Treinta Dias Con Los Blackwood

Capítulo 6 — La Biblioteca

Capítulo 6 — La Biblioteca

Clara apenas durmió aquella noche; cada vez que cerraba los ojos, volvía a escuchar las palabras de Finn.

"Mi abuela llevaba años esperando conocerte."

Ni días ni semanas… Años, y aquello no tenía sentido y precisamente por eso no lograba apartarlo de su cabeza. Cuando finalmente bajó a desayunar, el cielo seguía cubierto por la misma capa interminable de nubes grises que parecía envolver la isla desde su llegada.

Edward la esperaba en el vestíbulo, tan impecable como siempre y, aparentemente, tan difícil de leer como la noche anterior. Sin embargo, aquella mañana Clara lo observó con mayor atención.

Después de todo lo que había ocurrido, empezaba a sospechar que detrás de aquella expresión serena había mucho más de lo que él estaba dispuesto a mostrar.

—Confío en que haya descansado bien, señorita Foster.

Clara sostuvo su mirada durante unos segundos. Había algo casi provocador en aquella pregunta, teniendo en cuenta que él seguramente sabía que aquella casa no era precisamente el lugar más propicio para dormir tranquila.

—Me temo que su familia tiene una definición bastante particular de «descanso» —comentó, arqueando ligeramente una ceja mientras una sonrisa divertida asomaba en su rostro.

Por primera vez, algo cambió en la expresión de Edward. Una sombra de sonrisa apareció en la comisura de sus labios, tan fugaz que Clara no estuvo segura de haberla visto realmente.

—Empiezo a pensar que quizá tenga razón —admitió, encogiéndose ligeramente de hombros mientras dejaba escapar una pequeña sonrisa.

La inesperada concesión hizo que Clara lo mirara con una mezcla de sorpresa y curiosidad. No esperaba que Edward le diera la razón tan fácilmente, y mucho menos después de la forma en que había defendido a su familia la noche anterior.

—¿Eso ha sido una admisión? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia ella con una sonrisa que dejaba claro que no pensaba dejar pasar aquella oportunidad.

Una chispa de diversión brilló en los ojos de Edward antes de que pudiera ocultarla. La observó durante un instante, como si estuviera valorando si había cometido el error de mostrarse demasiado humano delante de ella.

—No se acostumbre.

Clara sonrió.

—Tranquilo. Empiezo a comprender que conseguir que admita algo debe de ser un acontecimiento bastante excepcional.

Edward sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario. Después apartó los ojos y recuperó aquella expresión serena que parecía caracterizarlo

—Ahora empieza a comprenderlo.

Clara tuvo que contener una sonrisa. Y durante un instante, ninguno de los dos dijo nada. La tensión entre ellos ya no resultaba tan incómoda como el día anterior; había adquirido algo diferente, una especie de entendimiento que ninguno parecía dispuesto a reconocer todavía.

—Lo tendré en cuenta —respondió finalmente Edward.

Clara no estaba convencida de que aquello fuera posible, pero decidió no insistir todavía. Había preguntas mucho más importantes que necesitaba responder antes de confiar en cualquiera de los Blackwood.

Minutos después, atravesaban varios corredores de la mansión, pasillos interminables, más retratos antiguos, puertas cerradas y una sensación constante de que Blackwood Manor ocultaba mucho más de lo que mostraba.

Entonces Edward abrió una puerta doble de madera. Y Clara se quedó inmóvil; la biblioteca ocupaba dos niveles completos, estanterías que parecían no tener fin, escaleras móviles, galerías superiores, mesas de lectura, vitrinas y miles de libros, quizás docenas de miles.

Durante unos segundos, Clara consiguió apartar de su mente las preguntas que la habían acompañado desde que había llegado a la isla. Los Blackwood, Eleanor, los secretos que parecían esconderse detrás de aquellas paredes... todo aquello perdió importancia mientras recorría lentamente la estancia con la mirada.

La biblioteca se extendía ante ella en varios niveles, rodeada de estanterías de madera oscura que alcanzaban casi hasta el techo.

La luz de las lámparas se reflejaba sobre los lomos de cientos de libros y, al fondo, unos enormes ventanales dejaban entrar la claridad gris de la tarde, envolviendo toda la habitación en una atmósfera tranquila que consiguió despertar en Clara una emoción que no esperaba sentir.

Había encontrado su lugar, o, al menos, eso fue lo primero que pensó.

—Dios mío... —murmuró, dejando escapar el aire lentamente mientras avanzaba unos pasos, incapaz de ocultar la fascinación que había reemplazado por completo su anterior cautela.

Edward permaneció a una distancia prudente, observándola con una expresión que revelaba una satisfacción discreta.

—Supongo que esa reacción significa que aprueba las instalaciones.

Clara volvió la cabeza hacia él y una sonrisa espontánea suavizó sus facciones.

—Creo que podría pasarme aquí el resto de mi vida —admitió, mientras sus dedos rozaban distraídamente el lomo de uno de los libros—. Podría instalar una cama en algún rincón y olvidarme por completo de que existe un mundo fuera de estas paredes.

Edward dejó escapar una risa baja, negando ligeramente con la cabeza.

—No sería la primera persona que lo considera.

La respuesta consiguió arrancarle una sonrisa todavía mayor, que intentó disimular bajando un instante la mirada.

—¿Y cuántas personas han cometido semejante error? —preguntó, volviendo a mirarlo con curiosidad.

—Las suficientes como para que la señora Blackwood dejara de sorprenderse cuando alguien terminaba enamorándose de esta biblioteca.

Clara volvió a mirar las estanterías.

La palabra enamorándose quedó suspendida durante un instante en su pensamiento, aunque no sabía todavía por qué.

—Entonces quizá debería tener cuidado —comentó Clara, intentando restarle importancia mientras volvía a recorrer la estancia con la mirada—. Parece que este lugar tiene cierta facilidad para hacer que la gente pierda el sentido de la realidad.




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