Capítulo 3 — La Decisión
La lluvia continuaba cayendo cuando Clara salió de la biblioteca aquella tarde. No era una tormenta ni tampoco una llovizna. Era una de esas lluvias persistentes que parecían formar parte del paisaje, como si el cielo hubiera olvidado cómo dejar de llorar.
Normalmente le gustaban; siempre le habían parecido una buena compañía para caminar. Aquella tarde, sin embargo, apenas las notó.
La llamada de Edward Sinclair seguía dando vueltas en su cabeza, junto con los herederos de Blackwood Manor; aquellas palabras parecían haber adquirido vida propia. Cada vez que conseguía apartarlas de su mente, regresaban.
Una y otra vez, cuando llegó a su apartamento, dejó el paraguas junto a la puerta y se quitó el abrigo; el silencio la recibió de inmediato; era un silencio familiar, cómodo. Y, por primera vez en mucho tiempo, también un poco triste.
Clara observó el salón, la estantería llena de libros, la manta sobre el sofá, la lámpara que llevaba años prometiéndose cambiar. Prácticamente todo seguía exactamente igual y quizá ese era el problema.
Preparó una taza de té y se sentó frente al portátil; no tenía intención de volver a buscar información, al menos eso se dijo a sí misma. Cinco minutos después estaba observando nuevamente la fotografía.
Los tres hombres de la imagen eran antiguos y poco nítidos, pero aún resultaba imposible apartar la vista.
Uno parecía distante, otro demasiado seguro de sí mismo y el tercero... Clara entrecerró los ojos. Había algo en aquella mirada que la inquietaba, algo que no lograba definir.
Cerró el portátil de golpe.
—Esto es ridículo. —Se dijo. Ninguna persona razonable aceptaría un trabajo por culpa de una fotografía.
Y ella era una persona razonable. ¿Verdad? La pregunta permaneció suspendida en el aire. Y la respuesta tardó demasiado en llegar.
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Horas después seguía pensando en ello, sentada junto a la ventana, observando las gotas resbalar por el cristal, y recordando la biblioteca, su rutina y los años que habían pasado sin cambios importantes.
Y también en algo que Martha había dicho aquella mañana.
Tu vida necesita aventuras.
En aquel momento se había reído. Pero ahora ya no le hacía tanta gracia. Porque quizá su amiga tenía razón. Quizá llevaba demasiado tiempo escondiéndose detrás de las mismas costumbres.
Detrás de la seguridad, de lo conocido, la carta seguía sobre la mesa, esperando como si supiera que la decisión ya estaba tomada.
Clara cerró los ojos y dejó de buscar razones para rechazar la oferta. Cuando volvió a abrirlos, tomó el teléfono, marcó el número que aparecía al final de la carta.
Respondieron al segundo tono.
—Blackwood Manor. —La voz pertenecía al mismo hombre que la había llamado la noche anterior; era Edward Sinclair.
Clara apretó los dedos alrededor del teléfono; todavía podía colgar, podía fingir que aquella conversación nunca había ocurrido y seguir con su vida y quedarse donde estaba. Pero ya sabía que no lo haría.
—Soy Clara Foster. —dijo ella, y una breve pausa se acomodó en la línea.
—Señorita Foster. —Por alguna razón, aquella respuesta sonó demasiado tranquila. Como si hubiera estado esperando la llamada.
—He tomado una decisión—dijo Clara; su voz sonaba decidida.
—¿Y cuál es?
Clara observó la lluvia al otro lado de la ventana y, por primera vez desde que recibió la carta, sonrió, algo nerviosa pero real.
—Acepto la oferta. —dijo con firmeza.
El silencio que siguió fue extraño; Clara esperaba una respuesta inmediata.
Un "perfecto" o un "muy bien". Sin embargo, durante un instante solo escuchó el rumor lejano de la línea. Como si Edward Sinclair estuviera procesando aquella respuesta. O como si hubiera estado esperándola.
—Excelente. —La palabra como respuesta sonó tranquila.
Clara frunció ligeramente el ceño.
—Parece aliviado. —dijo ella.
—¿Perdón?
—No sé... —Miró nuevamente la lluvia—. Es solo que tenía la sensación de que esperaba esta llamada.
Hubo una breve pausa.
—La señora Blackwood estaba convencida de que aceptaría.
Aquello volvió a provocar una incómoda sensación en su estómago. La misma que había sentido al leer la carta.
—Y usted no lo estaba. —No era realmente una pregunta. Era más bien una intuición. Hubo otra pausa y esta vez más larga.
—Digamos que no todos compartíamos la opinión de la señora Blackwood, señorita Foster.
Clara se incorporó un poco en el sofá. Había algo extraño en aquella conversación. Algo que no terminaba de encajar.
—¿Por qué? —quiso saber ella.
—Porque la señora Blackwood rara vez se equivocaba. —La respuesta llegó tan rápido que sonó ensayada. Y por alguna razón aquello no la tranquilizó en absoluto.
—Ya veo.
—Es una excelente noticia, si me permite decirlo. —Aquella respuesta tampoco sonó natural, más bien parecía cuidadosamente elegida. Como si el hombre estuviera evitando decir algo más.
—¿Cuándo tendría que viajar? —preguntó ella.
—Mañana por la mañana.
Clara se quedó inmóvil.
—¿Mañana? —La sorpresa se escapó antes de que pudiera contenerla.
—El ferry partirá a las diez.
Ella miró el calendario colgado junto a la cocina. Después volvió a mirar la lluvia y le pareció que todo estaba ocurriendo mucho más deprisa de lo que había imaginado.
—Entiendo. —respondió Clara, confirmando que allí estaría.
—Un vehículo la recogerá en el puerto. —Confirmó él dándole la última instrucción.
—Muy bien.
—Bienvenida a Blackwood Manor, señorita Foster.
La llamada terminó y Clara dejó lentamente el teléfono sobre la mesa y su apartamento volvió a quedar en silencio y durante unos segundos permaneció inmóvil.
Había aceptado y ya no había vuelta atrás y automáticamente abrió el portátil una vez más. La fotografía seguía allí: los tres hermanos, Blackwood Manor y la isla.