Treinta Dias Con Los Blackwood

Capítulo 11 — El Intruso

Capítulo 11 — El Intruso

—Está cambiando.

Nadie respondió de inmediato; los tres sabían perfectamente de quién estaba hablando, y quizá por eso ninguno parecía dispuesto a ser el primero en decir su nombre.

Finn permanecía apoyado contra la repisa de la chimenea, haciendo girar distraídamente una copa vacía entre los dedos. Había una sonrisa apenas perceptible en sus labios, aunque sus ojos demostraban que aquella conversación le importaba mucho más de lo que pretendía aparentar.

Sebastián cerró el libro que llevaba más de diez minutos fingiendo leer y dejó un dedo entre las páginas antes de apartarlo lentamente.

El único que no reaccionó fue Rowan, continuaba de pie junto a la ventana, contemplando cómo la lluvia golpeaba los jardines de Blackwood Manor con una expresión tan serena que cualquiera habría pensado que aquella conversación no tenía absolutamente nada que ver con él.

Finn dejó escapar una pequeña sonrisa.

—Siempre haces lo mismo.

—¿El qué? —dijo Sebastián levantando la mirada hacia él, comprendiendo inmediatamente a qué se refería.

Finn dejó de hacer girar la copa y observó a Rowan durante unos segundos antes de responder.

—Fingir que no pasa nada —respondió, encogiéndose ligeramente de hombros.

Rowan giró lentamente la cabeza hacia ellos. Su expresión permaneció tranquila, aunque una ligera tensión se le notó en la mandíbula antes de que pudiera ocultarla.

—Porque no pasa nada —dijo, manteniendo la mirada firme.

Sebastián finalmente dejó el libro sobre la mesa y se recostó contra el respaldo de la silla, estudiándolo con una calma casi provocadora.

—Curioso —murmuró, ladeando ligeramente la cabeza.

Rowan arqueó una ceja, sin apartar la mirada de él.

—¿Qué tiene de curioso? —preguntó, cruzándose lentamente de brazos.

Sebastián sostuvo su mirada durante unos segundos, como si estuviera decidiendo cuánto quería decir y cuánto prefería dejar implícito.

—Que llevas dos días mirando hacia la puerta cada vez que Clara tarda más de unos minutos en regresar.

La mano de Rowan se tensó ligeramente sobre el borde de la ventana y Finn soltó una risa baja.

—Y eso sin mencionar que ayer cambiaste tus planes para acompañarla a los acantilados.

—Tenía que hacerlo. —respondió Rowan observando a ambos con una expresión cada vez más seria.

—Claro —respondió Finn, divertido, mientras volvía a hacer girar la copa entre sus dedos—. Y supongo que tampoco tiene nada que ver con la forma en que la mirabas cuando regresasteis.

El silencio que siguió fue suficiente para borrar cualquier rastro de diversión del rostro de Rowan.

Sebastián inclinó ligeramente la cabeza.

—Ese es precisamente el problema: hace una semana jamás habrías aceptado acompañarla a los acantilados.

Finn aprovechó el silencio.

—Y ayer esperaste a que caminara a tu lado.

La mandíbula de Rowan se tensó apenas un instante, un gesto casi imperceptible que, sin embargo, ninguno de sus hermanos pasó por alto.

Finn lo observó durante unos segundos con una tranquilidad que, precisamente por lo serena, resultaba mucho más irritante.

—No la esperé —respondió, bajando ligeramente la mirada antes de volver a fijarla en él.

—Claro… —respondió finalmente, conteniendo una sonrisa—. Estoy seguro de que todo fue pura casualidad.

Rowan sostuvo su mirada sin inmutarse, aunque la ligera tensión de su mandíbula delataba que empezaba a cansarse de aquella conversación.

—El sendero era estrecho.

—Lo imagino. —Finn asintió despacio, fingiendo considerar aquella explicación con absoluta seriedad. —Y había llovido.

—Había llovido —confirmó Rowan, como si aquella evidencia bastara para poner fin a cualquier insinuación.

Finn dejó escapar una pequeña risa y volvió a hacer girar la copa entre sus dedos.

—Desde luego. Con un camino así, cualquiera habría terminado sujetándola para evitar que cayera.

Rowan permaneció en silencio y durante unos segundos nadie dijo nada.

Finn lo observó con una satisfacción apenas disimulada, porque no necesitaba que su hermano reconociera nada. La expresión que había aparecido en su rostro cuando mencionó a Clara había sido respuesta suficiente.

—Se habría hecho daño. —dijo Rowan apartando finalmente la mirada hacia la ventana.

Finn dejó de sonreír; la respuesta de su hermano había sonado demasiado sincera para seguir convirtiéndola en una broma.

Sebastián, que había permanecido en silencio hasta entonces, levantó lentamente la mirada hacia Rowan.

—Ese no es el problema.

—¿Entonces cuál es? —asintió Rowan volviendo la cabeza.

Sebastián sostuvo su mirada durante unos segundos antes de responder.

—Eso no importa.

El silencio que siguió fue diferente, Rowan desvió la vista hacia el fuego, fingiendo un interés que no sentía. Sabía perfectamente adónde quería llegar Finn, y precisamente por eso se negaba a darle la satisfacción de reconocerlo.

Sebastián observó el intercambio con esa serenidad que siempre lo envolvía, tan imperturbable que resultaba imposible adivinar qué estaba pensando. Sus ojos fueron de uno a otro antes de romper el silencio.

—Nunca te justificas. —Rowan volvió lentamente la cabeza hacia él, consciente de que Sebastián acababa de señalar algo que él mismo llevaba demasiado tiempo intentando ignorar.

—No necesito justificarme ante vosotros.

El silencio que siguió se volvió tan denso que incluso el crepitar de la chimenea pareció hacerse más presente, llenando el salón con un sonido cálido que contrastaba con la tensión contenida entre los tres hermanos.

Ella recorrió la estancia con la mirada y Rowan seguía junto a la ventana. Sebastián había vuelto a abrir el libro.

Y los tres parecían la definición exacta de una reunión familiar que nadie había querido tener.

—Empiezo a creer que vuestra familia tiene un concepto muy peculiar del entretenimiento —comentó Clara, intentando aligerar la tensión mientras una sonrisa divertida se dibujaba en sus labios




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