña propuesta podía tratarse simplemente de un trabajo privado con condiciones poco habituales, pero la mención de una mujer fallecida hizo que su curiosidad adquiriera una dimensión diferente.

—¿Qué clase de instrucciones?

Edward guardó silencio durante un instante, como si estuviera comprobando mentalmente que podía revelar aquella información.

—La señora Blackwood especificó que fuera usted quien catalogara la biblioteca de Blackwood Manor.

Clara frunció el ceño.

—¿Yo? — respondió Clara frunciendo el ceño. La sorpresa se filtró en su voz antes de que pudiera ocultarla.

—Usted —confirmó Edward, y aquella seguridad consiguió aumentar todavía más su desconcierto—. Su nombre aparece expresamente en las instrucciones que dejó.

Clara miró nuevamente la carta; esta vez ya no vio simplemente una oferta de trabajo, sino una pregunta.

Y, por alguna razón que todavía no conseguía comprender, tuvo la inquietante sensación de que aquella mujer había sabido exactamente quién era ella mucho antes de que Clara hubiera oído siquiera hablar de Blackwood Manor.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.