Treinta Dias Con Los Blackwood

Capítulo 4— La Isla

Capítulo 4— La Isla

El ferry tardó más de lo que Clara había imaginado y, sin embargo, cuando por fin escuchó el anuncio de llegada, tuvo la sensación de que el tiempo había pasado de una forma extraña, como si el mar hubiera decidido estirarlo sin preguntar a nadie, envolviendo todo en una especie de calma que no era del todo cómoda pero tampoco exactamente inquietante.

Cuando bajó a tierra, el aire cambió de inmediato, no de forma brusca sino como si el propio paisaje tuviera una manera distinta de respirar, más fría, más limpia, más silenciosa, y Clara se dio cuenta de que estaba conteniendo un poco el aliento sin saber muy bien por qué.

El muelle no era especialmente grande, pero tampoco parecía necesitarlo, porque todo lo importante daba la sensación de ocurrir más allá, en algún punto invisible entre la costa y el interior de la isla donde la vegetación crecía sin esfuerzo y el horizonte parecía demasiado cercano para ser del todo real.

Clara ajustó la correa de su bolso mientras miraba alrededor intentando identificar a alguien que pudiera estar esperándola, aunque en realidad no sabía qué tipo de persona debería buscar, porque nadie le había dado una descripción concreta, solo un nombre de lugar y la certeza de que alguien vendría a recogerla.

No tuvo que esperar demasiado; un vehículo negro permanecía estacionado a pocos metros del muelle. Y junto a él había un hombre que parecía tan fuera de lugar como perfectamente integrado en el paisaje.

Media estatura, elegante e impecablemente vestido a pesar del viento y la llovizna que empezó a caer. Clara lo reconoció de inmediato; era Edward Sinclair, el administrador de Blackwood Manor. La voz detrás de las llamadas telefónicas.

El hombre avanzó hacia ella con la misma precisión tranquila que había percibido al hablar con él.

—Señorita Foster. —La saludó con una ligera inclinación de cabeza.

—Señor Sinclair.

—Espero que el viaje no haya sido demasiado desagradable.

Clara observó el mar embravecido detrás de él.

—Depende de cuánto valore una persona conservar la sensibilidad en los dedos. —Durante un instante creyó detectar algo parecido a una sonrisa.

—Entonces confío en que la calefacción del vehículo mejore su opinión sobre la isla.

La respuesta consiguió arrancarle una pequeña sonrisa, la primera que había aparecido en su rostro desde que había desembarcado.

Minutos después abandonaban el puerto.

Clara apoyó la cabeza contra el cristal de la ventanilla mientras observaba cómo las últimas señales de civilización iban desapareciendo detrás de ellos.

Al principio todavía distinguió algunas casas dispersas y pequeñas carreteras que se desviaban hacia otras localidades, pero pronto incluso aquellas desaparecieron, sustituidas por interminables extensiones de brezo, bosques oscuros y colinas que parecían prolongarse hasta el horizonte.

La lluvia golpeaba suavemente el cristal; Clara entrecerró los ojos al intentar distinguir algún edificio entre la niebla. No encontró tiendas, ni cafeterías, ni siquiera demasiadas casas.

Solo aquella carretera estrecha que serpenteaba entre las colinas, los acantilados que aparecían de vez en cuando entre la vegetación y un paisaje cada vez más salvaje que parecía alejarla, kilómetro tras kilómetro, de todo aquello que conocía.

Una sensación extraña comenzó a instalarse en su pecho. No era exactamente miedo… sino la impresión de haber cruzado una frontera invisible.

—¿Falta mucho? —preguntó finalmente, apartando la mirada del paisaje para dirigirla hacia el conductor.

El hombre sonrió mientras mantenía los ojos puestos en la carretera.

—Unos diez minutos, señorita Foster.

Clara volvió a mirar por la ventanilla. Observó de nuevo aquel paisaje silencioso y, por primera vez desde que había aceptado la propuesta, se preguntó si realmente había comprendido lo que significaba marcharse a un lugar como aquel.

Entonces la carretera comenzó a elevarse, el vehículo tomó una curva cerrada y, durante unos segundos, la niebla ocultó completamente el paisaje y cuando volvió a despejarse, Clara levantó la mirada.

Y se quedó inmóvil. Blackwood Manor apareció al otro lado del valle.

La mansión se alzaba sobre una extensión de terreno rodeada de árboles, piedra oscura y jardines que descendían hacia los acantilados. Las torres se elevaban entre la niebla y las ventanas reflejaban la luz gris de aquella tarde lluviosa, haciendo que el edificio pareciera mucho más antiguo, más imponente y, de alguna manera, más hermoso de lo que cualquier fotografía había logrado transmitir.

Clara apoyó lentamente una mano sobre el cristal y, durante unos segundos, olvidó incluso respirar.

—Dios mío... —murmuró Clara, incapaz de apartar la mirada de aquella construcción que parecía surgir de la niebla como si hubiera permanecido allí durante siglos, esperando precisamente el momento en que ella llegara.

El conductor observó su expresión a través del espejo retrovisor y una sonrisa comprensiva suavizó sus facciones.

—Ahora empieza a comprender por qué la señora Blackwood nunca quiso marcharse de aquí —comentó con una naturalidad que hizo que Clara volviera lentamente la mirada hacia él.

—No estoy segura de comprenderlo todavía —admitió, aunque sus propios ojos regresaron inmediatamente hacia la mansión.

Había algo en Blackwood Manor que no sabía explicar. No era únicamente su tamaño, ni aquellas torres oscuras que se elevaban entre la niebla, ni siquiera la forma en que la lluvia resbalaba sobre los enormes ventanales.

Era la sensación de que la casa escondía una historia que ella todavía desconocía y que, de alguna manera, acababa de convertirse también en parte de la suya.




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