Capítulo 7 — La Cena
La sensación la acompañó durante el resto del día. Incluso varias horas después de haber abandonado la biblioteca, Clara seguía pensando en la conversación con Sebastián. Había algo en sus ojos, en aquella forma aparentemente despreocupada de hablar de Eleanor, que no conseguía apartar de su mente.
Y, por encima de todo, seguían regresando una y otra vez las palabras que había pronunciado antes de que ella abandonara la biblioteca.
Eso mismo decía Eleanor.
Clara había intentado convencerse de que no significaban nada, que quizá se trataba simplemente de otra de las frases ambiguas que parecían formar parte de la vida cotidiana en Blackwood Manor.
Pero cuanto más intentaba restarles importancia, más evidente se volvía que no podía hacerlo.
¿Por qué Sebastián había comparado sus palabras con las de Eleanor?
Y, sobre todo, ¿qué había querido decir realmente con aquello?
Como si la mujer hubiera seguido hablando de ella incluso después de su muerte. Como si todos en aquella isla conocieran una historia que ella ignoraba. Y empezaba a estar cansada de ser la última en enterarse.
Cuando llamaron a la puerta de su habitación, el cielo ya había comenzado a oscurecer. Clara dejó el libro que intentaba leer sin demasiado éxito y se incorporó del sillón. Al abrir, encontró a Edward al otro lado.
—Espero no interrumpirla.
Clara levantó la mirada del libro y lo observó durante unos segundos. Edward permanecía junto a la mesa con aquella postura impecable que parecía formar parte de él, aunque esta vez había una ligera curiosidad en sus ojos que no consiguió ocultar por completo.
—Depende de cuánto valore usted una lectura frustrante —respondió, señalando con un pequeño movimiento de cabeza el volumen abierto frente a ella.
Y por un momento Clara creyó distinguir algo parecido a una sonrisa en la expresión del administrador.
Edward dejó que su mirada descendiera hacia el libro y después volvió a encontrarse con la suya.
—Entonces supongo que he elegido un momento particularmente inoportuno.
—Eso parece.
Clara cerró el libro con suavidad, aunque mantuvo un dedo entre las páginas para no perder el punto donde había estado leyendo.
Edward observó el gesto y una expresión divertida apareció durante un instante en sus ojos.
—No parece usted una mujer a la que le guste abandonar una historia a medias.
—No me gusta abandonar nada a medias —respondió Clara, y aquella vez fue ella quien sostuvo su mirada con una sonrisa apenas perceptible.
Algo cambió en el rostro de Edward.
Fue tan leve que Clara podría haberlo imaginado, pero durante un instante tuvo la impresión de que aquella armadura que siempre llevaba perfectamente colocada había dejado escapar una pequeña grieta.
—Entonces quizá deberíamos procurar que su estancia aquí resulte interesante —comentó él.
Clara arqueó ligeramente una ceja.
—¿Eso es una promesa? —preguntó, inclinando apenas la cabeza.
Edward sostuvo su mirada unos segundos antes de responder, manteniendo la expresión serena.
—Es una recomendación, señorita Foster —aclaró, encogiéndose ligeramente de hombros.
La respuesta consiguió arrancarle una sonrisa, mientras Clara negaba suavemente con la cabeza.
—Creo sospechar que en Blackwood Manor las recomendaciones suelen esconder algo más —comentó, sosteniéndole la mirada.
Edward no respondió inmediatamente. Y aquella pausa, precisamente aquella pausa, consiguió despertar nuevamente la curiosidad de Clara.
—Lo tendré en cuenta. Edward pareció satisfecho con aquella concesión, aunque su expresión recuperó enseguida la seriedad habitual. —La cena será servida en quince minutos. La familia acostumbra reunirse cada noche.
Clara cerró lentamente el libro.
—¿Toda la familia? —Dijo Clara cerrando lentamente el libro.
—Cuando pueden evitar encontrar una excusa para no hacerlo —respondió él, con una calma que hizo que Clara sospechara que aquella aclaración era más importante de lo que parecía.
—No parece muy convencido. —Respondió ella entrecerrando ligeramente los ojos.
Una pausa casi imperceptible precedió a la respuesta de Edward.
—Digamos que las cenas Blackwood suelen ser... memorables —comentó, haciendo una pequeña pausa antes de pronunciar aquella última palabra, lo que hizo que Clara dejara el libro sobre la mesa.
—¿Memorables en el buen sentido? —preguntó, mirándolo con cierta cautela.
Por un momento, Edward pareció considerar seriamente la posibilidad de advertirle, antes de inclinar ligeramente la cabeza.
—Eso dependerá de su definición de «buen sentido» —respondió, manteniendo una expresión serena.
Clara soltó una pequeña risa y negó suavemente con la cabeza.
—Empiezo a pensar que debería preocuparme —admitió, apoyando una mano sobre el libro.
—Probablemente sea una conclusión bastante sensata —respondió Edward, encogiéndose apenas de hombros.
Y antes de que pudiera preguntarle qué significaba exactamente aquello, Edward inclinó ligeramente la cabeza a modo de despedida y se retiró por el pasillo.
Clara permaneció unos segundos mirando el lugar por donde había desaparecido. Después volvió los ojos hacia el libro, aunque ya no tenía ninguna intención de continuar leyendo.
Memorables.
Aquello no sonaba especialmente tranquilizador.
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Diez minutos después comprendió que Edward había sido extraordinariamente generoso con aquella descripción. La mesa del comedor era enorme, ridículamente enorme, lo bastante larga como para alimentar a un ejército.
Y, sin embargo, solo había cuatro personas sentadas alrededor de ella. Finn fue el primero en verla entrar y alzó ligeramente la mirada.
—Por fin. Empezaba a pensar que Rowan te había asustado —comentó, señalando con un pequeño gesto hacia la silla vacía.