Treinta Dias Con Los Blackwood

Capítulo 13 — Las cosas pequeñas

Capítulo 13 — Las cosas pequeñas

El regreso a Blackwood Manor fue mucho más silencioso que el camino de ida. No, porque quedarán cosas por decir, sino porque, de algún modo, ambos habían descubierto que el silencio podía resultar sorprendentemente cómodo cuando se compartía con la persona adecuada.

Clara caminaba unos pasos por delante, sujetando contra el pecho el cuaderno nuevo y una pequeña carpeta con las copias que había conseguido en la antigua parroquia.

Rowan llevaba el paraguas cerrado bajo el brazo y, sin que ella llegara a darse cuenta, también sostenía la bolsa con los libros que había comprado en la librería.

Cuando cruzaron el portón principal de Blackwood Manor, Edward apareció en el vestíbulo con esa puntualidad casi sobrenatural que parecía formar parte de su naturaleza. Era como si siempre supiera el instante exacto en que debía estar presente.

Su mirada recorrió la escena con la discreción de quien observa sin invadir, aunque nada escapaba a su atención.

Primero la carpeta que Clara sostenía contra el pecho, después los libros y, por último, Rowan.

Fue entonces cuando una leve sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios, apenas un destello que desapareció casi de inmediato, aunque Clara alcanzó a verlo. Edward inclinó ligeramente la cabeza antes de dirigirse a ella.

—Confío en que el pueblo haya estado a la altura de la señorita Foster —comentó Edward, observándola con una discreta sonrisa.

—Ha sido mucho más acogedor de lo que esperaba —respondió Clara, devolviéndole la sonrisa mientras miraba de reojo a Rowan.

—Ha sobrevivido —añadió Rowan, y aquella respuesta consiguió que Clara volviera inmediatamente la mirada hacia él.

—Entonces podemos considerarlo un éxito —concluyó Edward con solemnidad, ocultando apenas una sonrisa.

Rowan le entregó la bolsa.

—Esto es suyo —dijo, sosteniéndole la mirada durante un instante antes de soltarla.

—Gracias, señor Rowan —respondió Edward, aceptándola con un leve movimiento de cabeza.

No hubo nada más, pero Clara tuvo la extraña sensación de que entre aquellos dos hombres acababa de producirse una conversación completa sin necesidad de pronunciar una sola frase más.

── ⚛ ──

Subió a la biblioteca con la intención de ordenar los documentos antes de que las ideas empezaran a mezclarse en su cabeza.

Abrió el cuaderno nuevo y escribió la fecha; apenas había anotado dos líneas cuando la puerta se abrió sin llamar.

—¿Se puede? —preguntó Finn desde la entrada, aunque su sonrisa dejaba claro que no estaba realmente esperando permiso.

Clara ni siquiera levantó la vista.

—Ya has entrado —respondió, continuando con lo que estaba escribiendo como si su presencia no pudiera distraerla.

Finn apareció con las manos en los bolsillos y una expresión de absoluta inocencia.

—Qué carácter... —murmuró, observándola con una diversión que Clara conocía demasiado bien.

—Estoy trabajando —replicó ella, dejando claro con el tono que esperaba que aquello fuera suficiente explicación.

—Eso he visto —contestó Finn, recorriendo con la mirada la mesa, el cuaderno y después la montaña de papeles—. No entiendo cómo puedes disfrutar con todo esto.

Clara dejó la pluma sobre el cuaderno y lo miró por encima de los documentos.

—Y yo no entiendo cómo puedes aburrirte tan deprisa.

Finn se llevó una mano al pecho, fingiendo una indignación tan exagerada que Clara no pudo evitar sonreír.

—Eso ha dolido.

—Sobrevivirás, te lo aseguro —respondió ella, observándolo con una diversión que ya no se molestó en ocultar.

Finn arqueó una ceja, entretenido por aquella respuesta.

—Empiezo a sospechar que esa frase te gusta demasiado.

Clara intentó contener la sonrisa, pero terminó negando ligeramente con la cabeza.

—Solo la utilizo contigo.

—Qué detalle —respondió él, acercándose despacio hasta una de las estanterías mientras recorría los lomos de los libros con la yema de los dedos—. ¿Los has leído todos?

—No —admitió Clara, observándolo con curiosidad mientras esperaba la inevitable broma.

—Menos mal —respondió Finn con evidente alivio—. Empezaba a preocuparme.

Clara negó divertida con la cabeza antes de volver a apoyar la pluma sobre el cuaderno.

—¿Has venido a decir algo o simplemente te aburres? —preguntó, mirándolo con una mezcla de curiosidad y resignación.

Finn se llevó una mano al mentón y fingió meditar la respuesta como si aquella fuera una cuestión de enorme importancia.

—Las dos cosas.

Clara soltó una pequeña risa al comprobar que, al menos, no se molestaba en fingir una excusa mejor.

—Al menos eres sincero.

—Siempre —aseguró Finn con una sonrisa confiada, aunque aquella seguridad consiguió que Clara lo mirara con evidente escepticismo.

—Eso no me lo creo.

Finn se llevó una mano al pecho y se volvió hacia ella con una expresión de absoluta ofensa, claramente encantado con haber conseguido poner en duda su reputación.

—Qué poca fe tienes en mí.

Antes de que Clara pudiera responder, Finn extrajo un viejo volumen encuadernado en cuero. Al hacerlo, cayó al suelo un pequeño montón de fotografías antiguas. Los dos se agacharon al mismo tiempo.

Siendo Finn quien tomó la primera, miró la foto y la sonrisa desapareció o simplemente... se volvió distinta.

En la fotografía aparecían tres niños cubiertos de barro. Uno intentaba empujar a otro hacia un pequeño arroyo. El tercero reía con tanta fuerza que apenas podía mantenerse en pie.

Y detrás de ellos... Eleanor.

Con las manos apoyadas en la cintura y una expresión que mezclaba paciencia y diversión.

Clara no dijo nada, simplemente esperó. Finn acarició el borde de la fotografía con el pulgar.

—No recordaba que esto estuviera aquí. —Su voz sonó más baja.

—¿Cuántos años tenías?

Él sonrió apenas.




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