Treinta Dias Con Los Blackwood

Capítulo 5 — La Mansión

Capítulo 5 — La Mansión

La puerta se cerró tras Edward Sinclair con un golpe seco. Clara apenas tuvo tiempo de apartar la mirada de la puerta cuando descubrió a otro hombre de pie junto a la escalera.

Era Rowan Blackwood; permanecía inmóvil, con aquella expresión seria y los ojos fijos en ella. No parecía tener ninguna prisa por acercarse ni por hacerla sentir bienvenida.

—Señorita Foster —la saludó finalmente Rowan, acompañando sus palabras con una ligera inclinación de cabeza.

—Señor Blackwood —respondió Clara, sosteniéndole la mirada mientras mantenía las manos relajadas frente a ella.

—Espero que el viaje no haya sido demasiado desagradable —añadió él, observándola con una atención que hizo que Clara sintiera que aquella pregunta escondía algo más.

—Digamos que he tenido viajes más tranquilos —respondió Clara, dejando escapar una pequeña sonrisa que no llegó a suavizar del todo su expresión.

Rowan asintió lentamente, como si aquella respuesta confirmara algo que ya esperaba, y se apartó ligeramente para dejarle espacio.

—Entonces tendrá que acostumbrarse —comentó, con una calma que hizo que Clara lo mirara con mayor atención.

Clara arqueó una ceja ante aquella bienvenida poco alentadora, sin molestarse en disimular su sorpresa.

—No sabía que la hospitalidad de los Blackwood incluía advertencias —replicó, ladeando ligeramente la cabeza mientras estudiaba su expresión.

Una expresión casi imperceptible cruzó el rostro de Rowan antes de desaparecer, sustituida de nuevo por aquella calma controlada que parecía acompañarlo en todo momento.

—Depende de la visita —respondió finalmente, sosteniéndole la mirada.

Clara estuvo a punto de responder, pero Edward intervino desde unos pasos más atrás.

—Le aseguro que suele comportarse mejor con las visitas —comentó, observándola con una expresión que parecía contener cierta diversión.

Clara volvió la mirada hacia él, agradecida por aquella pequeña intervención.

—Eso no mejora demasiado mi opinión sobre él.

Algo parecido a una sonrisa apareció en el rostro del administrador.

—Lo tendré en cuenta.

Edward la condujo al interior de la mansión; el vestíbulo era todavía más impresionante que el exterior, con altos techos, escaleras de mármol, retratos antiguos y ventanales tan grandes que la lluvia parecía formar parte de la decoración.

Y todo desprendía una sensación extraña, como si Blackwood Manor hubiera sido construida para impresionar a cualquiera que cruzara aquellas puertas. Y para recordarles que no pertenecían allí.

—La biblioteca ocupa el ala oeste. —explicó Edward mientras avanzaban por un largo corredor—. Mañana comenzaremos la catalogación.

—¿Y hoy? —preguntó, incapaz de disimular la preocupación que se había instalado en su voz.

Él permaneció unos segundos en silencio, con la mirada fija en algún punto frente a ellos, como si estuviera escogiendo cuidadosamente unas palabras que no terminaran de revelar más de lo necesario.

—Hoy intentaremos evitar que se pierda —respondió finalmente, con una calma que no consiguió tranquilizarla.

Ella dejó escapar el aire que había estado conteniendo y asintió despacio, aferrándose a aquella respuesta como si pudiera convertirla en una garantía.

—Eso es tranquilizador —respondió Clara, dejando escapar una pequeña sonrisa que dejaba claro que no estaba del todo convencida.

Una sombra de ironía cruzó el rostro de él. Rowan la observó durante un instante antes de negar ligeramente con la cabeza, como si quisiera dejar claro que ella había interpretado sus palabras de una manera demasiado optimista.

—No lo decía en sentido figurado —aclaró finalmente, sosteniéndole la mirada.

La expresión de ella cambió de inmediato. Porque comprendió que no estaba hablando de una posibilidad abstracta ni de algo que pudiera solucionarse con unas cuantas palabras. Había algo que realmente podía perderse, y por la forma en que él la estaba mirando, quizá ya estuvieran llegando demasiado tarde.

Clara giró la cabeza; Edward siguió caminando como si acabara de comentar el tiempo y aquello no resultó tranquilizador en absoluto.

Llegaron a una galería repleta de retratos con décadas de Blackwood observándola desde marcos dorados; hombres severos, mujeres elegantes, miradas orgullosas.

Y, en medio de todos ellos... Eleanor Blackwood.

Clara se detuvo frente al retrato. La mujer tenía unos ojos sorprendentemente cálidos, muy distintos de la expresión severa que había imaginado al escuchar hablar de ella.

Había algo en aquella mirada que resultaba inesperadamente cercano, casi como si el tiempo no hubiera conseguido borrar por completo la bondad que alguna vez había habitado en aquel rostro.

—Ella... —murmuró Clara, sin apartar los ojos del retrato, como si necesitara confirmar en voz alta aquello que ya había comprendido.

Edward siguió la dirección de su mirada y permaneció unos instantes contemplando a la mujer del cuadro. Su expresión cambió apenas, pero Clara alcanzó a percibir una nostalgia que hasta entonces no había visto en él.

—Eleanor —respondió finalmente—. Sí, es ella.

Clara ladeó ligeramente la cabeza, estudiando de nuevo aquellos ojos que parecían observarla desde otra época.

—Parece amable —murmuró Clara, sin apartar la mirada del retrato. Había algo en aquellos ojos que transmitía una calidez que no esperaba encontrar allí.

Edward guardó silencio durante un instante. Bajó la mirada y una pequeña sonrisa, cargada de una tristeza difícil de ocultar, apareció fugazmente en sus labios.

—Lo era. —La respuesta llegó demasiado rápido, como si durante años hubiera estado esperando que alguien hiciera precisamente aquella observación.

Clara volvió lentamente el rostro hacia él y entonces comprendió que había algo más detrás de aquellas dos palabras.

No había hablado como un administrador que describía a una antigua señora de la casa, sino como alguien que todavía la echaba de menos. Antes de que pudiera preguntar nada más, algo llamó su atención: una fotografía colocada sobre una consola cercana.




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