Capítulo 10 — El Equilibrio Perdido
Blackwood Manor amaneció envuelta en una niebla tan espesa que apenas permitía distinguir los jardines desde las ventanas del comedor. Clara dejó la taza de café sobre el plato y permaneció unos segundos observando aquel paisaje difuso, como si esperara descubrir algo entre aquella cortina blanca.
La isla parecía empeñada en esconder siempre algo, como si incluso el paisaje formara parte de los secretos que rodeaban aquel lugar. Quizá por eso empezaba a comprender a sus habitantes; ellos también parecían guardar más de lo que estaban dispuestos a mostrar.
—No esperaba verla levantada tan temprano. —La voz de Edward rompió el silencio con la misma elegancia de siempre.
—Empiezo a sospechar que dormir demasiado en esta casa significa perderse algo importante. —dijo Clara sonriendo ligeramente.
—Es una teoría bastante acertada. —Aquella respuesta despertó su curiosidad.
—¿Lo dice por experiencia?
Edward terminó de colocar los cubiertos sobre la mesa antes de responder.
—Llevo muchos años en Blackwood Manor, señorita Foster. He aprendido que, cuando aquí parece no ocurrir nada...
...es precisamente cuando más cosas están ocurriendo.
Clara estaba a punto de preguntar a qué se refería cuando escuchó pasos acercándose.
Finn apareció el primero. Llevaba las manos en los bolsillos y el cabello ligeramente revuelto, como si hubiera salido a caminar antes del desayuno.
—Buenos días. —Saludó con una sonrisa que, por primera vez desde que lo conocía, parecía un poco menos luminosa.
—Buenos días. —respondió Clara.
Finn tomó asiento frente a ella y durante unos segundos ninguno habló. Y aquello llamó inmediatamente la atención de Clara.
Porque Finn siempre hablaba.
—Empiezo a echar de menos tus comentarios absurdos —admitió, esbozando una pequeña sonrisa.
Él levantó una ceja, inclinando ligeramente la cabeza.
—¿Solo los absurdos? —preguntó, con una expresión divertida.
—A los inteligentes todavía no los he conocido. —Aquella respuesta consiguió arrancarle una risa auténtica. Pero desapareció demasiado deprisa.
Y Clara volvió a notarlo; algo no iba bien. Antes de que pudiera preguntarle nada, Rowan entró en el comedor. Su mirada se cruzó fugazmente con la de Clara.
Fue apenas un instante, un saludo silencioso, nada más. Pero Finn lo vio. Y, por alguna razón, aquella escena volvió a producirle la misma incómoda sensación del día anterior.
No sabía explicar por qué…Solo sabía que antes aquello no ocurría.
—Buenos días. —saludó Rowan mientras ocupaba su asiento habitual.
—No pensaba que conocieras esa expresión. —comentó Finn sin apartar la vista de su hermano.
—¿Cuál? —dijo Rowan levantando la cabeza.
—La de desear los buenos días.
Clara escondió una sonrisa tras la taza. Edward, mientras servía café con absoluta tranquilidad, parecía no escuchar nada. Aunque Clara empezaba a sospechar que aquel hombre escuchaba absolutamente todo.
—Creo que hoy desayunaré muy deprisa —murmuró Clara, observando la mesa como si estuviera evaluando cuánto tiempo tardaría en escapar de aquella conversación.
Finn levantó la mirada hacia ella y una sonrisa divertida apareció en su rostro.
—¿Por miedo? —dijo Finn, levantando la mirada hacia ella y una sonrisa divertida apareció en su rostro.
Clara sostuvo su mirada durante un instante antes de tomar la taza entre sus manos.
—Por supervivencia —respondió Clara, encogiéndose ligeramente de hombros mientras intentaba mantener la seriedad.
Finn soltó una pequeña risa, divertido por la respuesta.
—Hace bien —admitió, mirándola con una expresión cómplice.
Desde el otro lado de la mesa, Rowan levantó la mirada hacia ellos, visiblemente molesto por aquella conversación.
—No dramatices —replicó, frunciendo ligeramente el ceño.
Clara giró la cabeza hacia él, sorprendida por la rapidez con la que acababa de demostrar exactamente el punto que estaba intentando defender.
—¿Ves? Ya ha empezado —señaló, mirando de nuevo a Finn con una sonrisa que apenas consiguió contener.
Clara dejó escapar una pequeña risa y durante unos segundos el ambiente pareció relajarse. Hasta que una cuarta voz se unió a la conversación.
—Empiezo a pensar que me divierto más llegando tarde. —Sebastián apareció apoyado en el marco de la puerta, con el abrigo aún húmedo y el cabello salpicado de lluvia. Y esa calma desconcertante que parecía envolverlo constantemente.
—Buenos días. —Saludó Clara.
Él respondió con una leve inclinación de cabeza antes de tomar asiento. Durante unos segundos observó a los tres, para después dirigir la mirada hacia Rowan.
—¿Cómo estaban los acantilados? —La pregunta sonó casual.
Rowan continuó cortando una tostada.
—Igual que siempre.
—¿Seguro?
Finn dejó lentamente la taza sobre el plato y Clara sintió que la conversación acababa de cambiar de dirección.
—¿Hay algún problema? —preguntó, incapaz de seguir ignorando aquella tensión.
Nadie respondió inmediatamente. La ligereza de los minutos anteriores desapareció poco a poco hasta que fue Edward quien rompió el silencio.
—Esta mañana ha desaparecido una llave.
Las palabras hicieron que los cuatro levantaran la mirada al mismo tiempo.
—¿Una llave? —Repitió Clara, dejando la taza sobre el plato con más cuidado del necesario.
Edward asintió con la misma serenidad que mantenía incluso cuando anunciaba algo que claramente no era normal.
—La llave del ala oeste.
El cambio fue inmediato y la conversación desapareció y el comedor quedó envuelto en un silencio mucho más pesado que el anterior.
Clara recorrió los rostros de los tres hermanos, intentando comprender qué había provocado aquella reacción.
Finn había dejado de sonreír. Y eso, más que las palabras de Edward, fue lo que consiguió llamar su atención. Sebastián observaba a Rowan.